septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La buena, verdadera y bella muerte en Japón
La muerte voluntaria en Japón, de Maurice Pinguet, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2016.

Copete o bajada: Adriana Hidalgo nos trae, merced a la excelente traducción de Antonio Oviedo, La muerte voluntaria en Japón, de Maurice Pinguet, un tráveling filosófico, psicoanalítico, sociológico y antropológico alrededor de un tema tabú: el suicidio. Dos hitos a tener en cuenta: es el único libro que publicó y está “dedicado a la memoria de Roland Barthes”.

 

A todos y a cada uno de los ilustres desconocidos y anónimos  que a

diario se suicidan en tierras niponas, desde el bosque de Aokigahara a las

 vías ferroviarias que atraviesan todo el territorio japonés.

 

El suicidio es multicausal y multidimensional y esto hace que, por definición, exceda los marcos estándar de análisis. Mucho más cuando estamos localizando dicho acto en Japón, lo que nos lleva prontamente a hacer nuestra primera aclaración: Japón es un mundo dentro del mundo.

Ante el mandato materno de preservar en la vida, el imperativo vital “vivirás” y la legalidad paterna del “no matarás”, la psique nipona (si pudiéramos suponer que exista algo así) se pliega en un mismo gesto: el suicidio. Desplegar, o lo que es lo mismo, explicar cómo se articulan y conjuran estas dos legalidades existenciales sería tarea de eximios profesionales del psicoanálisis que, además, debieran ser japoneses.

No sólo hay que hacer genealogía, como magistralmente hace Pinguet, para interrogar el cómo y el porqué del suicidio nipón; también hay que desentrañar (nunca mejor utilizado el término) que continúa ocurriendo, y siendo tenido en cuenta como opción, en estos precisos momentos en la mentalidad o espiritualidad japonesa contemporánea: los suicidios no han cesado ni cesarán, y hasta se truchan las estadísticas para no alarmar en exceso.

El samurái de la tapa no debiera distraernos del tema central que aborda este texto: el suicidio (voluntario). No se trata de una investigación centrada en la casta guerrera japonesa, sino que tiene la pretensión de constituirse como un gran mapa que cartografía una genealogía del suicidio a lo largo de la historia existencial japonesa. En el intenso recorrido que traza Pinguet hay algo del pensar profundo que excede la cuestión puntual: nos exige pensar en cuál es la relación que nosotros, occidentales europo-americanos, hemos tenido con la muerte, el suicidio y los poderes que los regularon; y en una segunda opción, con Japón y su historia.

Pinguet se hace una pregunta que se hace urdiembre de este texto: ¿hay alguna civilización que haya prescindido del gesto sacrificial, sea este real o simbólico? La trama que se despliega en unas 400 páginas intenta dar una respuesta, una situada en Japón y su gesto histórico. Y precisamente que sea una respuesta situada hace que exceda su marco: lo mejor de este libro es que abre el juego a que (nos) pensemos como cultura qué hemos hecho de los extremos vitales, tanto con el final que es la muerte como con el inicio de la vida.

Las notas características de ser nipón se contraponen, las más de las veces, con nuestra cultura greco-romana (administrativa, jurídica, filosófica) y judeo-cristiana (núcleo de creencias religiosas, fe sin más). Y la primera que nos sale al paso es de origen onto-teológico y constituye el horizonte de comprensión nipón: para el pensamiento japonés el ser no es dado, no hay donación de existencia por parte de ningún ser superior o divino. Esto hace que la responsabilidad y el cuidado de dicho ser recaiga en la inmanencia del ser humano (del japonés, en este caso), o lo que es lo mismo, es de origen mundano, sin trascendencia. A esto debemos sumarle que la dinámica de fuerzas espirituales-políticas-estéticas-éticas que configuran el pensamiento japonés son el shintoísmo, el budismo y el confucionismo, lo que nos agrega una serie de categóricas, definitivas y explícitas diferencias. Estas tres fuerzas nunca permanecieron en equilibrio, sino que históricamente estuvieron en pugna tironeando al “sujeto” japonés; de aquí que cada una tenga una relación particular con un tema como la vida y la muerte también. Como señala Pinguet, al shintoísmo le ha desagradado siempre el cuerpo muerto, los fluidos y la suciedad corporal, dejándole el tema fúnebre al budismo y la etiqueta social al confucionismo. Las cenizas que auspician los budistas como fin del cuerpo, le son repulsivas al shinto; el shinto está pensado para celebrar la vida. Así y todo, las tres estructuras de creencias coinciden en que el ser no es dado y que el poder que ocupa la divinidad en las creencias occidentales, está regido por una figura político-espiritual como lo es el Emperador (o antes el Shogun o el Daimyo). Este reemplazo de la figura de poder del dios cristiano por un emperador no lo liberó de quedar tensado entre la mansedumbre que proponía el budismo y el estricto control de sus desbordes que ejercían los principios ético-políticos del confucianismo.

