septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Un río nunca es un mismo río
Las carnes se asan al aire libre, de Oscar Taborda, Buenos Aires, Mardulce, 2016.

«…desde la lancha y sosteniendo cada uno sus armas, ven cómo en siete o diez metros, mientras el agua entra a raudales, eso rosa, verde y azul va hundiéndose como en un suspiro.

Tan sereno y fúnebre era el espectáculo, con el fondo de las colinas y el cielo invernal, delicado y traslúcido, que hubiesen pagado por una cámara que retransmitiera, ralentado, como se hace en los partidos de fútbol con un gol o una jugada peligrosa, la secuencia que terminaba. Ese avance gallardo hacia la tumba, esa especie de indiferencia o desprecio a la muerte y al Más Allá parecía sacado de una ópera wagneriana. Lo único que le hubiera faltado –y ya entonces sería un exceso– habría sido que, junto a una música acorde, unas antorchas encendidas lo escoltaran hasta su sepultura».

 

 

Desde el concreto de las ciudades a los remolinos del río, desde Wagner hasta el fútbol mediatizado, todo cabe en la maquinaria narrativa de esta novela que insiste en recordar  lo arbitrario de toda frontera, es decir, de todo límite, ya sea para la escritura o el territorio.   

Frente a las grandes empresas editoriales o escriturarias, la prehistoria de este libro da cuenta de una posibilidad intempestiva, es decir refractaria a la pulsión por la publicación; y de hecho, tal como informa la contratapa de Mardulce, este texto regresa luego veinte años de deambular entre las profundidades de la literatura de culto, casi confidencial. Las carnes se asan al aire libre es una novela sobre el paisaje y la amistad; también una exploración detenida y pausada sobre los ritos y temporalidades que componen cada una de esas dos valencias sobre las cuales Taborda digita su pulso narrativo. Encriptada en una anécdota insignificante, el reencuentro de tres amigos, se despliega como una escritura que hace del viaje y la conversación un dispositivo que investiga las tensiones entre la historia y el presente, entre la ciudad y el campo, entre la cotidianeidad y el delirio. Si la novela se estructura como una excursión de fin de semana, lo hace para considerar la emergencia de acontecimientos mínimamente extraordinarios en el devenir de una historia aparentemente trivial. Por lo tanto, en la descripción reverberante y detallada de paisajes, pensamientos y fragmentos narrativos se construye con cuidadosa sutileza la extraña experiencia de quitarle la vida a un hombre.

Taborda expande las posibilidades que subyacen en dos «tópicos» literarios: el reencuentro (entre viejos amigos) y el viaje, en este caso, desde la ciudad hacia el río; sin embargo, desenfoca toda proporcionalidad narrativa para producir espacio y, consecuentemente, tiempo. El territorio –al aire libre– en el que ingresa la escritura pausa la vida urbana y actúa como un catalizador de efectos discursivos, afectivos, perceptuales, asociativos. Así, la ciudad narrada el «viernes» se inscribe minuciosamente en el inicio de la novela en una escena de viaje en auto desde Buenos Aires a Rosario. La visualización del espacio urbano se efectúa, entonces, en movimiento; una acumulación de calles, autopistas e imágenes suburbanas se yuxtapone hasta ingresar en el centro, luego a una casa, luego a su patio. Todo ese recorrido forma parte de un montaje narrativo en el que la voz avanza desde lo panorámico hacia lo microscópico de una conversación de sobremesa, para filtrar ahí el discurso político, las reminiscencias a un pasado de militancia, junto al tono especulativo de la ciencia ficción, dos instancias de una escritura paradójica fundada en una dialéctica nunca resuelta.  

 Si la ciudad administrada es el espacio arquetípicamente civilizado, el viaje a través del río encubre cierto regreso hacia lo arcaico. Sin embargo, la narración no produce una visión ingenua y mítica, sino un retorno hacia la experiencia de la naturaleza como posibilidad siempre latente para la rutina moderna, que incluso llega a encontrar en el asesinato una forma nimia de degradación, un punto de llegada, como otros tantos, en la secuencia de una vida. La narración de Taborda se convierte en un viaje de regreso hacia esas condiciones rudimentarias que se ficcionalizan en toda excursión de caza, pesca o supervivencia; para señalar un deseo de confusión con el espacio abierto, impulsado por el hecho, simple y concreto, de exponerse a un estado disensual a la experiencia urbana, a sus mecanismos de regulación de la energía –no por nada, los amigos sin nombre deliran con una cuadrilla guerrillera que sabotea el suministro eléctrico de Rosario–, a la estandarización de la normalidad –que se interrumpe en las sesiones de espiritismo o en la visión alucinada de un ser alienígena succionando la luz que se eleva de la ciudad– a la preservación de la propiedad. La novela parece proponer una tesis sencilla: la ciudad es el resultado de una violenta intervención sobre el espacio, un elemento relativamente extraño (visto a la distancia) incrustado en el territorio.

En definitiva, Las carnes… narra dos historias: una, la del paisaje; otra, la de quienes lo atraviesan. Por supuesto, no hay modo de escindirlas, y es en esa yuxtaposición donde se lee su marca genealógica; su inscripción en una serie literaria que se impone al construir la ficción con los afectos y percepciones del litoral (Juanele, Saer) y el paisaje rivereño (Conti); incluso, para leer a contraluz las refracciones de esas imágenes. La voz narrativa ingresa una y otra vez en la descripción minuciosa, hasta lírica, de los accidentes geográficos y de la vida salvaje del Paraná; sin embargo, «la magnificencia del río» expone también su visión contraria como resultado de «un aluvión de barro y limo» en el que fijaron sus miradas «Sarmiento, Sastre y Lugones», y que el narrador expone como una paradoja: «difícil determinar qué vieron en él”. Y de hecho, el texto hace visible una dialéctica crítica como trabajo de composición, al tensionar la multiplicidad de asociaciones vinculadas con el cromatismo del paisaje y su cruda materialidad de agua y barro. La cuidadosa descripción de una bandada de gaviotas proyectadas contra el cielo de un amanecer en medio de los esteros, el color dorado de una tapa de asado cocinándose lentamente sobre las brasas, los infinitos cambios de la refracción de la luz sobre el agua del río, las idas y venidas de una conversación impulsada por el vino o el whisky, son cuadros detenidos de una textura que avanza plegando una acumulación de estampas discursivas, imágenes que pueden ser diseccionadas, recortadas y vueltas a colocar en circulación con lentitud, o con la morosidad característica de un anochecer que se observa sobre una embarcación que se balancea sobre una laguna. El texto de Taborda es, ante todo, una exploración sobre esos fragmentos del mundo cotidiano vueltos a ver con los ojos de un viajero que se abandona a la suerte de un itinerario errático.         

Narrativa del camino, en este caso de la navegación, Las carnes se asan al aire libre despliega una lógica del vagabundeo y la errancia en la que se repite, una y otra vez, la descripción del paisaje, enhebrando una disposición de imágenes en las que, finalmente, ingresa una modulación plenamente poética. Taborda construye el curso de la narración deteniéndose a cada momento para registrar, y volver a comprobar, una antigua sentencia sobre las variaciones de un río que nunca es el mismo río.

 

(Actualización marzo – abril / BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646