septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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El pase
El libro de los divanes, de Tamara Kamenszain, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2014.

La poeta está en el consultorio de su analista y le dice que siente vergüenza porque su primer libro, De este lado del Mediterráneo, está por aparecer en su obra reunida. La analista hace como si la hubiera oído mal y le comenta que un mar separa la habitación de la hija de la habitación de la madre. Pero la poeta insiste en hablarle del miedo que le provoca la inminente publicación de aquel libro tan naif como salvaje, aun cuando sabe que, pese a estar fingiendo tampoco escuchó bien, ya han pasado a otro tema como por arte de magia. A la analista le causa gracia –o a su supuesto saber, según cree la poeta–, y le dice que el síntoma delata, que el síntoma es naif y salvaje. La poeta entonces le pregunta si acaso al escribir ella delata –aunque usa el verbo “ventilar”, porque habla de secretos privados, de cosas personales– aquellas quejas, debilidades, deficiencias que van y vienen siguiendo el curso de sus diversos análisis. La analista no le contesta. ¿Qué querrá decir ese silencio? Seguramente, infiere la poeta, que siempre hay otra línea de lectura.

Así empieza, con esta escena, El libro de los divanes de Tamara Kamenszain. Solo que no en prosa, en esta prosa con la que estoy glosando su primer poema, sino en verso. Es decir que no es así exactamente como empieza: la prosa de la poesía, claro, no es “la novela de la poesía”, esa novela de la vida que ha contado Tamara a lo largo de todos sus libros de poemas y que reunió en un solo volumen hace un par de años, en 2012. Y no lo es, ante todo, porque en mi palabra prosaica la escena tiene ciertos deslizamientos en el lenguaje, inevitables desplazamientos en el sentido. ¿Pero no hay allí igualmente, en sordina, una línea de lectura, otra línea de lectura, tal como percibe siempre la mujer poeta? Eso espero.

 

**********

Al final de El libro de los divanes, Tamara Kamenszain encuentra la palabra que viene a definir la función que ese libro estaría cumpliendo en ella: ‘pase’. El pase, escribe en el penúltimo poema, entendido “como un indicio en la escritura / del fin del análisis”. Y si eso resulta posible, lo es, creo, porque antes ha encontrado las otras líneas de lectura, ha encontrado aquella otra línea de lectura cuya existencia se prevé desde el principio del libro aun cuando no siempre se sepa de cuál se trata. Puede ser la que la conduce, desde una doble sesión de análisis y de escritura, bien atrás, a José María Heredia, a 1824, cuando el poeta se preguntaba: “¿Cuándo acabará la novela de mi vida / para que empiece su realidad? / ¿Por qué no acabo de despertar de mi sueño?”, versos recurrentes que además sirven de epígrafe. O también, la que podría conducirla a los hijos y se condensa en una contraseña con sus respectivas iniciales que le permitiría acceder al mundo virtual. O la que se vislumbra detrás de los sucesivos ‘no’ de la madre que ya titularon un libro suyo muy anterior. Esa otra línea, entonces, está siempre latente, es el otro camino, el que subyace y al que se presiente aun cuando no se lo distinga con nitidez, aun cuando se siga, antes, un camino más reconocible, más directo. Escribir sobre esa otra línea de lectura, referirla, es uno de los modos de habilitar y configurar el pase. ¿O no es acaso El libro de los divanes el mismo que, al escribirse, acerca la sesión de análisis, en el diván, a la sesión de escritura, en la mesa del bar de enfrente donde la poeta escribe en servilletas? Las acerca y hace el pase, como si fuera un pase de magia, allí mismo donde se encuentran, de pronto, todas las líneas de lectura, en una suerte de centro poético que es también el de la vida. Porque ‘pase’ es el pase, pero también es el pasar y es pasar, es el pase y lo que pasa, el pasar y el pasado, el pase y el pasaje, el pase y el permiso. Todo eso que era pura conjetura, todas esas otras líneas posibles anunciadas y desplegadas a lo largo de este libro se ponen en juego en el pase final que al hablar del pase enuncia, precisamente, esa otra línea.

Este es el inicio del último de los cinco capítulos en los que se divide el texto:

“Una amiga psicoanalista me comenta

que tal vez el libro de los divanes

esté cumpliendo para mí la función del pase.”

 

Y esta es la serie final de versos:

“Yo no soy analista ni pretendo graduarme de paciente

y sin embargo

sé que quiero dejar de analizarme y no sé cómo

y sé también que en algún momento

debería cerrar este libro y tampoco sé cómo

salvo que el final

caiga como una fruta madura

y pegue en la cabeza de alguien que por fin

pase por aquí.”

