julio-agosto 2017, AÑO XI, Nº 62

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Colaboran en este número

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Matías Moscardi
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Diseño

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Suenan los caballos / suenan los horses
La tierra de los mil caballos, de Gabby De Cicco, Rosario, Baltasara editora, 2016.

La imagen se hace presente de manera poderosísima: mil caballos al galope, ruidosos, que se nos vienen encima: lo que quiero transmitir es su adrenalina. Porque, misteriosamente, no imaginamos una bucólica manada pastando, sino esas mil formas vivientes que nos agitan. Para nosotros, sujetos educados en las exitosas pedagogías culturales del imaginario pampeano decimonónico (que hoy el Ministro de Educación desearía revalidar), esa imagen sería la del malón, con su fuerza indómita que arrasa todo a su paso. Sin embargo, el agite, el galope sin aliento, que entrecorta la respiración pero no nos deja sin voz ni poesía (por el contrario, la potencia), viene más bien de aquí: horses, horses, horses, horses… Y entonces apareció Patti: “Suena la voz / como oración suprema (…) Seguimos a la voz canícula como guía. / Voz de bruja. Voz de gurú”, escribe la poeta.  Allí sí “los caballos en el campo / corren mansos” y “no suenan como horses”: pero es que “horse / es más caballo / es potro al viento / de aliento largo”. Los caballos pueden ser susurrados por la boca de la yegua amante cuyo aliento incendia y, atando a la cama, adiestra. Y además pueden volver galopando, ser cabalgados, lanzar mil lenguas de fuego por sus narices o jadear desbocados. Pero si es que algo traen, no sabemos con certeza qué es, excepto esto: la noticia de que hubo un tiempo que fue hermoso: “Nueva York estaba abierta de piernas, / y ellxs se la cogieron”. La poeta, no obstante, descarnada y cruda, no idealiza un momento idílico de la cultura del rock o su imaginario domesticado sino que actualiza sus desgarros. Como dice Jorge Panesi sobre Ave Roc de Roberto Echavarren: no es la pintura de una generación ni la de un arquetipo inconformista –en ese caso Jim Morrison– ni sobre el mundo del rock sino que se trata de “una novela sobre la furia”. Recuperando la analogía, creo entonces que Gabby De Cicco ha escrito un poemario en el que el rock no es un simple contenido representado sino una adrenalina que circula y fluye en y por sus versos, acaso también en su tono. Porque es el rock, por supuesto, pero también todo el mundo del que se alimenta, como el sándwich que pagó Allen Ginsberg como inversión erótica ante la andrógina Patti: en efecto, se trata de los tíos beatniks, del Hotel Chelsea, de la música y la literatura de Patti, del alocado trote yonqui en el que los caballos llevan al camino del sueño psicodélico y ellos mismos son el medio y la forma. Y es, sobre todo, la mirada fascinada de la poeta sobre esos territorios, cuyas huellas referenciales nos comparte mediante las preciosas fotos incluidas en el libro: aunque ya sin polaroid, no es ajena al desborde que va más allá de la letra, cual guiño de lo que ve ante el ojo celebrado de Mapplethorpe: “Nadie ve como nosotros, Patti”, le decía él. O tal como escribe Patti en Babel: “como la escultura, el rock es el cuerpo sólido de un sueño. es una ecuación de voluntad y visión (…) caballo loco tuvo una pluma semejante. con ella trazaba la forma de un pasador en las rodillas de un soñador. (…) dentro del contexto del neo rock debemos abrir nuestros ojos y arrancar el velo de humo que el hombre llama orden” (139-140). Entonces, ver. No casualmente cuando la autora del libro dio hace algunos años un magnífico taller sobre Patti lo subtituló: “Visión y poética de Patti Smith”. Lo que Patti ve, y siguiendo su mirada, perdiéndose tras sus caballos, sin parar, el poemario y su lectura avanza al galope contra los órdenes normativos del mundo. Dije hace un momento “territorio”: y es que, las insistencias de locus, de Queerland a La tierra de los mil caballos, parecen constituir una productiva razón poética para Gabby De Cicco. Una poesía territorial o tal vez sea mejor decir territorios poéticos en tanto territorios afectivos: aquí, ese diálogo, esa conversación con Patti, traza un concierto de resonancias y ecos en torno a lo que ella puede con la poeta, o mejor diríamos, el modo en que la puede. No es casual, en este sentido, que sus referencias se expliciten en lo que la autora llama “Cartografía de una escritura”. Ya no, entonces, el cliché de la consigna “sexo, drogas y rock and roll”: más acá o más allá, es eso, sí, pero conjugado con los fantasmas propios que lo intensifican y singularizan. Quiero decir, el poemario no acontece desde una simple comprobación cultural sino desde lo que la otra y su mundo y su arte hace con mi self, afectándolo.    

Tuve la grata suerte de vivir de cerca la escritura de este poemario y conversar pormenores con su autora, compartiendo el amor hacia Patti Smith, sobre todo, y también por sus compañerxs de ruta. Es un placer enorme invitar a su lectura de bestia desmesurada que quita el aliento como un galope a caballo en el que es unx quien lleva puesto el caballo encima (trátese del animalito para nosotrxs pampeano, o de la fiera yonqui hacia el trance). Su fuerza no es furia apenas, puesto que las imágenes vertiginosas conviven y se tensan con las de sereno desasosiego; es más bien una inflamación de pathos sensible que libera. Así, al calor de nuestro pathos lector compartimos ese aliento vital recuperado al desear ir corriendo -al galope, una vez más- hacia La tierra de los mil caballos.

 

 

(Actualización marzo – abril 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646