septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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¿Nos conocemos?
Las citas, de Sebastián Hernaiz, Buenos Aires, 17 grises, 2016.

Todo libro es una proclama, y este, Las citas, tiene el gesto de rebeldía adolescente, si no el de travesura infantil. Como si su autor lo pusiera a la vista y se escondiera detrás para espiar qué pasa cuando lo levantamos y lo abrimos.

            Las citas es una narración construida enteramente con conversaciones de chat de Facebook. Su protagonista (elijo llamarlo así porque es el único personaje que se sostiene a lo largo de los tres capítulos), Sebastián H., conversa con tres mujeres, Luciana, Mariela y Belén, con quienes tiene encuentros (¿citas?) virtuales. Si en algún caso la cita presencial se concreta, su narración queda a un lado: el mundo que se muestra en esta historia, es el de la virtualidad; el otro, se imagina.

            Tuve la fortuna de asistir a la presentación que se hizo del libro en la ciudad de La Plata, en El Espacio. Allí, el autor, el editor (Maximiliano Crespi) y la presentadora (Verónica Luna) conversaron largamente con el público sobre distintos aspectos que se fueron desprendiendo de la lectura de Las citas. Mucho de lo escrito en esta reseña debe entenderse dentro del marco de esas discusiones, por lo que referiré a esa cita (presencial) literaria en más de una oportunidad.

            Para hablar finalmente del libro, adoptaré, por una cuestión de comodidad, el principio metodológico del desglosamiento o la descuartización:

 

Sobre el género:

            Fue una de las discusiones que surgió en la presentación. ¿Las citas es una novela? ¿Son relatos breves? La tapa del libro podría darnos el encuadre que pedimos, pero la categoría que ofrece es algo amplia: Narrativa.

Los principios narrativos del texto están claros: hay tres historias, o una historia dividida en tres partes, que se va construyendo a partir de las conversaciones. Según el mismo Hernaiz, “en línea directa con Puig”, Las citas construye un relato a partir de los diálogos.

Hay, en cada uno de los capítulos, un interesante trabajo con la tensión, que, a mi parecer, se instala especialmente en la programación de los encuentros presenciales y en el dato (más oculto, más explícito) sobre el que concluyen los conflictos de las charlas: el estado civil de Sebastián H.

            En todo caso, podemos pensar que la pertenencia al mundo de la novela o del cuento es una discusión que, por suerte, no está saldada, ya que cerrar Las citas en una categoría genérica sin dejar lugar a dudas sería, de algún modo, comenzar a obturar su irreverencia.

 

Sobre el narrador:

            Se habló de la ausencia de narrador, que es quizás la más evidente particularidad en la construcción de esta historia. El punto no es haber usado fragmentos crudos de las redes sociales como parte del texto en cuestión, sino el hecho de que no existe, o al menos no explícitamente, mediador. No hay, se ha dicho, ni siquiera sugerida, una voz que hilvane las voces que conversan.

            Ahora bien, ausente en apariencia, yo creo que esa voz sí existe, y que la originalidad de la narración radica en haberla ubicado por fuera de la trama. Las conversaciones se leen desde un imaginario social construido, que permite ubicar a los personajes, predecirlos, y también describirlos y juzgarlos. Si somos espías de estas conversaciones ajenas, la mirada que reconstruye esas charlas es un punto de vista cultural (¿el “sentido común”?) que todos, lectores y personajes, reconocemos, y que hilvana u ordena la historia, le da significado, forma y contexto.

 

Sobre la franja etaria de pertenencia del lector:

            Otra preocupación que se discutió en El espacio tiene que ver con la recepción. ¿Cómo leerá Las citas un lector de quince años? ¿Y uno de setenta? La pregunta circuló en torno a una hipótesis que no comparto: que el lector de quince años estaría más familiarizado con la dinámica del chat, mientras que un lector de setenta leería en el formato el artificio del texto.

