noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Matías Moscardi

La negatividad de la belleza
Suicidio, de Édouard Levé, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2017. Traducción de Matías Battistón.

«¿Dónde me ahogaré? ¿En el Sena o en la Música?».

E. M. Cioran

 

Siempre tuve cierta fascinación por los suicidas y sus obras. Nunca conocí personalmente a un suicida, hasta hace poco. Cursamos juntos algunas materias de la carrera; leyó en algunos festivales de poesía que organizábamos con amigos en la ciudad. Nunca fuimos cercanos, hasta diría que me generaba cierta antipatía extraña. La noticia de su muerte me impactó y me entristeció mucho por su cercanía generacional, biográfica, en fin: por su dolorosa proximidad. Quizás por eso relegué la escritura sobre un libro muy querido, que me genera una ternura aplacada, de nudo en el pecho: me refiero a Suicidio, de Édouard Levé, recientemente editado por Eterna Cadencia en una delicada traducción de Matías Battistón –existe otra, española, de Julia Osuna Aguilar, que si bien es impecable no alcanza, me parece, el efecto de intimidad que logra Battistón, quien tradujo, a su vez, el genial Autorretrato, también de Levé, y editado también por Eterna Cadencia.

Levé envía Suicidio a su editor unos días antes de quitarse la vida. El libro no tiene, sin embargo, la forma de una nota final: es la historia de otro suicidio, el de un amigo de la adolescencia que, un día cualquiera y sin razones aparentes, también decide morir. En el Fedón, Sócrates dice que filosofar es aprender a morir. En este sentido, el libro de Levé puede leerse como un tratado contemporáneo sobre ese aprendizaje, que nunca es, por supuesto, personal: ¿cómo podría serlo la muerte? Por eso, el libro tiene la forma clásica de la alocución: Levé se dirige a su amigo, como cuando Catulo, frente a la tumba de su hermano, pretende hablar a las «mudas cenizas». Por eso, se trata de una alocución amputada, atravesada por la falta de respuesta, por un silencio que tiñe cada palabra de negro: la tinta contra el blanco de la página no puede convocar ya el hálito, el aliento de una voz que se pronuncia como parte de la vida, sino el luto negro de la muerte, un mensaje en una botella que flota en la laguna estigia, un inbox en el Facebook de la muerte, que ni siquiera puede ser ignorado –la indiferencia requiere de voluntad y volición– sino eternamente desleído, sin posibilidad, siquiera, de una constatación impasible como la que otorga el «visto». Por eso, en Suicidio aparece reformulado aquel viejo género griego del diálogo de muertos, que profesó antiguamente Luciano de Samósata en un libro homónimo; y digo reformulado porque en Levé hay algo trunco en la invocación constante: es un monólogo de muertos.

Larga es la tradición que asocia la escritura con la muerte y con la ausencia: ya lo advertía Jacques Derrida que, en su deconstrucción de la metafísica occidental, señalaba que la mismísima idea de «presencia» estaba supeditada a la voz, a la phoné. La escritura fue, por tanto, desde Aristóteles a Heidegger, una degradación, una herramienta al servicio de un habla plena, un derivado secundario, el significante del significante. Maurice Blanchot, en un texto aforístico y fragmentario cargado, podríamos decir, de «pulsión de muerte», hablaba de «la escritura del desastre»: «vivimos y hablamos porque la muerte ya tuvo lugar», escribe Blanchot; y agrega: «al matarme, “yo” no “me” mato, sino que, yéndose, por así decirlo, de la lengua, alguien (o algo) se sirve de un “yo” que desaparece –en figura de Otro– para revelarlo o revelar a todos lo que enseguida se escapa: vale decir, el destiempo de la muerte». Y, sin embargo, ahí donde Blanchot busca la oscuridad, el típico barroquismo francés de época, Levé, en cambio –y en esto reside la belleza de su escritura– hace palpitar la muerte desde la legibilidad, desde la claridad, desde la sencillez de estilo.

Simon Critchley, en un libro –que no me gustó– llamado Apuntes sobre el suicidio (Alpha Decay, 2016), dice que Levé escribe con una «emoción contenida por el rigor formalista». No estoy tan seguro. En Suicidio no hay ni siquiera progresión narrativa. Yo diría que Levé escribe como si no existiera –o al menos no importara– la literatura; como si no existiera, por tanto, la muerte. Escribe con soltura, con despreocupación, escribe con felicidad. ¿Cómo es posible? Apunta Kafka, en sus Diarios: «lo mejor que he escrito se basa en esa aptitud para morir contento». Exactamente esa misma aptitud, esa felicidad de la escritura, aparece en Levé. Porque el dolor ostenta, como el dinero y el sistema de la lengua –tal y como lo piensan, respectivamente, Simmel y Saussure– un valor relativo.

En este sentido, el suicidio pone en jaque la racionalidad del dolor. Escribe Levé: «Solo los vivos parecen incoherentes. La muerte clausura la serie de hechos que conforman su vida. Entonces uno se resigna a encontrarles un sentido. Negárselos significaría aceptar que una vida, y por ende la vida, es absurda.» La muerte siempre es radicalmente coherente: como decía aquel famoso verso de Quevedo, todo lo iguala. Como si no existiera medida, ningún quantum posible, mayor o menor de dolor, como si el dolor siempre, en cualquier caso, fuera un exceso y lo que variara fueran los metabolismos personales, los umbrales.

Quizás por eso la muerte puede inscribirse en el orden de la belleza y de la ternura: la lectura de Suicidio jamás nos entristece ni nos melancoliza, es una lectura de vida escrita con la tinta de la muerte. Pero ¿dónde está, entonces, su felicidad? En el homenaje, en la amistad, en la concesión: porque Levé no habla de su muerte, sino por medio de la muerte del otro. No hay ego ni megalomanía suicida: solo hay belleza, siempre diminuta –la belleza del detalle, de lo ínfimo de la vida, de sus moléculas. Levé escribe: «En el arte, sacar es mejorar. Desaparecer te ha fijado a una belleza negativa». Nietzsche decía que disponemos del arte para no morir a manos de la verdad: creo que Levé estuvo, radicalmente, de acuerdo con esto.

 

(Actualización noviembre 2017 - febrero 2018/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646