septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Carlos Fratini

Series poéticas / series que interrogan
La sorda y el pudor, de Lucas Soares, Buenos Aires, Mansalva, 2016.

 

                 “el libro son dos libros y cada uno de esos libros está integrado por dos elementos”, dice Ezequiel Alemian en la contratapa de La sorda y el pudor. Los dos libros que integran el volumen son las “series mayores” que contienen dentro suyo a (y están constituidas por) los dos elementos o “series menores”. Estas últimas son series de poemas que no funcionarán independientemente una de la otra, sino en relación a su par.

 

I

 “La sorda y el pudor”, sección que da nombre al libro, parte de una recurrencia, la de las figuras femeninas, que estaban ya presentas en los dos libros anteriores de Lucas Soares (El sueño de ellas, por Bajo la Luna y Roña, por Vox). El primer elemento de esta serie mayor tiene por personajes femeninos a Kenia y a la voz de enunciación en primera persona. La relación entre estas mujeres es formalmente la de vecinas. Sin embargo, su vínculo es más intenso: hay algo de Kenia en la voz poética y algo de la voz poética en Kenia: comparten, en primer término, la ajenidad con el idioma oficial (“ella vive hace años en Copenhague / pero no habla una palabra de danés”// “no entiendo danés / las personas que tengo delante / sólo mueven los labios”) y también comparten un devenir inmigrante: “Por la ventana / de mi casa en Copenhague / un rayo de sol, me titila en el ojo / fotogramas de Santiago del Estero” // “Thor pensaba que a ella / le hubiera gustado inventar algo así / antes de dejar Rumania para trabajar / limpiando oficinas en Copenhague”. En sus configuraciones, hay un movimiento previo a la escritura; un movimiento símil al éxodo para llegar al lugar donde acontece el poema, Copenhague.

 El otro elemento de la serie “La sorda y el pudor” está marcado fuertemente por un clima onírico/alienado. Esto tiene que ver, otra vez, con la conformación de los personajes, un gesto que es típicamente narrativo. Soares se permite introducir elementos de la narrativa a los poemas, en favor de generar una trama: alguien va al banco, se sienta al lado de un psicótico, establece una relación con él y, adormecido por la espera burocrática de los turnos, recuerda la figura de un director de escuela e imagina al cuerpo del psicótico estallado contra el vidrio de un Compro oro. El ambiente onírico, entonces, se va filtrando entre esos espacios de ensoñación y aquellos en los que se da lugar a la locura del psicótico. Me parece interesante pensar, en este sentido, la posición del hablante; sobre todo, su condición genérica:

 

un papelito

lanzado por el psicótico

con una gomita

te despierta

con una roncha en la mejilla

cuya autoría él mismo

se encarga de recordarte

con el dedo

 

Se percibe claramente que no hay ningún rasgo de género que permita identificar si la voz poética es hombre o mujer. ¿Podría ser hombre, teniendo en cuenta que Soares es autor y no autora? Sí. ¿Podría tratarse de la joven santiagueña que vive en Copenhague? Sí. Pero no hay nada que permita reponerlo. Creo que Soares se abraza a esta identidad velada para generar un espesor onírico acentuado.

 

II

La segunda sección del volumen La sorda y el pudor, titulada “Esta cosa y el pequeño emperador”, presenta algunas operaciones muy distintas con respecto a las de la primera parte. Ante todo, hay un cambio en los sistemas geográfico-culturales: pasamos de Santiago del Estero-Copenhague-Rumania-Banco a Maestros zen-China, siguiendo los dos poemas que abren este segundo libro. Soares no se inmiscuye en este punto geográfico sino que parte de ahí. Por otra parte, la disposición de los poemas responde a un patrón más rígido que el de “La sorda y el pudor”, dado que “esta cosa” se mantiene siempre en el hemisferio superior de la hoja, mientras que “el pequeño emperador” tiene reservado su lugar en la parte baja. Hay una idea, entonces, de poemas paralelos, aunque decir esto no parezca del todo acertado considerando que las series se contaminan entre sí y permiten la afección de una en la otra:

 

9

 

esta cosa” es el chico

al que le quitan el juguete

y para provocarlo le dicen

¡es mío!

 

 

 

 

Al pequeño emperador le hubiera gustado

tener hermanos para sentir

el placer de molestarlos

 

 

Las afecciones pueden ser de todo tipo y están, creo, también sujetas a la capacidad de asociaciones que realiza cada lector en su experiencia. Los poemas están abiertos a eso, porque no pueden pensarse como trama (a la manera de “La sorda y el pudor”), sino que, en reemplazo, los poemas funcionan por acumulación de imágenes:

 

1) ”esta cosa” es la vieja

2) ”esta cosa” es la vieja / en silla de ruedas

3) “esta cosa” es la vieja / en silla de ruedas / que maltrata con la vista

4) “esta cosa” es la vieja / en silla de ruedas / que maltrata con la vista / a la empleada que la cuida

 

La acumulación es un procedimiento casi cinematográfico que posibilita pensar que el “esta cosa” de un poema no es el “esta cosa” de otro. Cada “cosa” atesora para sí una acumulación de imágenes, un universo propio que puede ser asimilable al de “otras cosas” pero nunca igual. O bien podría ser que “esta cosa” guarde un carácter universal y sea cuantas “cosas” existen.

Algo parecido ocurre con el pequeño emperador. En su primera aparición, se presenta como el nombre que se le asigna a todo hijo único en China. Sin embargo, he pensado, por momentos, que el pequeño emperador podría funcionar también como una categoría social, así como “pequeño burgués”. En todo caso, el pequeño emperador que piensa en los recitales, ¿es el mismo que trabaja como empleado de seguridad? ¿es el mismo que es un ex guerrillero? ¿son asociables? ¿todos forman parte de un mismo “pequeño emperador”? Si la serie “Esta cosa y el pequeño emperador” tiene una tendencia a trabajar con definiciones (que la tiene: “”esta cosa” es-“, “el pequeño emperador es-”), los lectores quedamos ajenos a la respuesta. Pareciera que al terminar de leer, uno no supiera en verdad qué es “esta cosa”, qué es “el pequeño emperador”. Y si no hemos sido capaces de develar eso, mucho menos entendemos por qué el libro se llama La sorda y el pudor. En el final de la primera serie, el psicótico alude a que ése es el nombre de su novela. Como si esbozara un tratado filosófico, Soares construye conceptos y los expande. En esa expansión, todo se torna borroso. No hay intelecto que valga porque, como lectores, nunca acabamos de penetrar en los conceptos. El coqueteo con el afán de definir al mundo es un constante que nos lleva a pensar en verdades absolutas. El problema pareciera estar en que a los conceptos les falta algún ingrediente, propósito, miembro. En la contratapa de La sorda y el pudor, Ezequiel Alemian expresa la dificultad que implica hablar sobre el libro. Quizás tenga que ver con que, como todo buen libro de poesía, ofrece más preguntas que respuestas.

 

 

(Actualización noviembre 2016 – febrero 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646