Pero una cosa es muy clara: Japón tuvo desde sus míticos orígenes (a los que se remonta Pinguet) temor, aversión y repulsión a los muertos; y esto hizo que debieran estetizar la muerte, para conjurarla: incipit seppuku.

Como toda cultura de la vergüenza, sometida a la mirada del otro, la cultura japonesa eligió, por principio, no privarse de la grandeza, la gloria y la serenidad que otorga la libertad de morir, aunque esta muerte sea a mano propia. Nunca a lo largo de la historia nipona fue un problema, una mancha o una falta la libre elección de deslizarse de la vida hacia la muerte. Otra vez nos alejamos del horizonte de comprensión constitutivo de Occidente: el japonés se sostiene en la vida no como un ser-dado por una voluntad divina, que premia y castiga las elecciones que se ejercen sobre esa porción vital, sino que se define sobre sus actos. La noción de karma, de claro tono budista, es determinante a la hora de las libres elecciones que la voluntad japonesa examina: el japonés sostiene “lo que soy es lo que hago” y la suma inconclusa de mis actos determinan qué es o ha sido mi vida, desbordando la conciencia de lo que soy por un mínimo momento. Esto hace que la elección de culminar una vida con un acto libre como el suicidio ritual (seppuku) le aporte a esa vida un plus de sentido: gloria, valentía, honor, lealtad, pureza, sinceridad (makoto: una de las virtudes cardinales del samurái).

Antes dijimos que el samurái de la tapa no debía distraernos demasiado, pero Pinguet le dedica un delicado y parsimonioso estudio a esta casta particular. Lo más específico y detallado pasa por la anatomía moral del samurái. Él es el dueño social, ético y político del seppuku y debe llevarlo a cabo con todo el despliegue estético que exige el ritual: abrirse el vientre de izquierda a derecha, tratando de no eviscerarse ni de machar o salpicar en exceso, demostrando el menor gesto de dolor posible. Sabemos que la elección del “vientre abierto” responde a una clara alusión a la mostración de la verdad del ser japonés, ya que en su vientre (hara) reside el punto central de energía vital que anuda y sostiene el cuerpo en vida (tanden). Al abrirse por mano propia el vientre, el suicida dramáticamente demostraba su última y fatal voluntad: que su muerte se vuelva la mostración de su ser más íntimo y verdadero. Esta última acción cumplimentada requería de más actores: el cuerpo social; este acto exige que, como ejemplo, se lo duplique por la palabra de los otros, y que los discursos de esos otros, por sobre la intención del suicidado, le terminen dando la totalidad de sentido al acto.

Uno: todo suicidado lo es por la sociedad. El mismo tejido discursivo que teje al individuo suicida también teje a la sociedad que lo ha configurado. Nuestros suicidados cargan además, como si fuera poco la determinación que han tomado, contra una tradición. En los albores de nuestra cultura los pitagóricos, los platónicos y los peripatéticos condenaron el suicidio; no así los estoicos y los cínicos. Pero será el cristianismo, con su oferta de vida eterna del alma humana en una trascendencia divina, quien no admita de ninguna manera un acto libre de la voluntad sobre la vida o la muerte.

Quien se mata en Occidente se está pronunciando contra más de 2500 años de tradición metafísica que sostiene a la vida recortada contra la eternidad, lo que está suponiendo como premio una trascendencia divina. El pluralismo shintoísta y su reconocimiento y valoración al fenomenalismo inmanente del mundo sensible, la mansa aversión a la metafísica de los budistas y el casi desprecio confuciano por asuntos celestes, le otorgaron al ser japonés la facilidad de hacerse cargo de su propia elección voluntaria en cada instancia y acontecimiento de su vida, y hasta de su muerte.

