noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Veintirés lecciones: Th. Adorno sobre Heidegger
Ontología y diléctca. Lecciones sobre la filosofía de Heidegger, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2017. Prólogo de Mariana Dimópulos. Traducción de Laura S. Carugati, en colaboración con Martina Fernández Polcuch.

mi intención es otorgarle de algún modo a la discusión mayor peso, salvarla de lo que en palabras de Kafka podríamos denominar “la travesía alegre y vacía” […] motivándolos a una cierta autorreflexión de las necesidades, más que ofreciéndoles, en el marco de las necesidades ya constituidas, contrargumentos a los cuales alguien formado en dialéctica podría volver a responder con contrargumentos nuevos.

Th. Adorno. Ontología y dialéctica. Lección10, pág. 220-221.

 

Hacia 1931 Max Horkheimer asumía la dirección del Instituto de Investigación Social, en Frankfurt, y su discurso inaugural apelaba a la necesidad de conseguir un modelo interdisciplinario de interpretación para poder pensar la sociedad, la economía y la cultura de ese hoy que les tocaba en suerte, Weimar, y ese otro terrible mañana que se avecinaba a pasos de gigante, la Alemania de Hitler. El marxismo, un cierto marxismo y no la doctrina oficial de los países del bloque socialista, era el marco que podía proveer ese modelo de mirada múltiple, material y dialéctica.

La lección inaugural de Th. Adorno en el Instituto, “Actualidad de la filosofía”, dibuja el mapa de las corrientes filosóficas alemanas contemporáneas y traza un programa: poner a prueba esas filosofías (Husserl, el positivismo científico, la fenomenología representada por la “ontología fundamental” de Heidegger, el neokantismo) para hacer posible, contra ellas, una filosofía propia que revindique la práctica filosófica observada entonces bajo amenaza de muerte.

Este temprano modo de la exposición adorniana, partir de la puesta a prueba, polemizar con los oponentes filosóficos, el “espíritu de contradicción organizado” tal como quería Hegel, es el modo que asumirá la teoría crítica negativa que caracteriza el movimiento intelectual y político de la Escuela de Frankfurt y la producción de sus integrantes. Al menos cuatro momentos, de la amplia obra de Adorno que podamos citar, recurren a la pelea contra la “ontología fundamental” para sentar posición antes de llegar a las presentes Lecciones…: la clase inaugural mencionada, Sobre la metacrítica de la teoría del conocimiento publicada en 1956, la Jerga de la autenticidad de 1964 y la Dialéctica negativa en 1966.

La filosofía de Heidegger se había convertido para entonces en el límite infranqueable, el lugar diametralmente opuesto y controversial que debía ser desmantelado en sus arbitrarios cuando no ridículos principios con pretensiones de profundidad y/o fundamentalismo. Dado que estos principios tenían seducidos, dice Adorno, a discípulos y principiantes, este es el propósito crítico, esta la tarea de confrontación mediante la dialéctica cuya verdadera refutación cala las fuerzas del adversario ubicándose en el ámbito de lo que puede el adversario. Contra el “golpe de magia”, “el truco” o “la artimaña”, “el fingimiento pomposo”, Adorno confronta a Heidegger en la matriz de su pensamiento dice Mariana Dimópulos en el excelente prólogo a Ontología y Dialéctica. Y el procedimiento, el método, es tan riguroso que llega a observar en la obra heideggeriana el nacimiento presocrático de su pensamiento bajo sospecha de irracional, cercano al mito y opuesto, por principio, a toda idea de libertad, con lo que el acercamiento de Heidegger al nazismo en definitiva no sería sino el corolario de su filosofía.

Adorno lo desarrolla en el plano filosófico y en los términos de la teoría del conocimiento, primero en Sobre la metacrítica… para renovar críticamente, otra vez, la dialéctica hegeliana: lo dado no puede presentarse a la conciencia si no es mediado por todo lo que es y lo que es para el hombre, aboliendo al paso filosofías primeras y primeras causas. El fenómeno -del gusto de la fenomenología husserliana, sustento del pensamiento de Heidegger- tampoco puede ser un algo primero puesto que, pese a toda “reducción” o epojé, está constituido por lo social. La conformidad con lo que hay, la cosa en sí, la cancelación de lo no idéntico, el modelo matemático que mesura la conciencia de lo múltiple, representan “la contradicción de origen presente en la construcción filosófica originaria de una ausencia de contradicción” dirá Adorno, para agregar “El conocimiento preservado de aberraciones, autárquico y que se entiende a sí mismo como incondicionado tiene como telos, en cuanto conocimiento metódico, la pura identidad” (Sobre la metacrítica... Madrid: Akal, 2012).

