septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Morir puede ser una gran aventura
Cartas extraordinarias, de María Negroni. Ilustraciones de Fidel Sclavo, Buenos Aires, Alfaguara, 2014

En las fotografías apenas centradas en la hoja, los retratos en blanco y negro de quienes fueron parte de la Colección Robin Hood se disgregan de a poco. Entre otros escritores y personajes, Emilio Salgari, Jules Verne, Heidi, Mark Twain, Louisa May Alcott, Hans Christian Andersen, Jack London, J. M. Barrie, Lewis Carroll, Charlotte Brontë, los hermanos Grimm, Herman Melville, Jonathan Swift y Judy (ex Jerusha Abbott), firman las cartas y las instantáneas apócrifas que componen Cartas extraordinarias. Recuerdos de la primera biblioteca, estos nombres regresan, pero transformados en un nuevo inventario que se ofrece como registro vivo de las muertes que habitan la literatura.

        Como toda colección, este libro es su propia búsqueda. Errática, se alimenta de las afinidades inesperadas, acaso imposibles, entre los fragmentos cuidadosamente ordenados, así como del deseo de cartografiar sobre otros mapas la experiencia de lo leído. Es que el arte, escribió Marcel Schowb, propende solo a lo único: en lugar de clasificar, desclasifica. Y de esta forma operan también el biógrafo y el coleccionista, creando un orden singular en un caos de objetos y de rasgos. No sorprendería entonces que María Negroni y Fidel Sclavo fueran miembros furtivos de esas sociedades secretas y devotas de Schowb que inventó Borges en el prólogo a Vidas imaginarias. Su trabajo conspira sigiloso contra la parálisis de la imagen biográfica y la pretensión de volverla origen y marco; antes bien, la convierten en huellas que se escapan de los libros.

        Las ilustraciones que acompañan las cartas continúan con finísimos trazos los cuerpos fotografiados, imaginan los restos que no pueden verse o los expanden hasta suspenderlos en un conjunto de puntos microscópicos. Quizás, la poética que comparten las cartas y sus dobles no sea otra que este trabajo con el trazo, ritmado a su vez por una iluminación precisa del detalle que vuelve única cada composición. En todo caso, lo que importa no es qué había sino cómo se pierde, del mismo modo en que Huckleberry Finn huye río abajo en una balsa, R. L. Stevenson de la jaula calvinista, o Emily Dickinson de la prosa. El acto de escritura, parece decirnos Cartas extraordinarias, es una fuga constante y quebrada, un acercarse infinito a lo que está ya perdido. Y por eso mismo, además, quien escribe quedará siempre huérfano de sí mismo. 

        Desde París, en su carta del 17 de julio, solitario y sintiéndose “el más desconocido de los hombres”, Jules Verne le cuenta a su padre que al escribir, también aprende a morirse, “para secretar mejor lo que no sé, para saber qué habla en mi casillero vacío”. Curiosamente, el libro de aventuras en el que trabaja, todos los días de cinco a once, tiene como protagonista a un capitán que lleva la nada como nombre. Podría explicarse así, por qué, a diferencia de otras ilustraciones, las de Verne tienen un océano tormentoso en lugar de su firma; o por qué, el retrato de Charlotte Brontë, quien fue primero Currer Bell, autor de Jane Eyre, estalla en pedazos o sangra, sus cartas espaciadas y cortadas con guiones.  

        La ficción de lo autobiográfico y la disociación del nombre de la firma son las marcas más visibles de esta serie luminosa. La pluma de Negroni y el pincel de Sclavo hieren de muerte a los autores de la colección de tapas amarillas, pero de una muerte extraordinaria e inalcanzable; la necesaria, en una palabra, para que sea posible escribirla. Porque, a fin de cuentas, como anima a los niños desde la morgue el creador de Peter Pan: “morir puede ser una gran aventura”.

 

(Actualización septiembre – octubre 2014/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646