noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Valeria Sager

La adherencia
Winner, de Robertita, Rosario, Beatriz Viterbo, 2015.

Sueño. Estoy con Gastón, Paso por un lugar lleno de vidrios de auto y de golpe un vidrio se me mete por el dedo y entra. Me da dolor, intento sacarlo, y se me mete más. Me miro el dedo y parece como cuando la víbora se come al elefante en El Principito, pero en menor escala. Me asusto. Aparece mi padre que está con un chabón de cuarenta años. Le quiero mirar la cara porque siento que es Ernesto. Siento la presencia de Ernesto pero no le veo la cara. Gastón sigue al lado mío. Insisto con intentar sacar el vidrio, apretándome el dedo. Como cuando te querés sacar un grano. Tuc. Lo logro pero me queda un tajo en el brazo. Le hablo a mi padre porque me pareció ilógico el tajo y le digo: “¿Pa, pero qué onda? ¿Me cortó el brazo por dentro?”

 

 

No me queda claro si la poética de Aristóteles es formalista, ¿toda poética lo es al enumerar la serie de pasos a los que debe ajustarse la literatura de una época, al definir qué es lo aceptable o qué es lo conveniente? No lo sé. Como además entre los antiguos griegos las fábulas y la mayoría de los rasgos de los caracteres ya estaban dados, casi todo lo nuevo  giraba en torno de la forma. En la nota preliminar de la edición de la Poética que reviso, la de la Biblioteca Emecé de Obras Universales de 1947, José María Estrada se propone expandir lo que Aristóteles dice sobre mímesis y catarsis. Cita a Santo Tomás y dice que éste designa la belleza como el resplandor de la forma y que es a lo puramente objetivo en la obra a lo que indudablemente alude. Lo que explica Estrada es que para él lo subjetivo se identifica con la repercusión de la obra de arte en la más íntima subjetividad, “en el ethos profundo a donde casi no llegan los rayos luminosos de la razón”. Después, cuando se detiene en el concepto de catarsis, dice que la expurgación de las pasiones se produce en el contemplador de la obra de arte como efecto de la presencia de ésta, y también, desde luego, agrega, en el propio artista como consecuencia de la realización de su obra. Así, la catarsis, “se produce en la armonización anímica del artista o contemplador” como consecuencia de la presencia de la armonía de la obra por vía del temor y de la compasión que “al encontrarse desordenadas en el ánimo del sujeto, se armonizan, se purifican de lo que tienen de excesivo”.

¿Por qué empezar con Aristóteles y con un prólogo antiguo, casi arcaico, una lectura de la novela de una chica que no tiene apellido y que se exhibe casi ostentosamente como si renunciara de forma radical a las bellas letras? En Winner no hay perspectiva o jerarquización de los hechos, no hay para nada una armonía o una idea nítida de belleza, no hay nada que se parezca a la búsqueda de alguna forma de la totalidad, eso que Lukács encontraba y celebraba en Balzac, por ejemplo. Pero tampoco se trata de una escritura fragmentaria o que coquetee con la vanguardia. En Winner no hay métaforas, casi no hay figuras ni retórica, tampoco juegos temporales. Nada, entonces, de lo que habitualmente identificamos con la definición de la narración literaria. La novela de Robertita es presente puro. No hay recuerdos ni infancia, lo único que marca anterioridad y posterioridad está afuera, en otro libro. Winner es la precuela de una novela anterior: Loser (Interzona, 2011). Si se leen en orden de aparición y se le da importancia a los títulos, la peripecia consistiría en pasar de la infelicidad a la dicha, de ser perdedor a ganador, como ocurre en casi todas las novelas del realismo clásico, al menos con alguno de sus personajes. Aunque el narrador deje ver la ironía respecto del  triunfo del personaje que consigue la felicidad o lo que se proponía (pensemos, por ejemplo en Homais en Madame Bovary) siempre alguno lo logra. Si leemos al revés, en el orden de la fábula, de lo que se cuenta, la vida de Robertita se corresponde más con la forma de la tragedia. Lo tiene todo para después perderlo. Sin embargo, en Loser y en Winner, no hay novela realista ni tragedia, porque casi no hay acción ni peripecia. La que pierde, además, siempre es ella, pero el que gana es otro.  

