septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La lección de un león *
El fantasma de un nombre. Poesía, imaginario, vida, de Jorge Monteleone, Rosario, Nube Negra, 2016.

Podríamos decir que El fantasma de un nombre sería un título genérico, un universal que encubre una pluralidad, como cuando se dice “el poeta” pero uno se refiere a la actividad de los poetas, de cada poeta. Por supuesto, en este libro no se generaliza tanto y más bien se atiende al detalle singular, o a los detalles que habría en cada nombre de poeta. Serían pues los fantasmas de varios nombres; vale decir: lo que se fantasea cuando se agita la campana de un nombre de autor y se acude al llamado con curiosidad, con amable atención. Monteleone está dispuesto a escuchar lo que tienen que decirle, porque sus fantasmas no dejan de aferrarse a la singularidad de cada cual. La pregunta por el nombre es una pregunta por la finitud de la vida. En cierto modo, acaso en última instancia, la vida se define porque empieza y termina. Y un nombre propio, como si siempre estuviera escrito sobre una tumba, tiene en principio este sentido que van a enmarcar dos fechas precisas. La pasión del crítico consiste en no querer dejar a sus fantasmas, no quiere que se vayan. Como si les dijera: “charlemos un rato más”. Algo así resuena en el relato, que abre este libro, de una charla con Borges, ese nombre tan ligado en nosotros a su fantasma que contiene todo nuestro amor por la literatura. Que no se vaya Borges, pensamos, que nos regale otro chiste, otra conmovedora ironía, un nuevo apasionamiento finito del cuerpo por el conjunto infinito de los libros. Pero la fantasía encuentra entonces, y siempre, su límite: la obra firmada por un autor es tan finita como su vida; se nos acaba. Y en ese momento melancólico, el instante de una despedida, de un “hasta luego” que en verdad anuncia la posibilidad de un “adiós”, el ensayista, el que atesora las vidas soñadas en cada nombre, se da cuenta de que “todo autor es un muerto”.

Pero sería demasiado parcial decir que este libro es una conversación con los muertos, ya que su meta parece más bien tratar de unir los poemas y la prosa que los conecta con cierto resurgimiento de la vida. Algo debe seguir vivo en los escritos dejados bajo algunos nombres para que se despierte el deseo de volver a escribir con ellos. No sobre ellos, sino en su improbable compañía. El subtítulo tripartito, “Poesía, imaginario, vida”, nos dice que la imaginación crítica es el agente de una conjunción que en otros tiempos fue una promesa, luego un programa, finalmente una utopía. Me refiero a la unión de la poesía con la vida. Si bien el breve envío de una sección sobre la muerte en la escritura poética, donde no se evita analizar la representación lírica de la enfermedad, la fantasía del deterioro del cuerpo, y que se titula “Poesía y vida”, parece más bien resignarse a que lo vital es una ilusión del texto, el libro entero parece afirmar en cambio que un sentido para una vida no deja de insistir en el impulso de escribir. Que en la poesía la vida sea la de un sujeto imaginario no le quitaría consistencia. Que el sujeto real sólo sea imaginable como un muerto no sustrae de los símbolos y los silencios de algunos poemas la potencia vital de su origen. Así, de la poesía, que parece un conjunto acaso indefinido pero hierático de símbolos, a la vida, que estaría hecha de sensaciones no representables, sólo el imaginario postula una conjunción, la “y” griega secreta en todos estos ensayos, que consiste en escribir con los nombres, sus biografías, sus conceptos, sus cortes finales y sus proyectos irrealizados. La posibilidad misma de seguir escribiendo con los nombres de obras indica que algo está viviendo en el mismo lugar donde habrán encontrado sus límites. En la imagen que se atesora, en las fotos indescriptibles, en el verso indescifrable, se mantiene la promesa de la crítica de poesía, que es su idea. En verdad, más allá de las separaciones cartesianas, nunca se dejó de leer la vida, su finitud, en los libros, cosas finitas en el mundo de las cosas, pero también imágenes de un infinito potencial. ¿Quién podría leer a Mallarmé sin pensar en su figura y en su forma de desaparecer de la vida, cortando frases y versos y arrojándolos a la página antes de que la garganta se le cerrara para siempre? ¿O a Rimbaud, cuyas aventuras africanas fueron traducidas también hace décadas, trayéndolas a nuestra propia africanidad imaginaria, por Jorge Monteleone? La vida, ilusión de la figura de un autor, parece sin embargo tener efectos más reales que sólo unos libros. ¿Acaso no se tiñen de vitalidad los libros amados? ¿No están vivos o como imantados para el que los atesora? Si los autores son muertos, la fantasía de una necrofilia no deja de insistir. O menos brutalmente: todo autor es un muerto, tal vez, pero no su nombre, su imagen. Y su retorno retroalimenta la imaginación del crítico, lo hace volverse a la literatura como la única vida que merece vivirse.