          Para la fenomenología, conocer significa, insiste Adorno, ratificar lo existente. Él, por el contrario, sigue pensando en términos de concepto y objeto aunque no haya esperanza de que se correspondan absolutamente: la cosa siempre se resiste a la interpretación unívoca y a la ley de la identidad para convocar, más bien, a la dialéctica de la contradicción.

La “ontología fundamental” de Heidegger hereda de la fenomenología de Husserl la pregunta por el sentido del ser que, a su vez y en su caso, promete una reconstitución de la unidad perdida. Para el dialéctico, según Hegel, ser se dice en el inicio de la lógica en correspondencia con la nada (Ciencia de la lógica): el ser es más bien lo más vacío y cargarlo de sentido para convertirlo en materia y pregunta de una filosofía de lo primero o lo originario ya es un acto ideológico sintetiza Dimópulos. Anteponer el es del enunciado a los entes como a la generalidad del concepto en la ontología fundamental será el “golpe de magia”, “el truco”, “la artimaña” a la que habrá de referirse y combatir Adorno con la idea de “otorgarle […] a la discusión mayor peso, salvarla de lo que en palabras de Kafka podríamos denominar ‘la travesía alegre y vacía’.” A la tautología de la pura identidad en acto, Adorno preguntará por el sentido en un desplazamiento hacia lo social, denunciando una “ausencia de sentido de la multiplicidad de los entes, de la facticidad que conforma el mundo, regido por la contradicción y la no identidad”. Desconocer esto significa pactar con el estado de cosas dice, abandonar la crítica, dejarse convencer por una “síntesis” cuasi teológica, bajo la multiplicación de una nueva conceptualidad, contra la que la “dialéctica negativa”, su método o su filosofía, es concebida.

La escritura de Heidegger, explica Adorno, pone en funcionamiento una técnica de subrepción, articulada sobre la negación de la pertenencia a la tradición filosófica, plantándose como el fin (la metafísica) para inaugurar(se) allí, y en él, en Heidegger, el regreso a lo primero: “la jerga de la autenticidad” la bautizará Adorno, consistente, en breve síntesis, en abjurar de la historia y del legado del lenguaje como forma de la historia del pensamiento. Para Adorno el concepto -siempre heredado- trae consigo un problema y hace lugar al pensamiento, con lo que el lenguaje resulta inherente a la filosofía o, mejor, todo problema filosófico es un problema de lenguaje. La no identidad entre concepto y objeto es crucial para la “dialéctica negativa” y de allí derivan las cuestiones irresueltas entre una subjetividad del pensar de las cosas, discutido ya por Hegel, en el acto de conocer. Esto es lo que Husserl primero y Heidegger después quieren dejar saldado según Adorno sin ver que es necesario recorrer las diferentes posibilidades de una idea hasta su opuesto, sin que ello signifique quedarse en la contradicción, para seguir su recorrido en la lengua de la filosofía sin aseverar nunca, porque no se puede, qué o quién es el hombre.

Si hay una filosofía, la de Heidegger, con un programa que elude al sujeto y a la historia, para pasar a hablar de “el ser ahí” y la “historicidad” de manera absolutamente desencarnada, y esa filosofía ha resultado tan exitosa pasando de Alemania a Francia para extenderse e internacionalizarse, este hecho, nos previene Adorno, debe poder leerse desde una dimensión social e histórica. La presunta necesidad de un saber originario, un saber de lo fijo y estable contra cualquier relativismo, es lo que la “ontología fundamental” vino a ofrecer dando, a través del “ser”, cumplimiento al viejo ideal de bien, verdad y belleza en armonía y unidad, liquidando, a su paso, toda posibilidad de crítica como intervención, pensamiento y acción. Las veintitrés lecciones de Ontología y Dialéctica desarman mediante la especulación, sin pensarse como lo opuesto, la fenomenología en general y su versión más refinada en la “ontología fundamental” de Heidegger. Allí Adorno muestra, en ese desarmar, su propia dialéctica: “lo falso muestra su verdad de ser” (Dimópulos, 26), al detenerse una y otra vez en los supuestos de la filosofía heideggeriana, a fin de que quede expuesta con claridad su técnica de borrado de la historia que habilita su ontología como fundamental, nueva y original. El “fingimiento pomposo” al decir de Adorno.

