septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Materiales de demolición
Diccionario de separación. De Amor a Zombie, de Andrés Gallina y Matías Moscardi, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2016.

Caminos que parten y caminos que vuelven

 

El diccionario más antiguo del que se tiene registro, o pre, o proto diccionario, es sumerio, encontrado en las ruinas de Ebla, hoy Tell Mardikh, Siria, y tiene alrededor de 5000 años. Es un diccionario bilingüe sumerio – eblaíta. Como en Ebla convergían varias rutas comerciales, era necesario hacer pasar las palabras de una cultura a otra para poder entenderse, comerciar, convivir. Esas tablillas antiguas ya contenían en germen las características de todos los diccionarios del mundo: eran un auxilio a mano para consultar en caso de desconocer una palabra, aproximándola a una o a varias conocidas. El diccionario surge en cruces de caminos, como una suerte de tabla de equivalencias que facilita el pasaje de una ruta a la otra, de lo desconocido a lo conocido. Pariente práctico de la poesía, un diccionario es una herramienta para situaciones de frontera.  “Estamos en una encrucijada de caminos que parten y caminos que vuelven” escribió Raúl González Tuñón en “La cerveza  del Pescador Schiltigheim”, en ese combo de poesía, vida y aventura que empujaba hacia las fronteras de lo desconocido, entre una guerra mundial y otra. El Diccionario de Moscardi y Gallina es una herramienta de frontera, una tabla de equivalencias y un artefacto poético-vital, pero no es producto del mercado cosmopolita ni del vitalismo vanguardista, sino del fracaso de la relación amorosa que deja al sujeto  sin lenguaje, sin auxilio, en una encrucijada en la que todo se vuelve ajeno, cargando un pasado que aplasta, sin saber para dónde agarrar, con la necesidad urgente de refundar el mundo o caer. Durante cinco milenios se echó en falta una tabla de equivalencias para tratar con la separación, de modo que las distintas culturas debieron crear mitos, poemas, canciones, relatos, obras teatrales, películas, radionovelas, fotonovelas, telenovelas, para vérselas con ese estado de incógnita y angustia. Bueno, ahora tenemos un diccionario que es un poco ensayo, poema, canción, telenovela, un vademecum sentimental, para ser consultado en cualquier momento del día, o de una noche solitaria.

Era hora.

 

En el fragor del derrumbre

 

¿Qué mejor para hablar de un diccionario que hacerlo desde otro diccionario? Una rápida consulta etimológica nos informa que fracaso, fragor, fractura, fragmento, frágil, e incluso naufragio, proceden de la misma raíz, el verbo latino frangere, cuyo significado es quebrar, romper algo con estruendo. Etimológicamente precisa, la escena residual sobre la que se levanta todo el Diccionario de separación, es la del fracaso de la relación amorosa, que alcanza niveles de desastre (no hay fracasos suaves o amables en el amor). Así, leemos:

 

Todo terminó. La pareja es el escenario desértico de una película posapocalíptica.”

 

La separación es una catástrofe. El sobreviviente de esa fractura/fracaso, y protagonista del Diccionario, es el sujeto posamoroso, él mismo un fragmento,  dedicado a reunir los demás fragmentos de un mundo en ruinas,  para dotarlos de sentido, reensamblarlos y en el proceso, reensamblarse. Roland Barthes abre los Fragmentos de un discurso amoroso con “Es pues un enamorado el que habla y dice:”, el Diccionario de separación no se abre de igual modo sólo porque el sujeto posamoroso es incapaz de tomar la palabra y pronunciarse en primera persona, porque el Yo también ha sido fracturado y se encuentra en vías de recomposición (“La separación atenta directamente contra quienes somos, es decir contra la idea que tenemos de nosotros mismos, suministrada por la agencia del Yo, que es como nuestro propio FBI mental”). Si Barthes pone en escena una enunciación en primera persona, y eso traza un retrato, Gallina y Moscardi alternan una tercera persona, una enunciación impersonal y un nosotros disonante, y con materiales de demolición van pegando pedacitos de un marco vacío.

