noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Lo sublime de lo patético
La insurrección en Dublín, de James Stephens, Buenos Aires, Godot, 2016. Ilustraciones de Juan Pablo Martínez Spezza. Traducción de Matías Battistón.

En vísperas de 1936, Eamon de Valera ordenó emplazar la figura de un guerrero mítico en la Oficina General de Correos de Dublín. En este caso, como suele ocurrir en la mayoría, la relación entre hombre, obra y lugar no es casual. De Valera, quizás el político más importante durante las primeras cuatro décadas de la Irlanda independiente, estuvo a cargo del grupo de Voluntarios Irlandeses que se parapetó en la panificadora Boland durante los intensos combates que se produjeron entre el 24 y el 29 de abril de 1916 en la ciudad capital. A diferencia de Padraig Pearse, James Connolly y Thomas Clark, quienes lideraron desde el palacete del correo lo que se conoció luego como el Alzamiento de Pascua, De Valera no fue fusilado por las autoridades británicas. En la coda de la fallida revolución, ser ciudadano norteamericano fue su salvoconducto.

La estatua elegida por De Valera para adornar el hall central de la General Post Office muestra a un celta melenudo y fornido en su última hora. Es Cu Chulainn, héroe mitológico irlandés, poseedor de una bravura que le permitió vencer a tres ejércitos enteros, ungido de una furia que lo volvió tan aterrador ante los ojos de sus enemigos que, temerosos éstos de acercarse a su cuerpo en agonía, decidieron esperar a que un cuervo se posara en su hombro para darlo por vencido. Así De Valera, un profesor de matemática transformado circunstancialmente en soldado, cierra con su dedo índice de líder conservador el círculo de sal que cristaliza la insurrección que más dañó la coraza del Imperio británico.

Para fortuna de la Historia y su liquidez, veinte años antes de la narrativa burocrática de De Valera, James Stephens escribía La insurrección en Dublín. En el prólogo a sus registros, Stephens ya parecía prever lo extraordinario y, por lo tanto, indescifrable de los acontecimientos de Pascua. Tampoco ignoró la cualidad maleable de la materia que se proponía narrar. "Los capítulos que componen este libro no constituyen una historia del alzamiento. Yo no sabía nada del alzamiento. No sé nada sobre el alzamiento hasta ahora tampoco, y es posible que pasen años antes de que haya información precisa sobre el tema". Al mismo tiempo, nos adelanta una de las tantas observaciones sobre la naturaleza de la crónica y el oficio del cronista que hará a lo largo de los seis apartados que componen el texto original: "Lo que he escrito es apenas una descripción de lo sucedido en un barrio de nuestra ciudad, y una recopilación de los rumores y tensiones que, durante casi dos semanas, los habitantes de Dublín debieron resignarse a consumir en lugar de noticias". La crónica, aunque a veces lo simule, es un ejercicio desprovisto de otra exactitud que no sea la de las palabras, y el cronista, mucho antes de tener un compromiso con la verdad, es aquel que construye su propio diario, un relato que el incauto compra como si se tratase de un bien sin pliegues.

Generoso, Stephens intervendrá su propio texto sin ocultar ciertas suturas: "Desde que escribí lo anterior, en este país han sucedido varias cosas. La situación ya no es la misma. Los rebeldes han sido ejecutados [...] He dicho que Irlanda no guardaba ningún rencor, y era cierto cuando lo escribí. Ya no lo es". Stephens se debate en público entre sus pretensiones periodísticas y estéticas, y su condición de irlandés. Y no sólo eso, Stephens es amigo de algunos de los líderes rebeldes, es un empleado público como muchos de ellos y es escritor como son varios de los ideólogos de un levantamiento que, para el propio Pearse, es una improvisación política y militar sostenida en una convicción catártica: Irlanda necesita un espectáculo violento para abandonar la candidez cristiana y entender que la sangre derramada es, en proporciones épicas y desde hace siete siglos, la de su propia gente.

Desde el comienzo, no con poca perplejidad, Stephens se detiene en la resistencia que los dublineses ofrecen a los rebeldes: mujeres que les recriminan matar los caballos de los ingleses, hombres que los tratan de sabandijas, niños que aprovechan para saquear tiendas de caramelos. En la confusión registra cómo luego de que a un oficial británico le volaran la cabeza, "una chica joven se acercó corriendo, levantó la gorra y fue metiendo los sesos adentro" y cómo luego "cubrió estos restos lamentables con un poco de paja, y llevó la gorra respetuosamente al hospital más cercano, para que pudieran enterrar el cerebro con su dueño".

En los capítulos que repasan los acontecimientos del lunes al domingo, La insurrección en Dublín es el diario alucinado de un escritor que busca facturar un texto atractivo basado en un narrador que se pregunta por qué en los parques hay barricadas, cuáles son los edificios que arden en la noche, qué puede descifrarse en los tiros que se escuchan lejos de su casa y que, a su vez, se deleita en la dinámica del rumor callejero: "Hoy a la mañana me encontré con un tipo fuera de sí, que escupía rumores como si en vez de boca tuviera una ametralladora o un linotipo [...] Casi volví para escuchar lo que decía y comprobar si contaba la misma historia o si la cambiaba hasta convertirla en otra completamente nueva, porque lo cierto es que estoy interesado en el arte de la narración".

Hacia el final, Stephens escribe cinco capítulos en los que el peso de la moral nacionalista desplaza a la ironía corrosiva del cronista. Sin embargo, las observaciones políticas dan cuenta de su perspicacia: pone atención a la pata laborista del alzamiento representada por James Connolly y al conflicto con Irlanda del Norte en el que advierte las tensiones entre religión y economía. Y sopesa, sin despreciar, la semana insurgente que la mitología nacionalista transformará en su piedra basal: "deberíamos hablar de una trifulca, un disturbio, una escaramuza, para reducir el hecho a sus verdaderas dimensiones".

Pese a las proporciones, Stephens no deja de ver el aspecto trascendental de los sucesos de Pascua, pero evade a tiempo la celebración. Como cronista, no se avergüenza de su ego. Como republicano, elige dudar. Quizás por eso La insurrección en Dublín podría pertenecer a la privilegiada categoría de lo inclasificable, porque prefiere las tensiones y las miserias disonantes que se esconden detrás de la pretendida armonía de lo sublime.

 

(Actualización noviembre 2016 – febrero 2017/ BazarAmericano)



 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646