 

Entre la interpretación y la asociación libre, entre la repetición y el fallido, El libro de los divanes va releyendo la obra de Tamara Kamenszain desde los primeros versos de 1973, titulados De este lado del Mediterráneo, hasta los últimos, entre los que se cuenta El eco de mi madre (2010). Solo que la relectura está mediada por otro libro: La novela de la poesía, el volumen de obra reunida publicado en 2012. Es a este volumen que reúne la poesía de toda su vida, un conjunto ya identificable bajo el nombre de la autora, al que remite esa nueva edición de los primeros versos mencionada en la escena inaugural de la sesión. Es La novela de la poesía de Tamara Kamenszain la que habilita el juego de la mala escucha entre analista y paciente, provocando que se pase de un tema a otro: de la poesía a la madre, de la posibilidad de la obra reunida a la distancia entre la hija y la madre. Porque La novela de la poesía, como advertía Enrique Foffani en su prólogo, ya proponía una suerte de anamorfosis: desde ese nuevo punto de vista, el de la obra reunida, dejaba ver otra cosa; la “novela de la poesía”, decía, revelaba “la capacidad de la poesía para escribir su propia novela por otro medio”, escribirla, sin narración ni prosa poética, a través de la propia poesía. Así y de entrada, en El libro de los divanes el principio y el final de la obra poética de Tamara se encuentran produciendo esa primera fricción entre la paciente y la analista: en ese “como si” se escucharan mal, en esa suerte de ficción que sostiene la novela (a la vez de la vida y de la poesía), ya se anuncia algo del pase configurado a lo largo de todo el libro, el pase que, ya ahí, va y viene de la poesía a la vida. Porque, y eso nos fue revelado por la misma poeta en La novela de la poesía, en Tamara Kamenszain leer la obra es leer la vida, o más ajustadamente: releer la obra (en la obra reunida) es releer la vida (en las sesiones de análisis). ¿Cuándo acabará la novela de mi vida?, se preguntaba ya desde el epígrafe al citar a Heredia.

Si La novela de la poesía era entonces, también, la poesía como relato de vida en tanto novela de la vida, El libro de los divanes puede dar un paso más, hacerse pase, indicio del fin del análisis. Aunque, para ser estricta y al costo de corregir al propio “libro de los divanes”, podríamos decir que la novela de la vida puede terminar, antes que por la función de pase que este libro cumple, porque a la obra poética reunida se la releyó y presentó como “la novela de la poesía”. Es por eso que se puede poner lo siguiente adentro de un paréntesis, en pleno capítulo II:

“(Esto es la poesía

lo que me permite avanzar por la novela de mi vida

sin que asome su realidad o sin que asuma yo

mi realidad)”

 

Quiero decir: sin obra reunida no hay “libro de los divanes”; o mejor: sin obra reunida, sin relectura de la poesía en clave de vida y de vida en clave poética, sin esa nueva retemporalización de la vida y de la obra poética, no hay chance de que el libro de los divanes permita el pase. Solo así, en El libro de los divanes, se puede hablar de todos los tiempos a la vez (lo dijo Ariel Schettini en su presentación: “el tiempo es el gran tema del libro”, el tiempo de la historia, de la familia, de la sesión, de la escritura...). Y solo así, también, se habla de todos los temas haciendo convivir todas las temporalidades: la infancia, el pasado, los amigxs, los libros, las lecturas, los hijos, la muerte de los padres, la política, los sueños, facebook, lxs analistas, el análisis. Al tiempo sucesivo de la novela de la vida y de las sesiones de análisis, la poesía puede hacerlo un tiempo denso, condensador de temporalidades, el tiempo no lineal, no realista, siempre presente del yo:

“Hoy soy yo la que le pregunta a Facebook

por los límites de la realidad.

¿Está mal hacer un asado en la ESMA?”

 

La pregunta pone al yo al borde de su graduación, lo saca del lugar del medio (¡lo saca del medio!) y lo proyecta hacia el ortocentro, lo adelanta al punto de que puede salirse de sí mismo, hacer un pase.

            En definitiva, Tamara practica dos finales: con la obra reunida y con su siguiente libro de poemas, con “la novela” y con “el libro”. Sin resignificación, sin la resignificación que hace La novela de la poesía, propongo, no hay posibilidad, en El libro de los divanes, de transferencia. La palabra no aparece en el texto y sin embargo está latente. La transferencia, en El libro de los divanes, es la condición del pase. Y no únicamente del pase como fin del análisis, sino como final del libro, como aquello que cae a modo de fruta madura y golpea la cabeza del que “pase” por ahí, tal como escribe la poeta en los últimos versos. Pero, claro, todo puede ser aún más suave: ¿o no había siempre otra línea de lectura? Puede haber, al menos en la versión que da el hermoso texto de María Moreno que sirve de prólogo, un final sin final, un pase que sea un paseo y una fruta madura travestida en pañuelo perfumado. El que quiera, para usar la expresión de María Moreno, “perder la cabeza”, que se detenga y lo recoja. Fruta madura o pañuelo perfumado, la transferencia es lo que ya está pasando.

 

 

(Actualización marzo - abril 2016/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646