septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Rocío Fernández

¿Hay que moverse para poder mirar?
Pájaros que se posan sobre una antena, de Laura Lobov, Bahía Blanca, Vox, 2014.

1.

Empiezo con una sensación de lectura. Leer el libro de Lobov, por momentos, en algunos poemas, es como juntarse con una amiga que recién llega de viaje para mirar fotos; una charla, con mate o café de por medio, en la que se construye un itinerario –una sintaxis– de imágenes para intentar hacer común una experiencia singular y exclusiva. En esta práctica cotidiana en la que el lenguaje –la anécdota, el comentario– revive, reconstruye, resignifica eso que ha quedado detenido y aplanado en el soporte bidimensional, se produce para mí una especie de prolongación de la imagen, casi como si hablar las imágenes fuera ponerlas en movimiento.

 

 

2.

Miro el libro por afuera. Leo el nombre del poemario y ahí aparece, en esa especie de pantalla interior que uno tiene adentro de los ojos, esa primera imagen: unos pájaros sobre una antena. Pienso, entonces, que en esa imagen hay una tensión entre la quietud de lo que vemos y el movimiento. En primer lugar, el “se posan” en presente –con cierta delicadeza, con cierta suavidad, casi en cámara lenta– como una transición entre el vuelo y el “descanso”; en segundo lugar, cuando veo esa imagen no puedo evitar también imaginar –proyectar– el momento en el que esa disposición se rompe y los pájaros vuelven a largarse al aire. Me doy cuenta que hay algo ahí que no me deja pensar lo que veo como una foto –aislada, encapsulada, detenida– y que me lleva a leerla como un fotograma, como una imagen que se mueve en el tiempo.

 

 

Acá los pájaros se posan sobre una antena

ahora los veo, pero se irán con la lluvia.

 

 

(“Estación seca”)

 

 

3.

Mientras leo, imagino muchas cosas. Levanto la cabeza como decía Barthes.

Trato de desentrañar cuál es ese lugar que se visita. Creo que lo logro, pero no lo puedo saber.

 

 

4.

En el árbol, una telaraña enorme

puntos mínimos de agua

espejos, mostacillas, cristales. Monos que saltan,

pájaros con plumas y picos de colores. Cada tanto

se escucha el sonido del aire en las hojas,

los aullidos y cantos

de los animales.

Del otro lado, la selva

es un espacio ordenado por carteles,

venden artesanías, agua,

pequeñas pirámides de yeso.

La gente se para, abre los ojos y grita

los nombres de lo que ve. A su alrededor,

se arma una red espesa

como homenaje

sonoro y desafinado

frente a la perfección.

 

 

(“Tejido”)

 

 

La imagen adquiere un tamaño panorámico a través de la enumeración. El lenguaje adquiere la voluptuosidad selvática de la acumulación que satura y desborda: como si hubiera más de lo que uno puede ver. Lo que entra por los ojos parece tener que salir por la boca– la gente que grita los nombres de lo que ve –como si hubiera una necesidad de verbalizar la imagen para poder retenerla. Frente a lo frondoso, lo denso, lo impenetrable de la flora y la fauna, el lenguaje se vuelve también un fenómeno espeso y desafinado, un grito y un homenaje. El poema también grita confusamente el nombre de lo que ve.

 

 

5.

En contraposición a lo desconocido, al espacio de la novedad que ofrece el viaje, aparece otro, el de la casa, en el que la familiaridad parece anular la mirada. En este lugar en el que el cuerpo se mueve de memoria, deja de haber una experiencia sensorial del presente: no se huele, ni se mira ni se escucha sino que simplemente se reconoce un olor, una disposición y un sonido conocido. Eso que se repite cotidianamente obtura los sentidos y a la vez configura un territorio propio.

 

Pasan los años y las cosas

van armando un espacio

en el que nos movemos sin mirar. El olor

de la casa por la mañana, el ruido

de los pasos en la alfombra.

En la nueva habrá otro eco

que todavía no podemos repetir. Ellos

ya envolvieron

lo que sobraba, platos, cristales

transparentes y otros verdes

que hoy destellan desde ese mueble.

Ahora que todo está apilado, me impresiona

la especificidad de los objetos.

 

 

(“Cada casa es un mundo”)

 

 

Desmontar el espacio, es, en este caso, una forma de volver a abrir la mirada; al igual que en el viaje, es el movimiento, el cambio de un territorio por otro –la mudanza– lo que le permite al sujeto deconstruir su propia forma de mirar las cosas. ¿Hay que moverse para poder mirar?

 

 

6.

En uno de los poemas, alguien se va de viaje y se entera que justo cuando no está en su ciudad –Buenos Aires– sucede un fenómeno extraño y deseado: nieva. Parecería ser, entonces, que lo que queremos ver siempre está donde no estamos; o que lo que queremos ver nunca sucede donde estamos.

 

 

Coda: sobre el lector.

 

Hace tiempo llovió

y una gota se estira y queda en la punta seca de la hoja

el suspenso

del tiempo detenido

algo que no pasa

la gota espera, se agranda, se hace más y más redonda

desde arriba, llega otra

la alcanza, se tocan, se unen y

se separan, la primera cae.

El movimiento se reanuda

por un segundo, pero luego

otra gota suspendida

sobre la punta seca de una hoja.

 

 

(“Ciclo”)

 

Lo que queda detenido, en pausa, en suspenso se agranda, cobra fuerza y entonces algo reanuda, reactiva el movimiento, que luego vuelve a detenerse. Un ciclo, como dice el poema, en el que no hay estados definidos, sino una mutación constante, un ir y venir entre lo que se estanca y lo que se pone en movimiento. Vuelvo, entonces, a los pájaros sobre la antena y pienso que las imágenes son como esas gotas que quedan en suspenso y comienzan a cargarse, a agrandarse, hasta que una fuerza extraña las alcanza. Leer sería, entonces, una forma de reanudar el movimiento.

 

 

8.

El lector es una gota que toca, se une y se separa de la imagen.

 

(Actualización noviembre 2015 - febrero 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646