Cuando regresa a Alemania en 1949, después del exterminio, Adorno cuestiona la posibilidad de seguir haciendo filosofía como si nada hubiera ocurrido, como si algo sustancial no hubiese cambiado. Y aun volviendo por algunas temporadas a Estados Unidos, ese cuestionamiento no da tregua, ocupa el centro de su pensamiento. “El principio fundamental de la subjetividad burguesa sin el que Auschwitz no habría sido posible”, “la frialdad”, que también lo habita a él como sobreviviente, necesita ser atravesado para ver en qué quedaron las categorías tradicionales bajo nuevas condiciones sociales después de Auschwitz. La filosofía no puede no escuchar los gritos de las víctimas dice, dado que es “condición de toda verdad la necesidad de prestar voz al sufrimiento” (Dialéctica negativa. Madrid: Akal, 2005. 6, 28).

Ontología y dialéctica nace como lecciones, dictadas en Frankfurt en el semestre de 1960/61 cuando todavía el proyecto de la Dialéctica negativa no había sido concebido, el que, en verdad, fue tomando forma a partir de aquí. Invitado por el germanista francés Robert Minder, Adorno prepara tres conferencias para el Collège de France en París centradas en “poner sobre el tapete la heideggería de manera sistemática. Para no hacer honor objetivo a Heidegger, lo que según mi más profunda convicción no se merece, debería estar centrado en el tema y no en él y su persona […] De modo que el tema que me imagino sería ‘Ontología dialéctica’” (Carta a Robert Minder, 25/6/1959). El prefacio del editor, el discípulo Rolf Tiedemann, da cuenta minuciosa del nacimiento de estas conferencias y las lecciones que se dictarán en Frankfurt a través de las cartas y la libreta de notas, enfatizando su importancia por el carácter germinal de la Dialéctica negativa. La transcripción de una página de esta libreta de notas, 32-34 en esta edición, recoge las más tempranas observaciones y ofrece la precisa síntesis que luego desarrollará Adorno en las veintitrés lecciones subsiguientes. Allí se puede ver el magisterio filosófico y, también, el método que es a su vez teoría y práctica del trabajo adorniano. Las lecciones que aquí se presentan están tomadas de la transcripción de las cintas magnetofónicas que se hacían a continuación de cada clase en el Instituto de Investigación Social, conservadas en el Archivo Theodor W. Adorno. Tiedemann, su editor, reconoce haber intervenido el texto “lo menos posible, pero todo lo que fue necesario” para conservar el color de la exposición oral obviando repeticiones, problemas de sintaxis, “muletillas del apuro”, los vocativos… sobre todo tratándose de un texto que no fue autorizado por Adorno.

Las lecciones hacen el libro sobre Heidegger que Adorno no quería escribir, convirtiéndose no obstante en el desarrollo de un proyecto inconcluso, de 1930, cuando a poco de que apareciera Ser y Tiempo, Benjamin y Brecht se propusieran “demoler a Heidegger” (Benjamin, Cartas, vol. III 1925-1930. Frankfurt, 1997, 522). A pesar de los años transcurridos y de que el amigo hubiera muerto huyendo de la política de exterminio del nazismo al cual adhería Heidegger, Adorno se ocupa y se pronuncia rigurosamente, es decir mediante la dialéctica sobre “el fingimiento pomposo” antes que sobre la persona que lo lleva adelante porque ve, y advierte, que allí, en la “ontología fundamental”, radica el huevo de la serpiente: la justificación última del exterminio de lo humano. Ir contra ello, lo más seriamente que se pueda, es la tarea de la filosofía después de Auschwitz, con el propósito de “salvarla de lo que en palabras de Kafka podríamos denominar ‘la travesía alegre y vacía’.”

 

 

(Actualización noviembre 2017 – febrero 2018/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646