Aunque Robertita parece estar contando su propia vida, el presente puro produce más la sensación de un apunte acerca de cómo transcurren los días que de un diario íntimo, una autobiografía o una confesión.  La escritura, aquí, da la sensación de pura simultaneidad con lo que se hace y con lo que se piensa. Pero a la vez lo que se hace es muy poco y lo que Robertita piensa es demasiado, es excesivo. La contradicción entre lo que piensa y lo que dice también es un poco desesperante. Lo que hace es levantarse corriendo, tomar muchos taxis, chatear, abrir Facebook, abrir Hotmail, abrir Gmail, Skype, Twitter, loguearse y desloguearse en Grooveshark para que nadie se entere de que escucha Arjona para llorar, borrar sus huellas por si el novio le revisa los mails, cambiar claves y volver a empezar. Ver Dawson´s Creek cuando la encuentra en la tele, identificarse con una de las chicas de la serie o compararse con Felicity, otra chica de otra serie noventosa, ver Cartoon Network para no tener miedo, ir al estudio de arquitectura en el que trabaja y odiarlo, ir a FADU, ir a la parada del 106 aunque no sepa bien a dónde va y  andar en bicicleta con su amiga Marcela. Ir a la casa de sus padres a la que llama  “mi casa”, en busca de un refugio que la salve de la convivencia con Gastón porque está convencida, además, de que en la casa de Gastón hay fantasmas y porque en ese lugar tiene más miedo que en cualquier lado; miedo de que le roben, miedo a la oscuridad. ¿Por qué tiene tanto miedo Robertita? Hace terapia y creo que la psicóloga debería preguntarle eso, pero no lo hace. Lo que la novela exhibe, también con ostentación, es que el miedo es solamente a tener 30 años.

El espacio que hay entre lo que pasa y lo que Robertita piensa o dice, es una abertura  atolondrada en la que el miedo se llena de excusas para no enfrentarse con alguna decisión. Nunca decide, o decide que no y responde que sí o no responde y deja que los demás la lleven hacia algún lado. Los hombres en  los que Robertita piensa todo el tiempo (los que no son su novio): Ernesto, Manu, Gonzalo, Sebastián, marcan el ritmo de la novela con sus caprichos y sus deseos, de ella o de lo que van necesitando. Robertita llena su pensamiento y sus planes del día con esos nombres pero nunca les dice lo que quiere o les dice todo lo contrario de lo que quiere. 

Por qué empezar con Aristóteles, decía, ¿qué tiene que ver aquí la expurgación de las pasiones? Winner es del todo una novela sobre nada, ni siquiera aparece de verdad el deseo pero la sensación que produce es la de la catarsis más pura. Se lee como si la autora no pudiera dejar de escribir, así como no puede, parece, dejar de pensar y el efecto inmediato es que no se puede parar un segundo de leerla. Cuando empecé y hasta ahora, me pareció que se detenía el tiempo, que entraba sin mediaciones en el mundo y en esa especie de abulia del personaje. Se suspendían también todos mis deseos, el único que quedaba era el de seguir leyendo y el de anhelar con intensidad que no terminara nunca para que yo no tuviera que ser yo.

  Decía que José María Estrada escribe que la catarsis “se produce en la armonización anímica del artista o contemplador” como consecuencia de la presencia de la armonía de la obra por vía del temor y de la compasión que “al encontrarse desordenadas en el ánimo del sujeto, se armonizan, se purifican de lo que tienen de excesivo”. En Winner la catarsis es exagerada, una especie de liviandad desconocida que se produce porque la mímesis es tan pegoteada, tan íntima que se vuelve otra cosa. No sé si hay un término para llamar a la mímesis cuando es extrema, una súper mímesis. No es tampoco ese  efecto al que se llama bovarismo, no es que uno espere  que su vida sea como la de Robertita, no creo que eso pueda gustarle a nadie. No es una ambición, no es una fantasía de felicidad o una proyección, es que eso que ocupa todo el tiempo entre el comienzo y el final de la lectura, se te pega, se te mete en el cuerpo, como el vidrio que al personaje le corta el brazo por dentro en el sueño, como la víbora de El Principito cuando se come al elefante y eso más que reconocerse como identificación podría pensarse a partir de un concepto que no sé si existe. Lo que provoca Winner podría pensarse como una especie de adherencia.

 

 


(Actualización septiembre - octubre 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646