septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La broma breve
Nadie escuchó el último secreto, de Agustín Marangoni, Mar del Plata, La bola editora, 2015.

Las ficciones mínimas, como pequeños tesoros encerrados bajo llave, suelen deparar enormes placeres si consiguen esa rara cualidad de combinar alta concentración y un despliegue imaginario inaudito. Los más elocuentes ejemplos de relatos brevísimos, como aquel célebre dinosaurio de Monterroso, despliegan en pocas palabras, a la manera de un sprint vertiginoso, las máximas potencias del lenguaje en dosis concentradas.

El género tiene sus bemoles y trampas. Siempre sospechado de ser un mero ejercicio de ingenio o el producto de un “tallerismo” laborioso, la trivialidad acecha a cada paso. El petardo ingenioso, lo sabemos, no siempre califica como ejercicio estético.

Afortunadamente, Nadie escuchó el último secreto, de Agustín Marangoni, ofrece muchos momentos iluminados, en los que el lector agradece el remate oblicuo y sugerente de un relato o el resplandor de una imagen poética.

El libro consta de cuatro partes bien definidas: Infancia, Policiales, La Biblia y Mundos Posibles, que reúnen textos hiperbreves, algunos que llegan –no sin jactancia– a la proeza de una enunciación mínima, de poquísimas palabras, como éste: “Desencajado de furia el vidente asesinó por anticipado”. Los cuatro títulos son claros respecto de lo que contienen, cada uno de ellos aborda un campo de prueba para los microrrelatos en zonas reconocibles: los mundos infantiles, el género policial, las reescrituras bíblicas y –el último y menos unificado– una variopinta serie de universos ficcionales cruzados por la ironía y el absurdo. –

Es sabido que los relatos breves comparten una familia de larga data con otros géneros de lo mínimo: epigramas, aforismos, meditaciones de dos líneas, haikus y –si se quiere– los chistes y relatos chismosos que Edgardo Cozarinsky consagró en “El relato indefendible” de la mano de Proust y Henry James. Una familia en la que la frontera entre géneros y formas se vuelve porosa e incluso prescindible. Microcuentos que avanzan hacia el territorio de lo lírico, epigramas que encierran nudos dramáticos o haikus que condensan una historia en tres versos. El libro de Marangoni asume esa miscelánea textura para indagar distintas formas de lo breve, muchas de ellas atravesadas por el humor y la ironía. El prologuista Camilo Sánchez propone –con ingenio– un nuevo género para el libro: “bromas–haiku” señalando este cruce entre humor y lirismo que aparece en muchos de los textos de Marangoni: “–La ciudad no está vacía –le advirtió–. Todos sus habitantes son francotiradores”.

Marangoni construye cada uno de sus artefactos minúsculos con una clara conciencia de su oficio de artesano. Se nota el trabajo laborioso para pulir cada pieza de los engranajes. La eficacia del microrrelato se sostiene en un mecanismo de relojería que siempre puede fallar. El narrador hiperbreve tiene un solo tiro. Marangoni sale airoso la mayoría de las veces, incluso explorando zonas conocidas del género, como la referencia intertextual en las reescrituras de la Biblia: “En las crónicas de oriente también se habla de Noé, aquel hombre que amasó una fortuna con su zoológico flotante” o “Nadie nunca maldijo tanto a Dios como María el día del parto”. Esta veta del humor, presente en todo el libro, hace que los textos se desmarquen de la solemnidad sin perder eficacia como ficciones mínimas, incluso con resonancias poéticas.

Tal vez uno de los aspectos más interesantes del libro sea la exploración en los juegos de lenguaje y la autorreferencialidad. Pablo de Santis nos recuerda en “Risas argentinas: La narración del humor” que una de las grandes tradiciones de la literatura de humor en el Río de la Plata es el absurdo, surgido como forma alternativa a la crítica de costumbres y la sátira política de, por ejemplo, Fray Mocho o Caras y Caretas. La línea del absurdo está representada claramente por Macedonio Fernandez, sobre todo en Papeles de reconvenido. La podemos rastrear en la literatura subsiguiente y en otros campos artísticos, como los casos de Les Luthiers y ese artista multiforme que es Leo Maslíah. En todos los casos, el absurdo y el humor se consiguen por un trabajo sobre la lengua que hace saltar los goznes de la gramaticalidad para mostrar el vacío en el que se sustenta la representación. El artista del absurdo tuerce la lengua provocando una risa ambigua frente al vacío que parece arrasar las palabras y sus sentidos cotidianos. El editor ficticio del “recienvenido” escribía sobre su autor: “Como desconocido es el más completo que haya sido encontrado con vida en la historia desde el pasado hasta una semana próxima que tenga días”.

Algunos de los microrrelatos de Nadie escuchó el último secreto exploran esta tradición de literatura lúdica: “.misteriosamente El fue desordenado cuento” o el más macedoniano: “Le arrancó la cabeza de una piña al retador pero la pelea continuó, el cuerpo decapitado se mantuvo en pie y lanzando golpes. El campeón perdió la corona por puntos por decisión unánime” en el que la metáfora tomada como literal abre una escena posibilitada por la misma autonomía del lenguaje, desligado de cualquier preocupación representacional.

En otros casos, la autorreferencialidad se dirige al mismo ejercicio de la escritura breve,   como en aquel microrrelato de una sola palabra: “Volvió.” con una nota al pie en la que se lee: “Último cuento de Evo Portuguéz, micronarrador peruano que decidió quitarse la vida, cansado de explicar en entrevistas el argumento de sus cuentos.”

Nadie escuchó el último secreto es un libro ligero en el mejor sentido de la palabra, se lee rápido, pero al mismo tiempo deja una estela que obliga a volver las páginas para releer alguno de los textos ya visitados. Una ligereza poética y jocosa, vitalista, que confía en la potencia de los artefactos bien construidos para estimular la imaginación de los lectores. De Santis recuerda que las mejores formas del humor en la literatura son las involuntarias, las que asumen que se trata de una materia huidiza y frágil “como si la risa estuviera por detrás, no arrancada por la fuerza de lo evidente”. Los mejores momentos de Marangoni son aquellos en los que la risa no llega por un remate ingenioso –un valor menor– sino por la justa distancia con la que observa (y nosotros con él) el absurdo que acompaña cada segundo de la existencia, “antes de que todo vuele en pedazos”, como reza el texto dirigido a los lectores con el que cierra del libro.

 

 

(Actualización noviembre 2016 – febrero 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646