septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La diferencia entre bodas rotas y bodas celebradas nunca
Excesos lectores, ascetismos iconográficos. Apuntes personales sobre las relaciones entre textos e imágenes, de José Emilio Burucúa, Buenos Aires, Ampersand, 2017.

No hay posibilidad de que esta autobiografía organizada a partir de la mención y el comentario de más de cuatrocientos libros leídos y releídos a lo largo de las siete décadas de una vida, no sea la narrativa de una tensión o, aunque gozoso, de un desgarramiento. En principio porque se trata de la autobiografía de un intelectual moderno en la que el sujeto se concibe agustinianamente como homo duplex, es decir, como aquel habitado por una tensión. Dos versos de Quevedo permiten atisbar esa fractura en su versión estudiosa: “Vivo en conversación con los difuntos / escucho con mis ojos a los muertos”. La distinción de la vitalidad de la tradición parece indisociable de la indistinción de la vitalidad en el presente. Burucúa recuerda ahora por ejemplo que en muchas ocasiones, cuando a uno de sus hijos le preguntaban por su padre, este respondía inequívoca e invariablemente: “Está fichando Shakespeare”. Pero desde la etapa actual que el autor nomina como “Ancianidad”, y cuyo sentimiento ejemplifica con un verso supremo de Guido Cavalcanti (“Voy como quien está fuera de la vida”), la escritura se empeña en buscar, aún sabiendo del fracaso, una conciliación, y por eso Excesos lectores podría pensarse al final menos como comentario de los numerosos libros leídos (los Adagia de Erasmo, la Biblia anotada por Alejandro Diez Macho, los Ciento setenta artículos contra los matemáticos y filósofos de esta época de Giordano Bruno, El Quijote de Cervantes, El Capital de Marx, la Psicopatía sexual de Krafft-Ebing, etc.) que como una de las últimas oportunidades para reconocer, además de a los autores propiamente dichos, a todos aquellos que cumplieron un rol en la formación o tuvieron en definitiva algún tipo de vínculo significativo en la vida de este lector. Tal vez siete décadas sean necesarias para advertir que la lectura nunca es exactamente una práctica solitaria.

El nivel de detalle con el que Burucúa narra las instancias de su vida en un recorrido cronológico escandido por etapas que van de la niñez a la ancianidad transforma así el libro en un documento apropiado para indagar buena parte de la historia intelectual de la Argentina, al modo de Son memorias, de Tulio Halperín Donghi, mencionado por el autor como arquetipo platónico, aunque por supuesto sensible, de su intento. Se podría leer por tanto este libro desde una pregunta: ¿cuáles fueron las condiciones de existencia que posibilitaron la formación de un historiador erudito del arte en la Argentina de la segunda mitad del siglo XX? Una respuesta macarrónica sería que hizo falta un tío Jean con quien aprender a leer francés desde los 4, un padre que accediera a comprar la Ilíada de la colección Billiken, una madre capaz de explicar, “mejor que un aedo”, los árboles genealógicos de los dioses griegos, maestras de la escuela primaria decididas a resistir el adoctrinamiento de los primeros gobiernos peronistas, una abuela con la que viajar a Europa y recorrer el Prado y el Louvre, el ingreso al Colegio Nacional donde aprender latín y recitar los cuarenta versos iniciales del poema de Lucrecio dedicado a la “Venus engendradora”, tener en la UBA a Adolfo Castellán en Historia Moderna y a Juan Carlos Garavaglia, Alicia Bernasconi y Marcela Silberberg como compañeros, encontrar el amor en Aurora, con quien compartía sus “deslumbramientos” ante la literatura francesa, etc.

No es curioso, sin embargo, que a pesar de la dedicación amorosa con la que nomina a su familia, a sus docentes, a sus compañeros de estudio y de trabajo e inclusive a sus tesistas a lo largo del libro, en un momento se permita afirmar que podría poner en duda todas las determinaciones que le tocaron (época, país, clase social) menos la lengua que le permitió leer, “como si me hubieran pertenecido desde el huevo, las dos partes del Quijote”. Porque la pertenencia a esa lengua lo habilita a sentirse parte de una universalidad europea que por supuesto ha sido configurada desde cada una de las instancias de su formación y que instala a Argentina en una ubicación desplazada, tanto territorial como culturalmente. ¿Cómo no comprender, entonces, que cuando llega a fines de los ´70 gracias a una beca a Florencia sienta que ha llegado nada más y nada menos que “al paraíso”? La tensión entre la universalidad europea y el territorio local ofrece por supuesto algunos de los mejores momentos del libro, como cuando, luego de abandonar por segunda vez una carrera recién iniciada, primero Medicina, luego Exactas, en medio de una crisis, el padre logra “colocarlo” como trabajador rural en la “estanzuela” de un amigo. Allí, precisamente en el kilómetro 221 de la ruta nacional n° 5, ocurre hacia 1965-1966 un episodio relevante para quien se dedique a acechar la persistencia de la disyunción sarmientina: este extraño “trabajador rural” de entonces veinte años, que no solo ha arreado el ganado sino también hecho en sus ratos libres cuadros sinópticos de La música en la civilización occidental de Henry Lang, escucha por la noche en la casona, tras apagar la luz y mientras mira las nubes por la ventana, la música barroca de Bach, Vivaldi, Albinoni, Telemann y Buxtehude tocada por Antonio Janigro y los Solistas de Zagreb, advirtiendo que “los movimientos de la naturaleza y la música se ajustaban entre sí”, aunque sin poder descubrir “si el viento que arrastraba las nubes adoptaba su velocidad para acordar con los sonidos o si eran estos los que los compositores habían ordenado para que armonizasen, aún en la Pampa que ninguno de ellos conocía”. Uh.

