septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Un arte de la memoria
El que recuerda. Poesía completa, de Jorge Quiroga, Buenos Aires, Palabras Amarillas, 2017.

                                                      ¿Viste alguna vez la melodía de los brillos?

                                                                            Juan L. Ortiz

 

El que recuerda es un libro compacto y ligero que reúne y celebra más de cincuenta años de poesía de Jorge Quiroga. Enmarcados por un prólogo y un epílogo estimulantes, los poemarios editados, los inéditos y los textos rescatados se presentan en particular orden. Primero, los libros publicados entre 1991 y 2016; luego, poemas de juventud, aparecidos en revistas o plaquettes durante la década del 60; y por último, tres obras inéditas y fundamentales.

Al lector se le ofrece también la posibilidad de contemplar reproducciones de las tapas de las ediciones originales. Esas hechizantes imágenes, de las que se presenta primero un detalle que el lector ve como si se asomara ante una mirilla circular, no solo muestran las fotos y los dibujos elegidos para la tapa de cada libro, en algún caso obras del mismo autor, dejan ver también el atractivo de la estética independiente de cada una de las ediciones.  

Además de poeta, Jorge Quiroga ha asumido a lo largo de su vida múltiples y diversos roles en el campo de la cultura manteniendo una relación siempre en algún punto lúdica con todos ellos: gestor de proyectos editoriales, conductor de radio, colaborador en revistas literarias, director de cine, especialista en tango, artista plástico, entre otros métiers.

Ha desarrollado al mismo tiempo una intensa militancia gremial y política, y estuvo exiliado en Brasil durante la última dictadura. Su existencia está atravesada también por la vida familiar, el vínculo con su mujer y sus hijos, a quienes dedica su poesía reunida, el barrio al sur de la ciudad de Buenos Aires donde vive y la casa que habita, llena de cuadros, libros, plantas y mascotas.

Si bien uno puede encontrar cada una de esos mundos en sus poemas (“la voz de Marta resuena en los umbrales de la casa”; “el mar golpeaba la pared con su oleaje que traía los desperdicios del puerto de Santos”; “(la perra) Sakura camina lentamente a su rincón”; “las escenas del barrio aguardan la incredulidad el asombro”; “las visitas nos alegran porque se suceden a horas inesperadas”) lo cierto es que la poesía de Quiroga mantiene una autonomía temática y formal sin defecciones que le da unidad, continuidad e intensidad al conjunto de su escritura poética.

El título de la obra, El que recuerda, es también la primera frase de la primera línea del poemario que quedó en primer lugar, Cuaderno nocturno. Remite a la vieja convención de ordenar los poemas por el primer verso y es al mismo tiempo un modo de darle un nombre al que escribe y revelar un motor fundamental de la escritura: la memoria.

La poesía de Quiroga convoca escenas del pasado, imágenes de la infancia o situaciones que ocurrieron hace un rato durante un paseo por el barrio, pero los textos son sobre todo resultado de una sostenida exploración sobre las formas, modos y sentidos del recuerdo. Y no son “los recuerdos” ni “mis recuerdos” sino “el que recuerda” estableciendo una distancia vital para observar desde lugares imprevistos el misterioso mundo de la memoria.

Es una tierra incógnita poblada de figuras espectrales que “no pueden vivir ni dejar de vivir. Simplemente están lejos”. Es un mundo en el que se avanza a tientas rodeado de la oscuridad de la ausencia, el olvido y lo incomprensible. Sin embargo no es una poesía lúgubre, la palabra aún cuando nombre las situaciones más terribles, la enfermedad y el dolor, es luz que entra por las ventanas e “inunda levemente las manos/en pliegues de la ropa/ en una piel tibia y doliente”.

Los textos tienen una dimensión autorreflexiva, aluden sutilmente a la actividad de escribir sin decir nunca “poema”, “poeta” o “literatura” ni mencionar intelectuales o teoría. Desde siempre Quiroga ha investigado, pintado y ensayado sobre literatura, en particular en torno a un conjunto de escritores argentinos: Arlt, Zelarayán, Molinari, Macedonio, Juanele, Correas, pero su discurso poético se desentiende de erudiciones y referencias. Ese canon personal es sobre todo un acicate para un camino personal y solitario.

Los poemas traslucen bastante también la forma en que se originaron. El carácter involuntario es lo que vuelve productiva a la memoria, “vemos cuando no pensamos en nosotros”. A una escena del pasado se llega por un camino indirecto y es un trabajo al borde de lo imposible, como capturar un destello que se apaga, registrar la forma evanescente de un dibujo en el agua. Se requiere entonces una atención flotante acorde a lo intermitente, a lo aleatorio, a lo que huye y se da siempre apenas.

No se trata de responder ni de cerrar, se representa la misma búsqueda, se alude a demandas suspendidas y a preguntas pendientes. “Es necesario desconocer para recordar”, se trata de “acercar sin descubrir” y esto se traduce en el plano de la forma en la invención de una sintaxis insólita. No se dice por ejemplo que una imagen se fragmenta sino que algo se fragmenta en una imagen.  

La poesía es en Quiroga algo del orden de la necesidad y eso le da nervio y una singular coherencia a cada poemario y al conjunto ahora reunido.  El trato con aquello de lo que se escribe no es el que se tiene con un tema, es el tipo de relación que se establece con una vivencia que insiste en ser dicha, pensada, recordada, soñada. Es de algún modo el desarrollo de una mnemónica como la que propone Giordano Bruno. Quiroga hace de la poesía un arte de la memoria, entendida más que como un saber del recuerdo, como la posibilidad de alcanzar un conocimiento revelador de lo desconocido y constructor de porvenires insospechados: “Tenemos por delante lo que recordamos.”

 

(Actualización septiembre - octubre 2017/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646