            La verdadera pregunta, quizás, debería rondar no en torno a la franja etaria del lector sino a cómo funcionan en la literatura las marcas de época. Sabemos de la vertiginosidad con la que fluyen los cambios en los soportes tecnológicos de la comunicación, que impactan directamente en las transformaciones de los modos y  las redes sociales. Entonces, ¿Cómo se leerá Las citas cuando los lectores ya no nos reconozcamos en el chat de Facebook? (Teniendo en cuenta que ese futuro puede ser en pocos meses). ¿Corre el libro el riesgo de quedar ligado a un modo puntual de comunicación y, por tanto, envejecer a la par? Aquello que hay de atractivo en ver uno de los modos cotidianos para la conversación convertido en materia literaturizable, ¿se sostendrá en el tiempo? ¿Por cuánto tiempo?

            Por otro lado, no pude evitar caer en la tentación de acercar el libro a una adolescente de diecisiete años, quien lo hojeó, se sorprendió, leyó un fragmento y dio su veredicto: “pensé que iba a estar bueno, pero hablan como viejos”. Los personajes de Las citas no son adolescentes, y más allá del formato, ni el registro ni las líneas argumentales por la que el texto avanza pueden identificarse exclusivamente con los intereses juveniles. Es pertinente entonces evaluar cuál es el verdadero impacto que el formato del libro tiene en el lector, comparándolo con otras cuestiones de identificación que, en todo caso, sí creo que podrían hacer huella en la recepción, y que tienen más que ver con la pertenencia a una clase social y a la vida en la ciudad.

           

Sobre el verosímil:

            Hay en Las citas un trabajo minucioso en términos de la construcción del verosímil. Por un lado, la laboriosidad puesta en juego para encontrar el registro.

El protagonista, Sebastián H, mantiene el tono a lo largo de las tres conversaciones. A partir de su lenguaje, del cómo y del qué, podemos pensarlo como personaje, reconstruir su entorno, su pertenencia social, su época.

Las mujeres tienen sus matices. Luciana Ch, la primera, es una joven madre que vive en San Martín, estudia en el Alicia Moreau de Justo, no sale mucho y le gusta tomar mate. El registro de Luciana Ch es relajado pero a su vez, contenido. Se refiere a sí misma siempre a partir de situaciones o personas externas (de su entorno, pero externas a ella misma). Podemos leer en este personaje gestos de cansancio o de resignación, y por eso, la contundencia con la que da por cerrada la conversación cuando Sebastián H expone su compromiso amoroso.

Mariela L es la que aparenta ser la más espontánea de las tres. Es escritora, nacida en Coronel Pringles, anda en bicicleta y hace yoga. Relajada, divertida, asumiendo sin culpa sus gustos mundanos:

“A mí dame naturaleza, aunque sea un pedacito, amor, un perro, libros y

una computadora. Y no pido más.

eso sí, tengo el placard que se me cae de ropa, perfumes, cremas,

collares, como si saliera todos los días!!

es una mezcla rara.”

                        Su modo del decir va construyendo el perfil de una mujer urbana, moderna, que sin embargo muestra haberse sentido traicionada cuando reclama que se rompieron ciertos códigos de Facebook que, aunque no estén escritos, todo usuario de las redes sociales debería saber. Es un personaje que no deja de transitar cierto modo del patetismo y, a través suyo, el escenario de época se vuelve también pretencioso y vulnerable.

            Belén C.M., la última, es música, ex estudiante de Puán. ¿Es la más joven? Hay algo en su discurso que presume comodidad con el modo, con el soporte virtual. Sin vueltas para hablar de ella, ni del lugar en que vive, ni de ofrecer su casa. Es la única de las tres historias que deja una sensación de fragmentariedad, de estar incompleta, de necesitar una conversación de cierre. También ese aspecto juega con el verosímil, porque se entiende que el chat que aparece en Las citas es solo un mundo, que se completa con el presencial.