El pensamiento de que la música de Bach podría ser responsable de configurar el movimiento de las nubes pampeanas permite entender el “tembladeral” conceptual que lo atravesó hacia 1973 al leer Historia del arte y lucha de clases de Nicos Hadjinicolaou, al punto de haber tratado desde entonces de ir más allá de esa “deconstrucción materialista de la iconología”. Por eso así como es tan cuidadoso al mencionar las ediciones de El Capital que frecuentó (la antología “práctica” seleccionada por H. Lefebvre y republicada por PUF en 1969 que su compañero Garavaglia le prestó; la edición de Garnier Flammarion del libro I que compró en la librería Galatea de la calle Viamonte; la traducción al español de Juan Hausner, impresa en Buenos Aires en 1946; la reedición del libro I traducido entre 1895 y 1898 por Juan B. Justo; la traducción al español de los tomos II y III editados por Folio y adquiridos en la Librería Francesa de Berlín sobre la Friedrichstrasse en… 2013), es tan entusiasta al mencionar la ocasión en que pudo reconocer, por ejemplo en los libros de Francis Yates, cómo la historia económica no fue capaz de señalar “la persistencia de la magia en la cultura del Renacimiento”. Pero esa ocasión es a la vez tanto ocasión para aprender de la busca apasionada del estudioso acerca de sus problemas y métodos como ocasión para entender el sentido de liberación en una acepción no setentista que lo invadió al encontrarse con la perspectiva teórica de Warburg y su método para distinguir esas Pathosformen que se niegan a aceptar una linealidad temporal progresiva en un medio académico en el que las manifestaciones diversas de la historiografía marxista –con la preeminencia de la escuela de los Annales—aún se destacaban a inicios de los ´70. El relevamiento minucioso de los elefantes en la tradición iconográfica occidental que hace al final de uno de los capítulos, gracias a un fichero de más de 700 entradas elaborado a través de cuarenta años y aparentemente iniciado hacia 1974 a partir de la lámina de Brueghel “El triunfo del tiempo”, mientras vivía en Tierra del Fuego, es un ejemplo de esa disposición crítica. La lámina de Brueghel en la que Burucúa se detiene ofrece la sensación de un mundo sumido en un caos. O sea que en Ushuaia el investigador argentino está sumido en la lámina de Brueghel mientras el mundo sumido en el caos también ocurre en 1974 por supuesto fuera de esa pieza iconográfica. 

Tanto su propio ejercicio en torno a la figura del elefante, como las recomendaciones que distintos maestros le hacen, primero Paolo Rossi en Florencia acerca de la necesidad de leer “los veinte volúmenes de la edición nacional de las obras de Galilei” al definir Burucúa la cuestión de su tesis doctoral (El libro de la Naturaleza. Estudio sobre las ideas de Galileo acerca de las artes figurativas, presentada en 1984 y disponsible en pdf en la página virtual de la Universidad de Buenos Aires), luego  Castellán acerca de la inevitabilidad de fichar la obra completa de Shakespeare para otro de sus trabajos, tarea que Burucúa recuerda haber realizado, reponiendo un erotismo en relación a los materiales, en unos “in-folios extraordinarios de papel artesanal” que venían como envoltorio de los fascículos de la Encyclopédie Médico-Chirurgicale que su padre le había regalado a su compañera Aurora, actúan como advertencia de que nunca se trata exactamente de reponer qué textos se leyeron (el libro termina con el listado de los cuatrocientos libros mencionados a lo largo de las páginas) sino de cómo se efectuó esa práctica, es decir, de dar cuenta de una lectura de intensidad filológica de aproximación hasta física a los volúmenes que está dominada por una aspiración, por supuesto ficticia o en todo caso inabordable, de agotamiento. Todo Excesos lectores es testimonio de esa pasión bibliográfica, en términos etimológicos de padecimiento, cuidado y hasta temblor, que preferiría, por cuestiones del orden de la magia, no calificar de anacrónica.  