En ciertos casos, la vida se esconde en la escritura del nombre, parece que no pasara nada, pero toda la lengua se pone en movimiento; se diría que el yo se aleja, y entonces lo que no es un yo, el todo, se convertiría en otro distinto del que era. La lengua, después de Juan L. Ortiz, después de Girri, después de Macedonio, no sería la misma. Pero en ellos la experiencia vivida ha traspasado la forma tradicional de la vivencia. En los términos del crítico, cultivan “el arte de la impersonalidad”, sus “yoes”, valga el barbarismo, sus sujetos imaginarios son agentes absolutos de una modificación irrepetible en la infinitud posible de una lengua. Sus duelos, sus paisajes, sus lecturas, son maneras de sustraerse y desaparecer como personajes anecdóticos sólo para evitar la sustracción absoluta. Macedonio, Girri, Juanele no piensan en la muerte, porque han inscripto en ritmos irreductibles la imposibilidad de morir. El yo del poema no muere, sólo se va con el final o el silencio de la hoja, se guarda en la obra.

Pero, ¿acaso los que cuentan su tránsito hacia la muerte, Enrique Lihn o Viel Temperley, entre otros, hablan de sus experiencias vividas? ¿No transfiguran más bien la muerte biográfica en un teatro negro, donde se destacarán los hallazgos, chispazos de la idea, algunos endecasílabos para la lengua suprema? Todo autor es un muerto, pero su nombre no, creo haber dicho.

Más adelante, hablando de mujeres, y en este libro figuran tres que suscitan nuestra curiosidad, que sigue a la suya, Monteleone pareciera presuponer que ningún nombre es el propio. El nombre es algo que se merece, que se construye. Todo nombre es un pseudónimo. Todo nombre es un autor, sujeto al imaginario de la letra sin significado léxico. No obstante, la opacidad de los nombres es tan relativa como la famosa arbitrariedad del signo. Una chica que se llama “Idea” está sujeta a la pasión de escribir lo ilimitado. Otra que era una santa, en la firma de unos primeros versos, expone un rostro en una foto de libro y se vuelve la dama de un poeta locuaz, nórdica y de piedra. Otra tiene una hermana que le hace esconder la cara y se imagina una infancia irreconstruible, excepto por el ritmo de escribir. Son pseudónimos, es decir, nombres relativos o bien, como lo expresa la intención teórica del crítico, “sujetos imaginarios”. Ellas, porque también podríamos decir que todo sujeto imaginario es una mujer, no mueren con el mero agostamiento del cuerpo y la fecha final de una vida. Se vuelven el fantasma de lo bello, la vieja intensidad de la utopía estética. El ensayo que las trae de nuevo, que describe sus fotos, que imagina parcialmente sus vidas, les garantiza una sobrevivencia en el ámbito de la huella. ¿Qué mejor para una mujer que haber dejado una huella? Pero hay que volver atrás y no confundir el género con el imaginario, ni el poema con la poesía que nunca está completa, y decir que también Mallarmé, Borges, Enrique Banchs son mujeres. Soñamos con sus nombres como Stendhal en el intervalo de la cristalización del amor, agregándoles unos brillos minerales a las páginas objetivamente leídas. Y el ensayista se imagina a sí mismo en las imágenes que vuelve a poner en escena, en la escena del pensamiento, en el teatro de su prosa justa. Hace así su autorretrato que siempre es el autorretrato de su doble. Jorge está acá, es un autor que refuta su premisa universal, porque afortunadamente está bien lejos de la muerte anecdótica, pero el libro nos brinda su doble imaginario, el lector más agudo de la poesía del presente.

