marzo-abril 2017, AÑO XI, Nº 60

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Un umbral poético para la experiencia
Adrillas de Pavlov, de Laura Erber, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2015. Traducción de Julia Tomasini.

1.

 Mi mente parecía una ardilla.

Juntaba y juntaba cosas, y después las escondía,

Para cuando llegara un largo invierno.

 

Katherine Mansfield

 

La cita es uno de los epígrafes de Ardillas de Pavlov, el libro de Laura Erber que forma parte de la serie de traducciones de literatura brasileña llevadas adelante por editoriales como Adriana Hidalgo y Corregidor en los últimos años. Si la elegí es porque la recolección a que alude sirve como síntesis para presentar el libro: los modos del acopio y la reunión de materiales de origen diverso están presentes tanto en la forma de la escritura como en la composición de la novela. Pero también aparecen como tema: durante la trama, el narrador o los personajes para relatar cuestiones diversas, se refieren a la colección, al archivo o a la reunión de diversos elementos como fragmentos, restos, retazos, fotografías, palabras, discursos, chirimbolos,  etc.

La novela es, entonces, una colección de fragmentos. Los párrafos en su mayoría breves, se detienen en el relato de momentos, de recuerdos, de percepciones  o en la descripción de los objetos que las originaron,  proponiendo escrituras que resultaría difícil no pensar en un umbral poético. A diferencia de lo que ocurre en la narración novelesca clásica donde el lector es impulsado hacia adelante; aquí el impulso lleva a detener la lectura y el movimiento es más bien hacia atrás, como cuando se lee cierta poesía: avanzar y volver. Así, el goce de la lectura no estaría tanto en el querer saber cómo sigue, sino más bien en el quedarse: las imágenes y los juegos de palabras evocan sensaciones que capturan la atención y generan el efecto de querer estar un rato entre lo escrito en esos renglones. Enumeraciones frecuentes, reiteraciones y construcciones que buscan dar cuenta de lo no estático, del constante movimiento de las cosas vivas, señalan la desconfianza en la eficacia comunicativa del lenguaje que ya es un lugar común de nuestro habitus contemporáneo (“Es una especie de alegría, las luces de la ciudad, el peso de las gotas, el estampado del pañuelo, el olor de mi madre”; “que sea en ayuno retórico o en pleno exceso de toda la basura que cabe en una vida”). Pero también hay un engolosinamiento con la musicalidad que componen esos usos, el ritmo que marcan esas enumeraciones y reiteraciones, y con su ingenio (“Espero que no te pierdas en el cúmulo de basura de las cosas olvidadas. Pero nunca se sabe. Mamá, mamá, qué idiota. ¿Por qué te pusiste a limpiar las ventanas un día de lluvia? Un viento adverso bastaría, bastaba, bastó, fue bastante”). Así se configura un tono que, sin dejar de ser atractivo, al mismo tiempo resulta cada vez más familiar en las escrituras que circulan en el presente.

A su vez, aunque las imágenes en su mayoría no pertenecen al repertorio tradicional de lo literario, tampoco están del todo por fuera de nuestra imaginación. Lo interesante es que se trata de previsibilidades y reconocimientos que se explicitan como motivo de reflexión:

 

Hoy es fácil sonreír y decir profanaciones. Antes existía el azul cruel, la palabra sublime. Hoy hay un montón de cosas acumuladas y una joven griega que es un poco mía y que aún se emociona y llora cuando visita iglesias góticas. Después del disgusto viene lo esencial […] Y pienso también en los planes de fuga, en el extravío de las cartas de desesperación, y en las rimas pobres y en los cuerpos podridos y pienso en las ruedas de las bicicletas, en los poetas apátridas y en las monedas de la suerte adormecidas en el fondo fangoso del río. Y dejo de pensar y siento la delicia que se atreve en horas vacías cuando uno no está en uno.

 

Se produce, entonces, cierta resistencia a la novela desde el modo de lectura que sugiere una voz que, en principio, elijo describir como poética. Que esto no ocurra en todo el libro, aunque sí en gran parte, puede pensarse, junto con el epígrafe, como procedimiento: el libro recolecta materiales heterogéneos y, al igual que sucede de manera cada vez más frecuente en la literatura y el arte contemporáneos, esos cruces los confunden. Diluyen la idea de pertenencia a ámbitos separados e impiden las distinciones tajantes. En Ardillas de Pavlov no parece posible determinar si prevalece la voz de un narrador o la de un sujeto lírico que se mezcla en una trama de discursos y referencias diversas. 