Y sin embargo, es un posenamorado el que, como un fantasma, agita el Diccionario…

 

El cable de todas las emociones

 

Vayamos un poco más allá, el sujeto posamoroso no es sólo el protagonista del diccionario, es quien presta la mecánica compositiva del libro. Dos procedimientos se destacan en el desarrollo de las entradas: el “es como”, y el salirse de escala. En términos retóricos: metáfora e hipérbole. El Diccionario avanza a partir de una combinación de ambas, el “es como” va rastreando afinidades, semejanzas , equivalencias que intentan poblar el desierto posapocalíptico del fin de la pareja, y para hacerlo, hasta el objeto o la acción más irrisoria son llamados a cargarse de sentido, e, incluso, a pasarse de rosca.  El propio movimiento de comparación es hiperbólico e indetenible: la separación es como una pesadilla, una prisión, un pozo, un cuadrilátero de artes marciales, un capítulo de los X Files, una escena de Indiana Jones, un terremoto, un naufragio, un carnaval. Las metáforas proliferan, se entrecruzan, tejen una red que va de la tumba de la que emerge una ex, devenida zombie, al espacio exterior escrutado por un Mulder posamoroso en busca de respuestas extraterrestres. Entre la truculencia subterránea y el gélido cosmos infinito desfilan e iluminan distintos aspectos de las separaciones, Roland Barthes, Bruce Lee, Kim Ki-duck, William Shakespeare, Ricky Martin, Susan Sontag, Dragon Ball Z, Ovidio y Miriam Bianchi (aka Gilda), entre muchos (pero muchos) otros. Como una especie de puesta en abismo, el propio diccionario nos informa que la separación ha cortado el sistema interpretativo del sujeto posamoroso, volviéndolo un lector paranoico de sí mismo,  cuya sensibilidad exagerada experimenta el mundo de manera hiperbólica. El orden equivalencial que intenta establecer el diccionario es saboteado a cada momento por la presión que impone el objeto que pretende encauzar. Como resultado de esa tensión, emergen, acá y allá, joyas de un gongorismo pop:

 

La lástima ha tejido sobre nosotros el pulóver de la ambigüedad”

 

La separación es una cárcel de máxima seguridad. La vida cotidiana, sin la otra persona, se ha transformado en una celda individual”

 

El núcleo de angustia que habita la isla de la separación es un miedo ectoplasmático como un fantasma, un monstruo creado por nuestra propia imaginación”

 

La ansiedad, esa locomotora de un solo carril”

 

El monstruo de la separación nos come el cerebro”

 

Ante la herida abierta de la separación, nuestro cuerpo reacciona desconectando el chip del dolor; pero en ese movimiento, con el pie, sin querer, termina desenchufando, en simultáneo, el cable de todas las emociones”

 

Alegorías animadas de ayer y de hoy

 