Pero, a fin de cuentas, ¿quién puede leer poesía sin escribirla? ¿No es acaso El fantasma de un nombre el libro de poemas que no escribe, la antología íntima de los versos más intensos, los que hacen pensar toda la vida? Daré una respuesta romántica: los ensayos sobre poesía son poesía, su prosa es la idea de todo poema leído, pensado, posible. Y además El fantasma de un nombre es un título heptasílabo, como los que solían ponerles a sus libros de poemas Borges y Ortiz, por ejemplo. Sería demasiado fácil imaginar al poeta que escribió estos ensayos líricos, estos cuentos vivaces, como un león tranquilo que observa la llanura de los poetas desde un monte no muy alto, sabiendo que su prosa es la única supervivencia posible para tanta variedad de vida y para la lengua de todos. Prefiero pensar en el libro mismo, en su imagen, ya que es la causa del sujeto imaginario que estamos sintiendo, que estamos apreciando ya con una amistad  también real. Y el libro es una paloma, según una imagen de Blanchot, que también fue un ensayista lírico, y que Jorge cita en alguna parte de su obra, a propósito de un fantasma, una poeta que demora en ser leída, en ser debidamente amada. La obra, El fantasma de un nombre, sería entonces la paloma que se envía desde el arca, tras la inundación que se llevó todo, para ver si todavía algo sigue vivo. Y ella, dice Blanchot y escribe Monteleone, llegado el caso, traerá consigo la rama del sentido. ¿Qué raro, no? Un león manso que nos manda una paloma con un mensaje, para que la poesía siga teniendo sentido, siga teniendo vida. Ese olivo de nuevo verde es este libro, imagen de la supervivencia insistente de la poesía.

Empiezo de nuevo el libro, con un prólogo que empieza citando a Beckett, y en El innombrable se cifra entonces el motivo, el enigma del nombre de un fantasma, el yo de quien habla. “¿Qué importa quién habla?”, decía Beckett. Sólo es un yo. Pero todo hablante lo es, poeta, ensayista o lector, aun el más ajeno a la idea de libro. Monteleone, o alguien que habla con su nombre en el libro, deduce que todo autor es un muerto. Al fin y al cabo, nunca vemos un yo. Pero los muertos hablan. Podría arriesgar un nuevo comienzo o final de silogismo: todo muerto es un habla. Un autor, un poeta tal vez, es un gesto que habla a pesar del dato biográfico de la muerte, precisamente en ese horizonte de la vida finita. Y el lector que lo trae nuevamente al teatro iridiscente de la vida ejercita la poeticidad por otros medios. Es como si quisiéramos verlo nacer o al menos que se anime en nosotros su imagen detenida. Se abre en el cuerpo que lee la punzante herida de una imagen fija. Aunque no hay cierre para el habla de un yo que se ha vuelto definitivo, fantasmal. Como le dijo un novelista famoso a su amigo poeta: “en poesía siempre nacen los otros”. Todo es igual y al mismo tiempo nada se repite. Nacen los otros nombres en el libro de Jorge.

“Quien habla no está muerto”, citaba Girri con un nombre alemán en la cabeza. ¿Es un verso, es puro verso? La lectura crítica desarma la armadura del verso, y los versos de Girri ponen entre paréntesis la veracidad de la frase: “(no, / ‘Quien habla no está muerto’, / sino, / ‘Quien habla probablemente no está muerto’)”. Porque no siempre lo evidente es verdadero. Un nombre sólo probablemente sea un fantasma, también puede ser un habla, la vida de la poesía que retorna, o al menos lo vivo en un poema que intensifica al hablante, al escribiente. Su imagen parece detenida pero el ensayo le devuelve una vida. Así, Jorge anda por lugares donde encuentra a poetas que no son únicamente la llamada “obra”, que tienen una vida. Los graba, les saca fotos, los describe, para un libro futuro donde ningún autor deje la vida sin mostrar sus huellas. Y es la vida apasionada de un doble, lector de poesía, escritor de lo que se conoce como poeticidad en cada caso, el ensayista que poco a poco va pareciéndose al sujeto imaginario que siempre quiso ser.

 

* Este texto es el de la presentación del libro de Monteleone el jueves 9 de junio, en el Coloquio Literatura y vida (Facultad de Humanidades y Artes, UNR).

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646