Una vez atravesados los terribles dolores corporales de haberse abierto el vientre, se logra la apoteosis moral de, en el último momento de esa vida, convertirse en un héroe. Y es el acto del sepukku el que transforma y transfigura esa vida en una muerte cualificada como gloriosa. La vida del japonés no orbita alrededor de la divinidad y sus deseos, sino que la fe que tiene la tiene puesta en su acto para demostrar su última verdad.

Dos: todo suicidado lo es por la sociedad. ¿Se puede construir una sociedad mediante el suicidio de sus componentes?, ¿qué tipo de vida se viviría en tal sociedad? Este tipo de cuestiones son las que facilita el profundo estudio de Pinguet.

En Japón el ubasute (abandono de anciana) y el oyasute (abandono de familiar) han sido prácticas comunes a lo largo de la historia en las que se deja abandonado a la intemperie de algún desolado bosque o en la soledad de las montañas, a familiares ancianos o enfermos dispuestos a morir por deshidratación, hipotermia o simple inanición, como una forma de eutanasia épica. La literatura japonesa está repleta de estas historias, y aún hoy se siguen escribiendo y filmando películas sobre este tema. Ahora bien, ¿en cuánto difiere esto, realmente, a la práctica que algunos hacemos con nuestros ancianos al dejarlos en un galpón o depósito de ancianidad como es un geriátrico?

El tristemente célebre bosque Aokigahara (“mar de árboles”) ubicado a los pies del monte Fuji, la montaña sagrada del Japón, ha sido tradicionalmente asociado con espíritus y demonios de la mitología nipona desde hace cientos de años. Pero lo más llamativo es que es el lugar en el que más muertes por suicidio se han reportado los últimos años en todo Japón, convirtiéndose en una moda el ir a suicidarse ahí.

La pregunta “¿por qué uno tiene  que vivir?” da origen (en 1993) a El completo manual del suicidio de Wataru Tsurumi, en el que se sugieren los más diversos métodos para suicidarse, analizados minuciosamente por el autor. El manual no incita ni pretende frenar el instinto suicida, sólo se limita a sugerir qué métodos son menos dolorosos y más o menos letales y le otorgan una bella muerte al cuerpo.

El gobierno japonés ha restringido su venta únicamente a los menores, y sólo en algunas provincias. Obviamente de parte de Estado nipón no hay autopsias psicológicas.

La recesión económica de los ’80 y la de los ’90, la presión laboral, la jubilación, el tedio, el bullying, la fatiga laboral, las enfermedades, el anonimato social, la vejez, la soledad, los préstamos, la tristeza, la depresión, las deudas, el aislamiento y mil situaciones más desembocan en suicidio.

Haciendo una mínima genealogía aparte de la que elabora Pinguet, no podemos dejar de señalar algunos hitos que nuestro autor no enumera, al menos claramente.

Sen no Rikyu (1522-1591) fundador de las san Senke o escuelas más importantes de té del Japón, fue maestro de té de Oda Nobunaga (el primer daimyo que comenzó a unificar Japón) y de Toyotomi Hideyioshi (el segundo daimyo que intentó unificar Japón), dos de los más poderosos señores del Japón feudal. Por internas palaciegas y celos profesionales cometió seppuku un 28 de febrero de 1591 a la edad de 70 años.

El 20 de junio de 1703 se presenta la obra para marionetas El amor suicida de Sonezaki de Monzaemon Chikamatsu, inspirado en un doble suicidio amoroso de una pareja prohibida acontecido el 22 de mayo en un templo. La obra se convertirá en la más popular de las “tragedias domésticas”, y su estrepitoso éxito lleva a  Chikamatsu a volver sobre el tema en 1721 con Los amantes suicidas de Amijima. El incremento de los suicidios de parejas fue tal que el Shogunato de Edo prohibió su representación y los funerales de parejas.

La legendaria y popular historia de los 47 ronin (lit.: “hombre flotante”, sin trabajo, vagabundo; samurái sin señor a quien servirle) de 1701 0 1703, que demuestra la lealtad y el sacrificio de los samuráis en su suicidio masivo mediante seppuku. Esta debe ser quizás la historia que más ha inspirado a los japoneses a cómo llevar adelante su vida diaria con honor, no obstante con la idea del célebre suicidio flotando en sus pliegues. 

