septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Matías Moscardi

El arte (y la teoría) en la Matrix
Arte en flujo. Ensayos sobre la evanescencia del presente, de Boris Groys, Buenos Aires, Caja Negra, 2016. Traducción de Paola Cortes Rocca.

1. Teorías y propuestas editoriales

En Argentina, es histórica y relativamente constante la fascinación intelectual por la filosofía francófona. Hoy resuenan aquí y allá los nombres de Jacques Rancière, George Didi-Huberman, Nicolas Bourriaud, Alain Badiou, Jean-Louis Deotté. Sus antecesores: Blanchot, Barthes, Deleuze, Lacan, Foucault y Derrida. A pesar de la relación de continuidad entre sucesores y antecesores, lo cierto es que son modas distintas. En el grupo de los antecesores, domina la heterogeneidad –sin excluir preocupaciones comunes–, cada libro articula giros distintos, indaga zonas diferenciales, hasta caprichosas, excéntricas (como en el caso de Barthes, que se mueve entre la cultura japonesa, la fotografía, el realismo decimonónico; y más aún en el caso de Deleuze y Guattarí, cuyas indagaciones bibliográficas van de la psiquiatría, pasando por el chamanismo, hasta la biología y las matemáticas). En el grupo de los sucesores, en cambio, parece existir un dominio fuertemente cohesivo, y no solo entre las obras de cada uno –podríamos acordar que el tema nodal está constituido por las relaciones entre estética y política en el dominio del arte contemporáneo–, sino internamente, en la producción individual: la sensación de que, rápidamente, algo aparece como saturado en el sistema de lecturas, algo comienza a repetirse sin producir diferencia. Quizás a modo de respuesta o contrapunto, uno podría pensar ciertas emergencias en algunos catálogos de autores no-francófonos, como formas de diversificar las alternativas de lecturas teóricas: Giorgio Agamben, Andreas Huyssen y Diedrich Diederichsen, entre otros, por parte de Adriana Hidalgo; o el caso de Caja Negra, que publicó a Kenneth Goldsmith, recuperó a Vilém Flusser, y presentó a Harun Farocki, Mark Fisher, Hito Steyerl y Graham Harman. Entre los autores que acabo de mencionar, los únicos que, a la fecha, tienen más de un libro publicado en el país son Agamben (con más de quince) y Diederichsen (en menor medida, con dos). Quiero decir: por un lado, tenemos la presencia fuerte de la teoría francófona (Rancière a la cabeza, con más de veintidós títulos) y, por el otro, una línea alternativa que, salvo en el caso de Agamben, procura evitar la repetición.

 

2. Reología teórica

Boris Groys (Berlín Este, 1947) podría pensarse en esta línea alternativa que empieza a “marcar tendencia”. En dos años aparecieron, por lo menos, tres libros en editoriales argentinas: Volverse público (Caja negra, 2014), Introducción a la antifilosofía (Eterna cadencia, 2016) y Arte en flujo. Ensayos sobe la evanescencia del presente, publicado recientemente por Caja negra. Mientras que Introducción a la antifilosofía se inscribe en la línea revisionista de la historia de la filosofía –como La aventura de la filosofía francesa, de Badiou, también editado por Eterna Cadencia (2013)– Volverse público y Arte en flujo abordan, en cambio, el problema del arte contemporáneo en el presente. Se trata de libros centrales para pensar temas diversos como la omnipresencia de la tecnología en la cultura, el lugar del archivo, las instalaciones, el activismo artístico, el comunismo y su relación con la vanguardia rusa, el kistch, los usos del lenguaje en Google y el arte en Internet. Sin embargo, Groys deja planteada una preocupación fundamental: figuras como la puesta en flujo y la evanescencia del presente, de acuerdo con su perspectiva, también se refieren al discurso teórico (ver, en especial, el capítulo “Bajo la mirada de la teoría”). Es más: el libro de Groys puede leerse no solo como un libro sobre arte contemporáneo, sino como un libro que deslinda las relaciones entre arte y teoría, como si sus destinos fueran compartidos o incluso especulares: lo que se dice del arte a su vez podría pensarse como síntoma teórico.

Veamos: en el capítulo de apertura se habla de una “reología del arte”. El arte, apunta Groys, se ha vuelto fluido. Y la reología es una rama de la física que se encarga de analizar sustancias viscosas, elásticas, pringosas. Esta figura, aunque no vuelve a aparecer en todo el libro, resulta vertebral: porque a partir de acá pensamos en un tipo de objeto crítico adherente, que parece empastar, pegotear, cualquier intento de indagación teórica. Por lo tanto, la teoría también se presenta, en algún punto, como un fenómeno reológico, producto de la naturaleza de su objeto: elástica, fluida, viscosa. Sobre todo si la comparamos con figuraciones previas como lo rizomático, lo polifónico o lo intertextual, que convocan comportamientos de la materia bien distintos, esta reología teórica se caracteriza ya no por saltos impredecibles, por cartografías nómades, por articulaciones contrapuntísticas de voces sociales o por el trabajo con enormes mosaicos de citas. Por el contrario, la reología teórica se estira como un chicle. De ahí que Arte en flujo suene, por momentos, bastante reiterativo en relación a Volverse público: no solo porque incluye dos capítulos con leves modificaciones que ya estaban en el libro anterior sino porque se repiten frases, párrafos, ideas que ya habían quedado planteadas y desarrolladas, autores y obras puestas en foco, abordajes y lecturas (¿no ocurre algo parecido cuando leemos sucesivamente varios libros de Rancière?).

 

3. El arte en la Matrix

Una de las preocupaciones centrales de Arte en flujo es el lugar, el tipo de espacio y los efectos que Internet produce en las prácticas artísticas. Somos todos performers: eso nos dice Boris Groys. Estar vivos no alcanza: tenemos que mostrarles a los demás que estamos vivos. En la Matrix, la vida es la perfo de vivir. Si el arte contemporáneo es un arte en flujo es precisamente por eso. Todos somos artistas, entonces: ¿cómo hará el arte contemporáneo para sobrevivir al éxito del arte contemporáneo? La pregunta planteada en Volverse público adquiere una respuesta contundente en este libro. Al arte no le queda otra: tiene que entrar en flujo. Esto significa perder su visibilidad en el grado cero de lo visible –por eso, el retorno al “Cuadrado negro” de Kazimir Malévich, otro de los grandes momentos del libro–, deshacerse del sujeto en la proliferación colectiva de sujetos autodiseñados, relegar incluso su especificidad es el precio de su subsistencia.

Freud hablaba de lo perecedero: un arte en flujo es un arte de lo perecedero, pero no porque trabaje con materias u objetos efímeros, sino porque estamos ante un arte que en sí mismo es puro devenir, acontecimiento, producción sin producto, aura sin objeto. Ante este estado de cosas, los problemas que puntualiza Groys son varios: la reflexión sobre el acontecimiento, el registro y el archivo, las formas emocionales e intelectuales de entablar relaciones con esa documentación, la continuidad o caducidad de la utopía vanguardista, las modulaciones de un nuevo realismo y una idea diferente del arte conceptual, las diferencias entre la reproducción técnica benjaminiana y la reproducción digital. En todas estas problemáticas, se define y redefine, se interroga y se modela el contorno del arte contemporáneo: un arte sincronizado con el fluir vertiginoso del tiempo.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646