Hagamos una suerte de resumen del capítulo anterior: el fin de la relación deja un escenario poblado de fragmentos de un mundo estallado. El mismo sujeto es un fragmento desprendido de la relación, dedicado a hiperbolizar hasta el objeto más nimio, en un intento por recuperar el paraíso perdido del amor, y entregarse a prácticas absurdas que tienen la función mágica de exorcizarlo. El Diccionario es un compendio de todo esto: algunas entradas nos informan de las situaciones en las que se encuentra el sujeto posamoroso, algunas de cómo la relación perdida gravita con la fuerza de un fantasma, algunas de cómo se ritualiza cada gesto con la esperanza de empezar de nuevo. Como el sujeto posamoroso ha perdido todo, hasta el lenguaje, su hablar se puebla de comparaciones y metáforas: un mar de lágrimas, sí, pero además: náufrago en una isla desierta en un mar de lágrimas. El Diccionario de separación lleva este procedimiento al punto en el que la ruptura amorosa avanza por aproximación sobre todas las cosas, todas las prácticas, todos los estados, como una canción de pop latino: y toooodo me recuerda a tiiiii. Todo, desde el bosón de Higgs a la galaxia Andrómeda. Es un diccionario, funciona con lógica poética, y tiene aspiraciones, fundadas, de Enciclopedia. La erudición que exhibe rastrilla el mundo de la cultura y encuentra equivalencias que articulan, en ocasiones de manera sorprendente,  lo individual y lo colectivo. La construcción de metáfora sobre metáfora para atraer elementos distantes que quedan capturados en la fuerza gravitatoria posamorosa se convierte en alegoría. “El alegórico, dice Benjamin,  toma por doquier, del fondo caótico que le proporciona su saber, un fragmento, lo pone junto a otro, y prueba a encajarlos: ese significado con esta imagen, o esta imagen con ese significado. El resultado nunca se puede prever; pues no hay ninguna mediación natural entre ambos.” (1)  Cada entrada puede funcionar como un vórtice que atrae multitud de materiales heterogéneos, incluso en objetos distantes, que a primera vista parecieran no tener nada que ver con la separación amorosa. Y sin embargo, sí, tienen que ver. Ahí, en ese punto, el Diccionario es una sucesión de hallazgos.

 

Todos los duelos el duelo

 

Si el diccionario opera ese rastreo de afinidades entre el fracaso amoroso y materiales diversos, cabría preguntarse por qué el territorio devastado de la separación y sus intentos de reensamblaje pueden colocarse en esa situación de vórtice atractor. ¿Acaso la ruptura amorosa congrega los fantasmas de la pérdida frente a un orden político y económico que santifica el éxito y el individualismo? ¿No son estas figuras de la separación alegorías de un mundo que oculta el fracaso bajo la alfombra y disuelve los vínculos? Todos esos remedia amoris para sobrellevar la pérdida amorosa son a su modo ejercicios que conjuran un presente hostil, en el que la alegría es un mandato.

En el cielo del neoliberalismo  el ángel ideal debe reunir una serie de requisitos de hierro: ser optimista, ser eficiente,  ser competitivo y emprendedor, aceptar la incertidumbre con serenidad y una sonrisa, vivir en pleno control de sí mismo, no dejar que las emociones lo desborden, vivir en armonía con la naturaleza, la empresa y el status quo, ver incluso en la tragedia una oportunidad, no tener más vínculo que el laboral y el suyo propio con su vida interior. Una especie de androide exitoso que carece de pathos y repite: hacemos las cosas como tienen que hacerse. En ese show de felicidad programada en el que se ha convertido la “realidad”, el sujeto posamoroso es un monstruo melancólico que repone de manera chirriante  todo lo que se excluye: es apasionado, es pesimista, es ruidoso, es negativo, es torpe, lo consume la ansiedad, y está desesperado y loco. Feo, sucio y malo, su vida es un infierno. Fundamentalmente, es un perdedor, y eso es kryptonita para el supertipo neoliberal(2).

El sujeto posamoroso de Moscardi y Gallina, antihéroe arruinado que habita entre ruinas, vibra en la misma sintonía emocional y política que cada relato, micro o macro, de pérdida, rotura, fracaso, fragilidad; los atrae como un imán, los ordena en un montaje friccionado, y repite las mismas preguntas que puede hacerse cualquiera que se detenga un instante y mire el mundo: ¿qué salió mal? ¿en qué momento se arruinó todo?¿cómo se sale de esto?

 

(1) Benjamin, Walter (2005), Libro de los Pasajes, Madrid, Akal, pág 375

 

(2) “(…) la alegoría, precisamente por su furor destructivo, participa en la expulsión de la apariencia que emana de todo ´orden dado´ –sea en el arte, sea en la vida– como apariencia de totalidad, o de lo orgánico que los transfigura, haciendo que parezcan llevaderos. Y ésta es la tendencia progresiva de la alegoría.” Benjamin, Walter (2005), Libro de los Pasajes, Madrid, Akal, pág 339

 

 

(Actualización julio – agosto 2017/ Bazarmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646