septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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126, 46, 24, 64, 20, (231,4), 49, 271, 52, 93, 168, 235, 97, 114
300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico, de Horacio Warpola, Rosario, Netrinos, 2016.

Después de la gramática generativa de Chomsky, después de Internet y los procesadores de texto, el lenguaje humano se cargó de tintes maquínicos, cibernéticos, incluso, por momentos, parece haber revitalizado su impugnado binarismo. Si todavía es imaginable una tarea para la poesía, podría ser ésta: trabajar en el corazón de la máquina como implante, inyectar sangre en los circuitos, conectar los cables a las líneas afectivas del cuerpo, el hardware con la materia escurridiza de la creatividad. De eso se trata 300 versos para la construcción de un protocyborg orgánico, del joven poeta mexicano Horacio Warpola (1982), recientemente publicado por la editorial Neutrinos –en mi opinión una de las mejores apuestas editoriales nacionales del momento. Como un tema de los Ramones,  con estos cuatro clics empieza el libro:

 

1. Este verso es el primero de una serie de versos que con una marcada atemporalidad irá cobrando sentido como unidad independiente.

2. Este verso no tiene nada que ver con la tradición y la autoridad, es una ilustración simbólica del universo.

3. Este verso es la unidad manifestada en la dualidad, y así sucesivamente.

4. Este verso es la verdadera doctrina mágica, un absoluto misterio.

 

Cada verso articula un sistema autorreferente atomizado que se pliega sobre sí mismo: en definitiva, cada verso es lo que dice que es. De este mismo modo, el lenguaje nos moldea como protocyborgs: somos lo que el lenguaje dice que somos; y el sentido es, en realidad, ya no un significado, sino el deseo de un significado, es decir, apenas la estela de un anhelo: que las cosas signifiquen lo que nosotros queremos que signifiquen.  

Al mismo tiempo, Warpola nos invita a desentendernos del libro como unidad absoluta: son los elementos constituyentes los que importan, cada uno de estos trescientos versos. Por lo tanto, es necesario tener un lápiz a mano para leer el libro: porque los versos son imanes que demandan el subrayado, el punteo o el acento, un ejercicio de afinidad estético que circula por las aristas que desfibran tendones verbales, como si el lector llegara a hacerse una idea del cuerpo a través del desmembramiento, o como si llegáramos a lo tangible por medio de la dispersión de partículas aisladas en versos. 

El libro de Warpola remite a la tradición experimental y combinatoria de grupos como la OULIPO (al que pertenecían George Perec e Italo Calvino), pero sobre todo a la estructura expositiva del Tractatus logico-philosophicus, de Ludwig Wittgenstein. Su música es la música de Lewis Carroll: a través del espejo, podríamos encontrar el libro de Warpola. En el terreno de la poesía argentina reenvía a obras como El jardín de los poetas, de Leónidas Lamborghini, Crítica de la imaginación pura, de Mario Ortiz, e incluso al Atlético para discernir funciones, de Sebastián Bianchi –por establecer algunas coordenadas de lectura en nuestro país.

Hay algo de la imaginación infantil: la potencia de transmutación de las palabras, su encantamiento demiúrgico: “49. Este verso es una planicie salvaje”. Pero no habría que confundir esta alquimia con el poder divino del verbo creador. Los versos son, por el contrario, quirománticos, maravillosos, fantásticos. No crean un mundo con la palabra precedente, originaria; por el contrario, ya están en el mundo: son parte del mundo porque están absolutamente vivos.

Este libro genial de Warpola es el retorno de lo reprimido borgeano: el desborde del concepto en la forma, llegar al límite de la idea a través de la escritura como materia. El sonido de estos versos conecta, en efecto, con “El idioma analítico de John Wilkins” o incluso con “El Aleph”, pero claro: Borges oponía a esos monstruos abstractos del exceso, la mesura concreta de la composición equilibrada, la prudencia específica del equilibrio racional.

Warpola trabaja, en cambio, con la saturación del procedimiento, con un prensado que exprime, que tensiona la forma hasta sus últimas consecuencias. Por eso el número: podrían ser cien o un millón de versos; trescientos sugiere el pronunciamiento de un volumen, un atisbo de obra (es decir: un espacio simbólico sobrante, remanente) a la vez que cierta brevedad, un tipo de precisión que admite concretar la empresa sin transformarla en un mero gesto de exceso. Dicho de otro modo: trescientos es más que cien –que ya es mucho– pero, también, obviamente, más que doscientos; trescientos versos es, entonces, mucho más que mucho: es el punto exacto donde entendemos que comienza un movimiento in crescendo que podría ser infinito, la parte de la pieza donde asciende el volumen de la música, pero a la vez el cruce de línea, el movimiento de orquesta, donde se aplica el freno de mano, el silencio.

Al final, cada lector podrá construir sus propios microprotocyborgs orgánicos con los versos que uno desee. Yo hice el experimento. El mío se llama «126, 46, 24, 64, 20, (231,4), 49, 271, 52, 93, 168, 235, 97, 114».  Es hermoso. Miren:

 

126. Este verso es intuitivo y sabe que hoy no te sientes bien.

46. Este verso se enfoca en el estudio de las cosas muertas, pues la verdadera diferencia entre cosas vivas y muertas es, en primer lugar, su conducta.

24. Este verso no tiene ni partes ni magnitud, sólo posición.

64. Este verso desea sustraerse de la costumbre y la certidumbre.

20. Este verso, en algún momento, estuvo separado.

(231,4). Este verso lo inventó el reseñador del libro, no aparece en el original.

49. Este verso es una planicie salvaje.

271. Este verso habla dormido.

52. Este verso es monótono y estúpido.

93. Este verso perfecciona la inocencia.

168. Este verso intuye que la realidad es una forma de entender el dolor en la creación de todas las cosas.

235. Este verso no hubiera sido posible sin la existencia de las frutas.

97. Este verso no es sentimental respecto a su función básica, considera que el universo es una broma excelente.

114. Este verso, además de sus maneras algo tramposas, halla un lado positivo en las mentiras.

 

«126, 46, 24, 64, 20, (231,4), 49, 271, 52, 93, 168, 235, 97, 114» vive, desde entonces, conmigo. Ahora mismo duerme en los resquicios del teclado, debajo de una tecla que no uso nunca: a salvo del lenguaje.       

 

 

(Actualización noviembre 2016 – febrero 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646