Pero, ¿qué es este libro en el que alternan la confesión íntima, comentarios geopolíticos sobre la colección Tintín, referencias varias sobre historiografía latinoamericana y hasta un catálogo de elefantes? Es un “libro mestizo”, categoría que el propio Burucúa utiliza para referirse, por ejemplo, a LTI: la lengua del Tercer Reich de Victor Klemperer, en razón de su habilidad para combinar erudición, análisis y “sufrimiento cotidiano”, y que sin duda también está presente en su valoración de ciertos estudios historiográficos capaces de desbordar “todas las contenciones de método” y, en definitiva, aproximar así “el tejido de la historia… al tejido concreto de la vida”. Esa cualidad heterodoxa es no solo una de las virtudes del libro, sino tal vez la consecuencia mayor del recorrido bibliográfico de Burucúa, dado que esa peculiaridad tiene sin duda una genealogía más moderna que contemporánea que no es ajena a la frecuentación larga del autor con las obras de Erasmo, de Galileo o de Bruno, por décadas objeto privilegiado de su atención. Así, el ejercicio práctico de investigación con que cierra el libro, en torno a la lengua y la literatura macarrónica, es menos un testimonio más del carácter mestizo e híbrido de este libro que una instancia de celebración de lo híbrido mismo como categoría. El objeto mayor del análisis es el relato épico Baldus de Teófilo Folengo, de inicios del siglo XVI, en el que las musas a las que el poeta se dirige para iniciar su canto son las ninfas gordas bañadas en sopa que le han ofrecido al poeta unas buenas pastas con salsa de la que los macaroni son, por supuesto, el mayor ejemplo.

El proyecto anunciado de traducir a un español macarrónico ese poema macarrónico, de cuyos primeros versos ofrece una versión, es también anuncio de que Burucúa seguirá buscando, conmovedoramente, la “reconciliación que huye” desde la convicción de que esa cualidad de lo híbrido es la que más se aproxima a ese tipo de intento. Porque lo que distingue en esa literatura macarrónica es la posibilidad de una reconciliación entre Filología y Mercurio, boda entre el conocimiento poético e intelectual y el saber práctico que todavía era pasible de ser concebida con verosimilitud en aquella época: así, muestra cómo Baldus ofrece una poesía permeable a ser invadida por las artes de la cocina, de la agricultura o de la metalurgia. Pero la posibilidad real de una reconciliación es dudosa. Las versiones propiamente religiosas con las que da cuenta de su carácter doble, o desgarro vital, lo demuestran una y otra vez. Así cuando, al señalar la opción hebrea de la interpretación de los signos y la opción gentil del cultivo del logos, repuesta en la primera epístola de San Pablo a los Corintios y resuelta a través del amor, afirma: “Ojalá pudiese compartir semejante amor, pero le temo y permanezco del lado del logos mientras desprecio los signos”. Es la confesión de quien afirma también militar, por supuesto incómodamente, entre los calvinistas predestinados para el mal: “De mi maldad, es seguro que tanto libro no modificó nada”, escribe en otro momento en el que vuelve a plantear la separación cabal entre órdenes excluyentes de la vida.

Pero si pasáramos de la figura del intelectual moderno a la figura más particular del intelectual argentino, o en todo caso latinoamericano, se podría advertir también cómo ese desgarramiento admite motivaciones menos religiosas. Porque tal vez no se trate de la angustia ante el divorcio moderno entre Filología y Mercurio sino, más humildemente, de las bodas nunca consumadas entre Filología y Peronismo, un movimiento al que Burucúa nomina, ya desde la primera página, como “mi antagonista perenne”. La tesis de que fueron las maestras de la escuela primaria durante los gobiernos peronistas (o sea, las ilustradas descendientes de las importadas por Sarmiento), quienes le pusieron un límite al “régimen” desde dentro de las aulas en las que él mismo estudió, es un ejemplo de una posición constante que admite la elección del término “tiranía” o del sintagma “estupidez colectiva” para dar cuenta de algunas etapas significativas de la historia argentina. Probablemente sea la afinidad mayor por el método de las Pathosformen que por el materialista la que no le permita a Burucúa mayor sofisticación interpretativa que la de pensar a Perón como una figura propia del fascismo europeo, más allá de que se cuide de “plantear un paragone entre Juan Sonrisa, quien maltrataba bastante a la oposición pero nunca fue un criminal, y los monstruos históricos que fueron el Führer y el Gran Timonel”. Ese rechazo concluyente y violento a un movimiento político de la Argentina (¡que tenía sus ninfas gordas y su metalurgia, José Emilio!) sitúa en tiempo y lugar el desgarramiento moderno y no tan universal del intelectual y ofrece de modo contundente los límites concretos del “carácter revelador y emancipador de la condición humana que aún es capaz de desempeñar la producción literaria y filosófica del Renacimiento”.

 

(Actualización septiembre – octubre 2017/ BazarAmericano)

 

 




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ISSN 2314-1646