mayo-junio 2017, AÑO XI, Nº 61

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Diseño

Ulises Cremonte

Están lloviendo estrellas en nuestra habitación
La habitación alemana, de Carla Maliandi, Buenos Aires, Mardulce, 2016.

En el comienzo de la primera novela de Carla Maliandi hay una constelación que no habla el idioma del universo sino la lengua alemana. Un padre le dice a su hija que justamente debido a esa territorialidad celestial sus explicaciones se verían limitadas ya que ese cielo le resultaba ajeno. Tres líneas le alcanzan a la narradora para desnudar el núcleo de sentido que sobrevolará durante todo el relato: ella también se siente ajena. No es turista ni nativa, no es niña ni adulta, no es hija ni madre.

Justamente todos estos motivos temáticos aparecen, pero siempre bajo cierta distancia, en una sostenida imposibilidad de pertenecer. Vive en un hostal de estudiantes, sin serlo, le asignan una supuesta amistad con una reciente difunta a la cual casi no llegó a conocer, está embarazada pero no anida en su vientre ninguna expectativa de maternidad.

Sin embargo la protagonista no vive esa situación de ajenidad como una pérdida sino como una patria que parece liberarla, alivianar su carga:

Caigo muerta en mi cama de princesa exiliada, mi cama de falsa estudiante, de turista solitaria, de refugiada. Estoy a salvo.

Estar a salvo, una sensación que vuelve en la anteúltima página:

Estaba perdida, pero estaba a salvo.

Es en el desplazamiento, en la huida o más bien en no quedarse quieta, lo que parece salvarla. Así se vuelve escurridiza, miente, falsea su identidad, porque ser es pertenecer. Pero hay algo de lo cual uno no puede escapar y es de la mirada de los otros. Es el tucumano quien la nombra embarazada:

¿Cómo sabés…, cómo podés darte cuenta de que podría estar embarazada? El tucumano me mira con un gesto nuevo; su cara que desde que lo vi por primera vez me resulta un poco infantil parece madurar de pronto como si fuera portador de una sabiduría ancestral.

Tengo seis hermanas y casi veinte sobrinos. (…) Sé de qué se trata. Y vos además del vómito tenés esa cosa en la mirada.

Como en el viejo mito de la medusa, es cuando descubrimos la mirada del otro que quedamos esclavizados por esa configuración que de nosotros realizan. Es la certeza de una mirada lo que nos fosiliza. Por eso la narradora, de la cual no por azar desconocemos su nombre, marca identitaria por excelencia, necesita salir de una hipotética mira telescópica que la persigue. Ha dejado atrás la ley, el ojo rector y durante un tiempo –conocido habitualmente como duelo– ya no es la que quisieron que fuera y no parece tener apuro por que la vuelvan a etiquetar. Entonces deambulará por una ciudad repleta de tótems, los históricos, los filosóficos y sobre todo los filiales. Así, se encontrará con personajes extraños, donde por momentos la escritura le entregará las llaves a lo episódico para, de esta forma, acelerar el pulso narrativo. Todo ocurre mediante acciones muy precisas y también de manera trasparente: es una protagonista que no le esconde al lector segundas intenciones, pese a su carácter huidizo. Como ya se ha dicho en la buena recepción crítica que obtuvo la novela, la autora muestra sus dotes de dramaturga en el sabio manejo de los tiempos del relato, así como también la autenticidad polifónica con la que hablan los protagonistas. Un inmejorable debut, sobre todo por la madurez de una voz propia que no parece atarse –con simpleza y sustancia– a ninguna sombra estética.

El final del libro, entre ominoso y lúcidamente naif, vuelve literal lo que ya para esa altura sabíamos: ella es un animal salvaje, un proyecto de bisonte que podrá unirse a una nueva manada cuando recupere su fuerza. En la última frase, de cara a ese cielo alemán, algo ha pasado, porque Carla Maliandi sabe que su personaje ya no necesita utilizar el significante «ajeno».

 

 

(Actualización mayo - junio 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646