septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Todo está iluminado
Las luces de emergencia se encenderán automáticamente, de Luisa Geisler, Buenos Aires, Blatt & Ríos, 2017.

I

Las luces de emergencia se encenderán automáticamente (Buenos Aires: blatt&ríos, 2017) es la magnífica traducción (al español, de Julia Tomasini) de Luzes de emergência se acenderão automaticamente de Luisa Geisler (Canoas, Brasil, 1991). Es magnífica, a mi juicio, porque la traducción de Tomasini subraya el español rioplatense en una novela gaúcha que agrupa las cartas de Henrique a su mejor amigo, Gabriel, quien permanece en coma después de un accidente doméstico cuyas consecuencias resultan desmesuradas, casi inverosímiles. Todo ocurre, salvo excepciones en otras localidades aledañas, en Canoas, al sur de Brasil, a unos veinte kilómetros de Porto Alegre. Magnífica es igualmente su representación en un español fluido, que invisibiliza la marca del original (Venuti 1995) para lograr dar voz a un grupo de amigxs, sus experiencias, sus miedos, sus deseos. Enmarcada en esa imposibilidad posible, la de sostener una correspondencia no correspondida, fallida, unilateral, cuyo destinatario no puede leer, la novela constituye el registro oximorónico de vidas que esperan por el retorno a este lado de un cuerpo que duerme y que, como lo recuerda uno de sus médicos, con cada hora que pasa, acrecienta la posibilidad de secuelas o de una irreversibilidad en su condición. Sin embargo, en este aspecto, en el plano de la inevitable atención al afecto como factor ineludible en el texto, no es la forma de la escritura de la ansiedad de una espera la que prevalece. Las cartas son el complemento, si se quiere el espejo, de lo que les ocurre al propio Ike y a su grupo de amigxs. Contienen energía vital muy a pesar de su imposible lector implícito. De esta forma, las cartas de la novela de Geisler funcionan como catálisis de eso que Gabriel perdió pero que sigue ineluctablemente ocurriendo mientras yace en la cama de un hospital.

II

Pero también ese epistolario imposible, las cartas a Gabriel que Henrique ha venido acumulando, narra la amistad en la bella novela de Luisa Geisler. Acomoda, a su vez, en dos momentos una genial mención que establece un afuera narrativo de su propio marco epistolar. Después de unos días de vacaciones en grupo en Imbé, algunxs hablan de Henrique y de su “cuadernito medio raro” (134). Es un momento que no disimula su espesor, en el que se juegan varios sentidos de un despertar, uno que aguardan y otro que no esperan aunque imaginan, en las cartas de Ike, compiladas en su “cuadernito estúpido”, como le dirá la madre de Manu, su ex. Parte de eso que podríamos también denominar “densidad” reside en una fértil homología que propone el enmarcado epistolar para contar la amistad de un grupo de jóvenes en sus primeros veinte años en el sur de Brasil, lejos del imaginario carioca o paulista que la circulación libresca más de una vez ha permitido. Esa conexión ya se insinúa en los epígrafes de la novela, apoyados en la terrible simpleza de Iván Ilich en la novela de Tolstoi, y en la espacialidad de una ciudad que nunca despierta, de una canción de Arctic Monkeys. Pero la efectivización de la homología que esos paratextos dejan entrever ocurre, lógicamente, en la misma trama, y se completa en la forma de la novela, repentina, desatada, liberada de las presumibles constricciones del marco de la carta. Paradojal resulta ser entonces la asociación, porque la forma es desbordada y el desborde de este grupo de amigos es el que cuenta la novela epistolar de Geisler.

III

Al comienzo del ensayo que en inglés se publicó en el Journal of Philosophy (1988) como “The Politics of Friendship”, la política de la amistad, Derrida señalaba que en su Etica eudemonista, Aristóteles inscribía a la amistad, al conocimiento, y a la muerte en una misma configuración. En particular citaba a Aristóteles cuando comentaba “Es por esa razón que estimamos a aquellxs amigxs que continúan amando a sus muertxs, porque ellxs saben pero no son sabidxs”. Continúa Derrida: “la amistad por alguien que está muertx lleva consigo esa philia al límite de su posibilidad” (354). Esa philia al límite es lo que contienen las cartas de Ike. Se aferran por la escritura, por el reporte pormenorizado de lo que ocurre mientras Gabriel está en coma, a una espera algo impaciente por los ojos lectores del paciente dormido. O, como dicen sus amigxs, es también “miedo a perder”: “Cuando alguien tan cercano se te va de repente, te das cuenta de que tenés muchas fotos y pocos recuerdos” (134). Ese deseo compensatorio de acumulación de recuerdos es lo que hacen del epistolario un archivo de sentimientos.