Los cientos de seppuku de famosos samuráis se puede templar en un arco que comienza con Minamoto Yoshiie (1039-1106) hasta el “último samurái” Saigo Takamori (1828-1877) fusilado por la Armada Imperial japonesa.

Tampoco podemos obviar a los 1036 kamikaze (“viento divino”) o pilotos suicidas de la Armada Imperial japonesa, la misma que fusiló al último samurái, quienes deliberadamente impactaban con sus aviones, cargados con bombas, sobre barcos estadounidenses para averiarlos o hundirlos en el mejor de los casos. Creados como cuerpo de elite a mediados de 1944 fueron el cruce perfecto entre una tradición heroica y suicida más una táctica extrema de guerra. Su creador, el almirante Onishi, luego de la rendición el 15 de agosto de 1945, cometió un seppuku con errores, agonizó unas 16 horas, muriendo recién al otro día.

Con menos prensa, los kaiten (“retorno al cielo”) fueron torpedos humanos, creados por la Armada Imperial japonesa en 1942. Estos torpedos tripulados eran lanzados desde un submarino hacia el blanco; se fabricaron unos 400 y su éxito fue escaso, no así el poder de suicidar a los pilotos que los tripulaban.

Ryonosuke Akutawa (1892-1927) con más de 20 obras escritas, será el suicidado que será tomado como el cierre simbólico de una época, la Taisho (1912-1926). En su intenso relato de tintes autobiográficos Los engranajes, sugiere su suicidio; lo lleva a cabo poco tiempo después, luego de mantener largas y polémicas discusiones literarias con Junichiro Tanizaki, un 24 de julio, envenenándose al ingerir somníferos (Veronal o Barbital) en exceso.

 Pinguet le dedica un capítulo de unas 30 páginas a  la tristemente célebre parodia de Yukio Mishima, y nos eximiremos de dar más detalles y remitir a su pluma, mucho más sutil que la nuestra.

En 2002 se estrena Suicide Club, film de Sion Sono, en el que 54 colegiales se arrojan juntas, tomadas de las manos y contando hasta tres, a las vías del tren sellando un pacto suicida, inaugurando una serie de pactos suicidas en todo Japón. Otra vez la fantasía parece contener los más oscuros deseos de toda una comunidad cultural, tanto que la película el mismo año encontró su continuidad en un manga, en el que de las 54 suicidas sobrevive una.

Social y cotidianamente el eufemismo “accidentes corporales” (jinshin jiko)  nombra a quienes se arrojan a las vías de las líneas de ferrocarril relacionadas con su vida cotidiana y laboral (la línea rápida Chuo, entre Tokyo y Takai, es de las más elegidas: 10 o 12 vagones a más de 100 km/h otorgan seguridad y cumplimiento del cometido). Cabe señalar aquí que las empresas ferroviarias pueden cobrarles a los familiares una cifra pautada por ley (hasta 100 millones de yenes) por los perjuicios, la paralización del servicio o los  retrasos ocasionados por el suicida. También los familiares de quienes se suicidan en un departamento alquilado deben resarcir a los consorcios o dueños con una onerosa suma de dinero por las molestias, las pérdidas comerciales y los malos comentarios que esto traiga.

El trágico ranking suicida japonés de mayor a menor: ahorcamiento, intoxicación por gas, saltos de edificios, sobredosis, ahogamiento, vías de tren, otros. Al final del libro, el diccionario de más de 70 páginas que aclara terminología nipona y agrega datos biográficos a los nombres que aparecen en los capítulos, debería ser actualizado por miles de nombres y nuevos conceptos a la hora de cometer muerte voluntaria, como gesto irónico, como la paradoja de una cultura que se inicia temiéndole al cuerpo muerto y a sus fluidos.

La lectura de Pinguet nos provoca este doble movimiento de apertura y cierre, que nos lleva de nuestra cultura hasta la japonesa, incitándonos a repensar nuestro aquí y ahora. Por esta razón este es un libro de esos que se vuelven imprescindibles, pero incómodos; es que uno no sabe muy bien en qué estante o clasificador incluirlo: cabe tanto en el de “libros de Japón”, y lo excede, como en el de “temas claves de Occidente”, y lo excede. Esta abundancia por exceso es lo que lo vuelve indispensable.

 

 

(Actualización noviembre 2016 – febrero 2017/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646