A esta indistinción abonan una serie de fotografías intercaladas entre los textos.  Al separarse de los argumentos de la narración novelesca, las imágenes se acercan al trabajo poético y funcionan como un injerto de sentidos que desestabilizan constantemente la linealidad del relato. Otro modo en que se produce esta desestabilización reside en el criterio aparentemente arbitrario según el cual se insertan: algunas fotos contienen elementos que mucho después o mucho antes, la escritura describe, refiere o menciona. Por ejemplo, el retrato de una mujer sentada de espaldas y desnuda, que tiene alguna clase de tela envolviendo su cabeza –en la página 40– anticipa o se enlaza de un modo que aún habría que pensar porque pareciera estar construyéndose un tipo de coherencia diferente a la textual más conocida, su descripción en la página 70: “A cambio del sable, Miki le dio una foto de ella misma, desnuda, de espaldas, con una toalla en la cabeza como un turbante, en una pose que hacía pensar en la gran bañista de Ingres”.

Erber, además de escritora es artista visual, editora y docente universitaria. En este punto, interesa el desarrollo de su reflexión sobre el arte contemporáneo y específicamente, sobre su obra. Una definición que refiere a un libro previo (Bénédicte vê o mar), citada por Florencia Garramuño (Mundos en común, 2015) sirve, no obstante, para iluminar lo que busqué describir sobre el trabajo con materiales diversos. Dice Erber: “Quiero subrayar la idea de una confluencia que se opone a la fusión porque ella habla de la construcción de un sentido en el que se encuentran diversos materiales sin que se busque su confusión o estabilización en una identidad híbrida”.

 

2.

La mayor parte de las personas nunca habría visto arte si no conociera esa palabra. En 1986 comencé a hacer cosas que por inercia o petulancia recibían ese nombre. Una curadora de Liubliana dijo estupendo, estupendo y el fuego comenzó a expandirse. Por primera vez me llegaban invitaciones para salir de Bucarest. Hice intervenciones en las bibliotecas de Chisinau, Cracovia y Liubliana hasta que un día recibí una beca del gobierno sueco, un programa de artistas en residencia.

 

Si me preguntaran de qué trata Ardillas de Pavlov y tengo que responder rápido, o si me guío por la contratapa y gran parte de las reseñas, respondería que es una novela sobre la vida de un artista contemporáneo: Ciprian Momolescu, rumano, que interviene bibliotecas y vive como becario recorriendo residencias de arte por Europa. Además, podría decirse que se trata de una versión contemporánea de La educación sentimental; y lo cierto es que Flaubert está presente aún más allá, especialmente en la composición de algunas imágenes y procedimientos de la escritura. El  narrador, por ejemplo, sugiere algunas de estas resonancias en una autofiguración: “Yo también […] imaginé que el mundo culminaría como una frase de Flaubert”. Volviendo a  La educación sentimental, podría establecerse un vínculo doble. Por un lado, en línea con la lectura de Bourdieu, Ardillas de Pavlov también dibuja un mapa del espacio artístico, describe estéticas, modos de hacer, formas de sociabilidad, de valoración y se detiene con detalle en las condiciones materiales que le permiten a Ciprián producir su obra: cuáles son los circuitos internacionales en los que le conviene participar para ganar una beca o una residencia de arte, la importancia de ciertas relaciones –más que su propuesta estética- para insertarse en el mercado.

Pero además, ese relato está entramado con el de la vida (“Mi ficción de origen comienza en el ala izquierda de un hospital de interior azul. Es el comienzo de una nueva década y dicen que el arte va a acabar”), y en ese entramado, ocupa un lugar relevante su educación afectiva. Más allá de que cada uno de sus romances figura diferentes acercamientos al arte, un problema que está en permanente cuestión es la relación de las palabras con esa experiencia y las posibilidades de contar una vida y los sentimientos: “En el planeta hay miles de ríos y se conocen más de treinta formas de matar un cerdo pero el repertorio del amor fascina por su pobreza. Un niño se da cuenta de eso. El amor es un camino que se bifurca: inflar el lenguaje o exponer su miseria”.

Si por un lado resulta insostenible articular los sentidos sobre el amor o sobre la vida en una dirección única, al mismo tiempo el amor y la vida solo pueden ser relatos. En este sentido, necesito retomar el comienzo de la reseña porque es en el archivo donde parece estar la solución más aceptable: el relato –la novela contemporánea o una forma de escritura que llamamos novela quizás por inercia– es una colección de diferentes modos de registrar, asediar, imaginar e incluso configurar la experiencia. Uno de sus efectos más potentes es la dilución de los órdenes del mundo conocido, específicamente de las disciplinas, los géneros, los registros o de esa voz que narra: “No hay juego, azar, teoría salvavidas, persona o libro que enseñe a soportar este mareo. El lugar desde donde hablo es una nada justo en medio de todo.”

 

 

(Actualización marzo - abril 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646