IV

Reiteradamente las cartas de Ike despliegan una metaficcionalidad que constituye una profunda reflexión acerca de los alcances y la productividad de los bordes en fricción de los marcos y de sus suturas. Las cartas describen no únicamente un movimiento temporal mientras se aguarda que Gabriel se reponga, sino que también se repliegan y reflexivamente se vuelven sobre sí acomodando figuraciones que piensan la agrupación, la serie, la continuidad o su misma interrupción. En Imbé, Ike le cuenta a Gabriel que

después entramos en un loop de charlar, tomar, cagarnos de risa, fumar, hablar de bueyes perdidos, tomar, cagarnos de risa, de cualquier cosa, adelantar la canción en la radio, cantar mal y/o alto, repetir la canción y quedarnos dormidos en la silla. Entonces, si alguien se despertaba medio que despertaba al otro hasta que todos estábamos despiertos de nuevo. Me quedé un tiempo pensando en cómo todo eso parecía organizarse en loops de dormir y despertarse. (107-108)

Más adelante, toman hongos y otra carta contiene el viaje a esa misma figura. En el medio de un fluir de la conciencia nos encontramos con el loop una vez más:

Decís una frase, tirás un pensamiento, pero sólo empezás a pensar en cómo deberías besar a Rafa y a Scila y todo el mundo era tan lindo. Te caés de nuevo en un mar, donde toda tu cabeza piensa todo al mismo tiempo, los colores del pasto estaban mojados y tan bien definidos que se borraban, como cuando pasás rápido en auto y entendés re bien todo lo que está del otro lado de la ventanilla. Yo movía la boca de forma muy rara, con los restos de la crepe en la lengua, sentía las migas en la cara, sentía que hablaba y volaba crepe. Trataba de entender. Y era así que no llegaba a nada… Alguien se rio con risa de chancho, de cuando respira mal. “…pero no es algo así, whatever. Sos vos hablando de cómo tus cartas y Gabriel están dentro de las cartas para Gabriel que está dentro de las cartas que están dentro de las cartas y yo diciendo que todo el mundo está en loop, es algo dentro de otro algo, es un loop en sí mismo, todo el mundo abriendo puertas que dan a puertas que dan a puertas que sólo quieren la salida…” (120)

También Ike trató de “separar un sueño del otro”; dice en una carta: “Hasta dónde uno era un recuerdo de ayer y hasta dónde era un sueño”. Continúa luego Ike: “Después me quedé acostado en la cama contando los tonos de blanco sucio en el techo, volviendo a la yuxtaposición-separación de los sueños” (137). Insistirá unos días después en la cuestión de las partes y el todo en otra carta:

Alguien dijo: la vida es más que la suma de sus partes, jovencito…Pero cuando pienso en esa frase (y cuando supero el momento de preguntarme quién lo dijo), se me aparece la misma pregunta una y otra vez. ¿Y si las partes no encajan? (150).

Así insinúa la novela de Geisler un despertar hacia la escritura del propio Henrique. No es “sólo papel” lo que acumulan las páginas de su cuadernito raro. Sus palabras, sus cartas imposibles son destellos de esas luces de emergencia que, como imagina con su “amigo” Dante, se espera respondan a las ocasionales oscuridades repentinas de vivir.  Al concluir su estudio La experiencia opaca: literatura y desencanto, Florencia Garramuño (2009) entreveía “una reintroducción del sujeto y de la experiencia en la reflexión y el trabajo literario” (238) en textos con los que no resultaría difícil emparentar esta novela de Geisler en la que una serie de cartas escritas a un cuerpo inerte son el paradójico repositorio afectivo de cuerpos deseantes.

 

(Actualización septiembre - octubre 2017/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646