septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Irina Garbatzky

Sujeto y predicado
Palabra desorden. Antología bilingüe, de Arnaldo Antunes, Buenos Aires, Caja Negra, 2014. Traducción de Reynaldo Jiménez e Ivana Vollaro.

Lo primero que se tiene de Antunes es el recuerdo de una voz rara, por lo singular e insólitamente grave. Tal vez sea esa idea que provoca que, antes de leerlo, se me vuelva indispensable buscar alguno de sus canciones en youtube. Hay una en especial (“A casa é sua”), que pertenece al recital que Antunes dio en su terraza para la televisión, un concierto llamado Lá em casa, con pocas personas, banderitas, luces de colores. Como si reiterara el mito beatle, (los temas que tocó dieron pie a un disco llamado Ié ié ié), pero puertas adentro, hacia el patio interior. Sigo adelante y pongo en el buscador “Antunes + poesía”, para ver si aparece alguna de sus performances. Y de inmediato me encuentro con una, de 2008, llamada “Errática: poema ao vivo”

 Vuelve el pop, pero menos por la amabilidad y la simpatía, que por la yuxtaposición de imágenes, acústicas y visuales, y por el uso, en vivo, de la voz propia, que se graba en un sintetizador y se repite, para usarla en una improvisación sobre ella. Antunes habla, lo escuchamos, y escuchamos de nuevo lo que recién escuchamos y habló: “algo é o nome do homem / coisa é o nome do homem / homem é o nome do cara / isso é o nome da coisa / cara é o nome do rosto / fome é o nome do moço/ homem é o nome do troço/ osso é o nome do fóssil/ corpo é o nome do morto/ homem é o nome do outro”.

Entre la performance musical y la performance poética se escucha no sólo la voz grave, sino a su vez, la resonancia de la predicación. “La casa es tuya”, “Algo es el nombre del hombre…”. Un impulso a la definición que cuando abra el libro editado por Caja Negra, Palabra desorden. Antología bilingüe, lo encontraré de nuevo. La poesía de Antunes aparece centrada en la predicación. No se aquieta en una imagen, ni va a la zaga de adjetivaciones; toma la forma de un diccionario, sigue una función nominativa. ¿Qué es una cuchara, qué es un perro, qué es una casa? Hay algo infantil en el procedimiento, escolar, en el sentido más sutil y humorístico del término. ¿Qué es una hoja, qué es un río, qué es un sapo? Antunes vuelve a escribir una y otra vez la fórmula sujeto y predicado para trastornar los sentidos posibles, esperables, de la repetición. No resulta casual, entonces, que la antología lleve el “desorden” en el nombre. De un lado, la sintaxis; del otro, la variación.  

 

Los nombres de los bichos no son los bichos.

Los bichos son:

mono gato pez caballo vaca elefante ballena gallina.

 

Los nombres de los colores no son los colores.

Los colores son:

negro azul amarillo verde rojo marrón.

 

Los nombres de los sonidos no son los sonidos.

Los sonidos son.

(de Tudos)

 

La repetición, señala Gonzalo Aguilar en el maravilloso texto que prologa al volumen, es una de las matrices de Antunes: “el verbo ser, la repetición, la palabra como cosa y la fluctuación humorística”. Cada uno de esos momentos emerge a partir de una relación, en las similitudes y disimetrías que organizan o que desplazan las palabras. Por momentos, uno pensaría que la fuerza predicativa en Antunes quisiera insistir en la cualidad presencial de los objetos. Como un músico en el escenario, una pintura en un museo, o un actor en el teatro, Antunes muestra las palabras, directamente, las expone: “Recuerdo haber leído, cierta vez, un comentario de Décio Pignatari, donde llamaba la atención con respecto al hecho de que, tanto en chino como en tupi, no existe el verbo ser como verbo copulativo”, dice en el ensayo breve, “Sobre el origen de la poesía” que cierra el volumen: “Así, el ser de las cosas dichas se manifestaría en ellas mismas (sustantivos), no en una partícula verbal externa a ellas, lo que las tornaría lenguas poéticas por naturaleza, (…) Esa forma más sintética, telegráfica, aproxima los nombres a la propia existencia (…)”. En ese vitalismo de la forma Antunes se convierte en heredero de los procesos que experimentaron las vanguardias del siglo XX. Hacer de la poesía algo sustantivo, convertirla en un objeto sensible del mundo en virtud de su factoría conceptual. “Poesía // La vida fuera de la autobiografía / La vida fuera de la biografía/ La vida fuera de la caligrafía/ La vida fuera de la discografía/ La vida fuera de la etnografía/ (…)”.

Sin embargo, no sería justo atribuirle al autor tantos créditos a la solemnidad. Lo mejor de la poesía de Antunes sucede en el despropósito que aparece entre un término y otro de la predicación. “Los zapatos están entre los pies y el piso, en el que son como las palabras. Las medias entre los pies y los zapatos, como los adjetivos. Los verbos, pasos. Cordones, lazos. Los pies caminan lado a lado, calzados. Zapatos son calzados. Porque son y porque son usados” (de 2 Ou + corpos no mesmo espaco).

Entre una palabra y su definición hay un borde, y entre una definición y otra, una especie de chiste. Momentos de coincidencia y momentos de colapso, y ese montaje siempre termina teniendo algo de gracia, aun cuando al mismo tiempo diga otra cosa:

“El vidrio quiebra pero no derrite. El plástico derrite pero no quiebra. Así son los anteojos. Estructura plástica para lentes de vidrio. El espejo muestra, el vidrio deja ver. Así son los vidrios. El mármol es usado en las tumbas. La madera pulida no suelta astillas. Las burbujas cuando estallan no dejan sobras. El vidrio no se pudre, ni en la humedad, ni debajo de la tierra. Después de años enterrados los muertos miopes, sobran apenas los huesos y los anteojos. Y cuando no queden ya huesos aún estarán intactos los anteojos. Si el vidrio es negro, los ojos desaparecen. Así son los anteojos oscuros. Muestran pero no dejan ver. El hierro cromado no se oxida. El vidrio de la ventana retiene la lluvia pero deja pasar las escenas. El agua estancada espejea como la plata. Así es el agua. Si hay luz de un solo lado el vidrio espejea, como el agua estancada. Así es la plata. La piedra cuando toca fondo turba el agua. Así es la pérdida”.

¿Quién va detrás de esos sustantivos (plástico, vidrio, mármol, madera, huesos, hierro, agua, plata, brillo, turba)? Aguilar señala que como tantos otros gestos de los poetas concretos Antunes heredó también la reticencia a insertarse en una figura definitoria: “¿Qué es, entonces, Arnaldo Antunes?”, pregunta. “¿Poeta, músico, cantante, recitador, artista visual, dibujante, performer? Nada de eso, Arnaldo Antunes, es”.

 

(Actualización julio - agosto 2014/ BazarAmericano)

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646