septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Los tiempos que corren
Golpes. Relatos y memorias de la dictadura, Victoria Torres y Miguel Dalmaroni (compiladores), Buenos Aires, Seix Barral, 2016.

Los tiempos de la Historia y los tiempos de las historias corren a menudo a mezclarse, superponerse y desconcertar lo que esperan los calendarios y los relojes.

 

 

“Los tiempos que corren”. Así se titula el prólogo con el que Victoria Torres y Miguel Dalmaroni dan comienzo a Golpes. Relatos y memorias de la dictadura, editado recientemente por Seix Barral. Un libro de tiempos plurales en el que se anudan los tiempos siniestros de la última dictadura militar argentina y los de las diversas reelaboraciones de la memoria que se exponen en los relatos y ficciones escritos con motivo de esta publicación. A esto podríamos sumarle, también, los tiempos propios de la edición y circulación del libro: 2016, “ocasión del cuadragésimo aniversario del golpe militar” y, con ello, “los tiempos que corren” sin más, en el presente político, cultural y económico de nuestro país; tiempos que justifican esta intervención colectiva que asume el afán de proseguir “el incesante, imborrable trabajo de la memoria del horror argentino”.

Entre la autobiografía, el testimonio y la ficción, este libro repone “el archivo mental y emocional personalísimo” de 24 escritores que vivieron el golpe durante los años de su escolaridad. Ellos son (en orden de aparición): Gabriela Cabezón Cámara, Inés Garland, Fernanda García Lao, Paula Tomassoni, Carlos Ríos, Mariana Enríquez, Sebastián Martínez Daniell, Carlos Gamerro, Juan José Becerra, Mario Ortiz, Sergio Chejfec, Esteban López Brusa, Patricia Ratto, Sergio Olguín, Ernesto Semán, Eduardo Berti, Julián López, Alejandra Laurencich, Alejandra Zina, Aníbal Jarkowski, Patricia Suárez, Federico Jeanmaire, Martín Kohan y Laura Lenci. Cada una de las voces que lo componen, se lanza a la difícil tarea de volver sensible (y volvernos sensibles), en el presente, la memoria de esas experiencias, a la vez subjetivas y colectivas que, en la actualidad, corren el riesgo de ser reducidas a una visión museística, abstracta y banalizada de la historia que se niega a ver sus continuidades soterradas.

Conjurando el riesgo “de que de tanto repetir una misma verdad, terminemos alentando el olvido”, la historiadora Laura Lenci, propone desarmar la cronología, desestabilizarla, proponer otra vía de ingreso. Desde la ficciones, allí donde los tiempos verbales de nuestra lengua parecen no ajustarse adecuadamente a la experiencia de la memoria que se busca hilar en (y con) la actualidad, lo que ha sido retorna, trabajado por el olvido paradójico de una “frondosa memoria de infancia”, como un “habrá sido” en M. Kohan, como el “hubiera sido” de un deseo incumplido en “Serenata” de I. Garland y como un “siendo” aún en el resto de las voces, los cuerpos y los espacios que se traman en este libro.

Porque si algo insiste en estos textos es el retorno de un pasado que no pasó, que sigue inscripto en las subjetividades que supo construir, en sus miedos, prohibiciones y susurros; en la repetición gregaria de lo que no se comprende y sin embargo se debe obedecer; en los espacios que recreó a su medida; en las cosas, en los gestos, los olores y los afectos en los que inscribió indeleblemente su huella; en un régimen económico que lo mantiene profundamente anudado al presente; en una lengua que arrastra los restos de una violencia que entró con sangre en su gramática aunque sin poder invisibilizar los espectros que la trama de la escritura y la memoria de estos textos entreteje en su complejidad. Un piano en el que resuena la música del pasado; el espectro de un ahorcado que se negó a ceder su casa para dar paso a un proyecto político-económico que literalmente construyó una autopista de libre circulación sobre la gente; el encuentro con el cuento de un niño que, entre detectives, policías, indios y cocodrilos reconstruye la trama que asoció lo patriótico al capital, son algunas de las imágenes que insisten en este libro dejando ver los efectos, los moretones de los golpes a lo económico, a lo somático, a lo semiótico que supuso la última dictadura militar. 

Con la conciencia aguda de que, como afirma Mario Ortiz, “todo enunciado es un acto de habla/ y eventualmente un acto terrorista”, las 220 páginas de este libro, a su manera, retrucan: “todo enunciado es un acto de habla/ y eventualmente un acto de resistencia”. Conmemorar, que es menos recordar algo que pasó que hacer memoria-con (con otros, a otros, para otros), disputar las estabilizaciones de la historia y reponer el arco de tensiones en el que pasado y presente comunican (esperemos, como quería Nietzsche, a favor de un tiempo por venir), esa parece ser la apuesta de este libro. Libro que acoge la máxima potencia de la escritura y la ficción: aquella capaz de exponer la trama compleja de los tiempos que corren; de hilar las experiencias subjetivas con la experiencia histórica y común que constituye el nudo de nuestro presente; de desatar las significaciones sedimentadas para hacer de la experiencia de la memoria un lugar desde donde volver a pensar la vida en común.  

Sumo, para cerrar, un último pliegue: “los tiempos que corren” mientras leo este libro. 

Córdoba, jueves, 25 de agosto de 2016. Una multitud espera a las puertas de Tribunales I la sentencia por la “Megacausa La Perla-La Ribera” en la que 28 represores fueron condenados a cadena perpetua. Recuerdo el comienzo del cuento de Julián López incluido en este libro –“El poder de la mente”– en el que un intérprete traduce a palabras la grafía de una máquina que mapea, a su vez, el poder de la mente de un soviético empeñado en hacer ceder la dureza metálica de una cuchara. Pienso en la voz de ese juez que resuena en altoparlantes traduciendo en palabras y sentencias la estructura de una máquina jurídica que mapea, a su modo, la incalculable demanda de justicia, el inmedible poder (de lucha y resistencia) de esos cuerpos presentes y espectrales. La justicia y el derecho no son lo mismo y de hecho raramente comunican. Sin embargo, los que estuvimos allí pudimos ver también como ese edificio judicial cedía ante el poder de esas mentes y de esos cuerpos y se inclinaba alegremente a su favor.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646