noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Daniel García

Diseño

Matías Moscardi

Radioemisora en verso o sobre la plasticidad gráfico-musical en la poesía de Kevin Castro
Norcorea, de Kevin Castro, Rosario, Neutrinos, 2016.

A pesar de los intentos desesperados de la ciencia nadie puede ser un personaje de sci-fi

 

te he visto

sobre un edificio rosa pastel

arrojando cosas que se quedan suspendidas a centímetros del suelo

tú no me has visto

eres también algo que me gustaría arrojar desde un edificio verde

mirar

cómo tu cuerpo se estrella contra el pavimento

bajar las escaleras

y curar tus heridas

jurarte que no

que no ha sido mi intención que esto tenga que dolerte tanto

te he visto sobre el siglo xxi arrojando cosas que se quedan suspendidas

a centímetros de algo que no sé que es

pero que nace de la rabia seguramente

como todo

y todo es como decir: ‘gracias’

pero diciendo: ‘triste’

sin saber por qué realmente

debajo de todas las cosas del mundo

no sé cómo hacer para que estos lentes nuevos disparen rayos láser en lugar de

bloquear rayos ultravioleta

 

 

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Así arranca Norcorea (2016), el segundo libro de Kevin Castro (Lima, Perú, 1993) publicado en una las ediciones hermosas de Neutrinos. Me gustan los poemas que no sé por qué me gustan. El siglo XXI, la ciencia ficción, rayos láser y ultravioleta, edificios rosa pastel y edificios verdes, pavimento, escaleras: ¿cómo hizo Kevin Castro para escribir un poema sentimental con la frialdad de todos estos elementos? Hay algo tonal que modula estos materiales fríos, los entibia y los ablanda, los afecta –en el sentido de una carga emotiva, pero también de un tacto–, al punto tal de que, por lo bajo, se tensa una cuerda sonora, un hilo que afina en otra tónica la acústica del poema sentimental –incluso como impugnación: aunque sean “una mierda las canciones de amor”–.

 

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Cada página de Norcorea es distinta de la anterior: tipografías heterogéneas, oscilaciones entre la prosa y el verso, alineaciones diversas, interlineados, sangrías, caracteres, signos y símbolos del teclado, dibujos y fotocopias de poemas escritos a mano, e-mails, cartas, mensajes de celular, soportes alternantes. Experiencia gráfica de la poesía: el poema como viñeta, como articulación del dibujo y la letra. O bien exhibición plástica de la escritura íntima: maleabilidad del cuaderno. Igual que esos dibujitos que aparecen en los diarios de Kafka o Kurt Cobain, los poemas de Castro están intervenidos con ilustraciones, como si la escritura y el dibujo formaran un continuo, dejaran una misma estela. La lectura que propone Norcorea es la de un fanzine: ya no la poesía como género y el poema como objeto, sino la poesía como universo abierto a la multiplicidad del trazo, a la recolección y montaje de imágenes, a la experiencia tipográfica y, por lo tanto, al diseño. Norcorea es un libro que se transmuta con tan solo hojearlo: se ablanda, su contenido flexibiliza su formato, recrea desde la ternura infantil, el delirio cuántico, la proclama política del punk, el registro naif indiferente, casual, y a la vez la meticulosidad y el detalle.

 

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Norcorea: libro álbum, como los que venían en los CDs. Su plasticidad es –también, entonces– musical: la progresión. No tiene centro ni estribillos: nunca vuelve al mismo punto. El efecto de lectura es invariablemente efecto de escucha: la del algoritmo de Youtube, que arma estelas de derivas asociativas entre bandas y géneros musicales. Los poemas son tránsitos de este tipo: escuchamos Babasónicos, y luego Patti Smith, y luego Nirvana, y luego The Strokes, y luego The White Stripes, y luego Artic Monkeys. El libro es un motor de búsqueda sonora: Norcorea es un canal, una radioemisora en verso, donde los poemas reenvían unos a otros como hipervínculos musicales, bajo la certeza de que si nos gusta uno, nos va a gustar el siguiente.

 

#### (intermedio con poema)

 

 

Mi vida ya no es lo de antes

 

hay una mesa en mi cuarto

 

encima de la mesa hay una plato lleno de hormigas

 

encima del plato hay un monumento en honor a una batalla que aún no se ha peleado con estatuas de héroes que aún no han caído

 

encima del monumento hay un coliseo y en el coliseo hay un concierto de rock donde tocan arctic monkeys & the strokes & the deathset & white stripes

 

encima del coliseo hay 3 edificios: uno se llama ‘yo soy el hombre del clima’ / otro se llama ‘los niños todos deben ser sacrificados’ / otro se llama ‘cesárea tinajero’ o ‘meg white’

 

encima de los edificios hay un campo de fútbol donde juegan ‘los amigos del sr presidente’ contra ‘los amigos de la excma sra primera ministra’ y el score parcial es 1969 a 476

 

encima del campo de fútbol hay 1 pagoda de 19 pisos dentro de la cual hay 19 orgías (1 por c/ piso) que constan básicamente de 1 hombre heterosexual + 1 hombre bisexual + 1 mujer homosexual + 1 lagarto por c/ orgía

 

encima de la pagoda de 19 pisos hay una piscina inmensa cuya agua negrísima no es oro negro sino el llanto o la meada de los niños del futuro (los niños del futuro lloran por sus abuelos que somos nosotros)

 

encima de la piscina hay una antena de 1km de altura que provee de tecnología digital a todo el continente de laurasia

 

encima de la antena hay un planeta llamado ‘todos mis amigos han muerto y yo he venido a ti para besar tus piernas’

 

encima del planeta hay niño tiritando en la más profunda y mierdosa de las soledades

 

todo en perfecto equilibrio

 

 

####

Números, porcentajes, temperaturas, velocidades, cifras, cantidades, duraciones, fechas, valores: “tengo 33 nuevas razones para no suicidarme”. Y a la vez, la indeterminación radical: “no sé si viviré lo suficiente para escribir un poema como un manual para montar caballos”. La poesía de Kevin Castro parece brotar precisamente de ese intersticio entre la precisión milimétrica y la multiplicidad heterogénea del sentido poético. Ya no la yuxtaposición, sino la verticalidad de lo múltiple en “perfecto equilibrio”. Una cosa encima de la otra: lo apilado, lo que podría desmoronarse pero no. Como decía Baudelaire: construir encima de la punta de una aguja.

 

##### (final)

En un momento leemos: “: : las ruinas no son poemas/ el tiempo las ha destruido : :”. La indeterminación es el pacto de la poesía para la inmortalidad: porque puede ser cualquier cosa en cualquier momento, el devenir temporal no podría obrar como erosión sobre la materia del poema. “Algunas cosas se ponen borrosas/ mi cuerpo se mueve en la misma dirección que el viento”. Ahí está: el tiempo no puede derruir el viento como se corroe un cuerpo, como se deteriora una piedra. Por eso, Norcorea propone explorar esos avatares cósmicos de la materia: del número a la letra, de la letra al trazo, del trazo a los símbolos del teclado, del teclado otra vez al número. La poesía como una práctica del movimiento incesante, expansivo, universal: no puede haber quietud ni estatismo en Norcorea. “Norcorea”, como decir: cualquier lugar, da lo mismo. Porque en definitiva no podemos reposar en el suelo de la definición, cercar ni aislar la geografía de este territorio poético: damos vuelta la página y ya estamos en otro.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646