            Además del registro en la composición de los personajes, la verosimilitud se trabaja también en las marcas temporales. La indicación de la hora y minutos de cada publicación permite trazar una línea de tiempo en el relato de los hechos. La rigurosidad y coherencia de este trazado pone nuevamente al texto al borde de pensar en una conversación real, en tiempos reales.

 

Sobre el campo intelectual:

            Tiene que ver también con el verosímil, pero está claro que, más allá de los afectos y los conocidos, cada quién arma su lista de contactos en las redes sociales de acuerdo a sus intereses afines. Y si Sebastián H es escritor de literatura, su entorno entonces tendrá que ver con el mundo literario. Eso obliga a la trama a restringir su poder simbólico un punto más: ya no es cuestión de edades, ni de marcas de época, ni de clases sociales, el mundo que se construye en este libro (conocido también como “el mundillo”) es el de la literatura o, a lo sumo, las artes. Eso permite que aparezcan con comodidad en el diálogo, adjetivos como “barthesiano”, que se hagan apelaciones a Nietzsche, Durkheim, o que se use una manera irónica y creativa para ir armando la conversación.

            Ese narrador que no existe pero que hilvana los diálogos, sabe perfectamente bien a qué apunta cuando piensa el campo intelectual. Los personajes, aparentemente relajados en una charla por internet, se están construyendo a sí mismos frente al otro, y estas construcciones responden en muchos sentidos al “deber ser” urbano cultural.

 

Sobre el amor y la moral:

            Las citas no es una novela de amor. Sin embargo, el tópico de la soledad y la necesidad del otro intervienen, aún a pesar de los mismos personajes. La decepción de estas mujeres, que imaginaban estar empezando con Sebastián H. una relación que tomaría, o no, con el tiempo alguna forma del amor, queda a la vista en sus reacciones. Podemos leer una contradicción entre la imagen de un mundo moderno, librepensante y descontracturado que se desprende de las conversaciones, y las reacciones que la idea de la relación que Sebastián H. propone, provocan. ¿A quiénes apunta la crítica? ¿Al género femenino? ¿A la época? ¿Al mundo urbano? ¿Al mundo Puán?

             Las citas subraya la vigencia de ciertos valores morales que están socialmente asentados como principios humanos, como bases para la consideración del otro. Recuerdo una conversación de hace unos años entre dos jóvenes mujeres, que  resume esta hipótesis: “La fidelidad es un invento del capitalismo burgués” dijo una; “Sí,” respondió la otra, “pero los cuernos, duelen”.

 

Sobre la literatura y la verdad:

            El valor de verdad sobre el que el texto se construye es una apuesta fuerte en el libro. Hernaiz lo subraya todo el tiempo. En primer lugar, el protagonista lleva su nombre. A partir de allí, comienzan a aparecer muchos puntos que juegan con esta identificación. Sebastián H. le manda a Mariela L. el pdf de El prejuicio del sexo. Sabemos que Hernaiz publicó un libro llamado así. Belén C.M. encuentra en el muro de Sebastián H. una publicación sobre Vicky Xipolitakis que puede rastrearse en el muro de Hernaiz. La descripción de la foto de perfil de Sebastián H. responde a la foto del autor en la solapa del libro.

            Se abre entonces una discusión interesante sobre el valor de verdad, o la importancia del valor de verdad entre la vida y la literatura. Alguien preguntó en la presentación si el autor había trabajado los textos o había simplemente copiado y pegado de su chat las conversaciones. Si el mejor trabajo es el que no se nota, entonces la labor de construcción literaria en Las citas es impecable. La correspondencia con la realidad sigue sirviendo, en la literatura y el cine, para alimentar ciertas lecturas estimuladas por el morbo y la necesidad milenaria de meter las narices en la vida ajena. Hernaiz juega con eso trazando límites casi invisibles, que nos obligan a cuestionar nuestras lecturas y nuestro lugar como lectores.

 

 

            El valor literario de Las citas, entonces, excede lo obvio: el uso de textos propios de las redes sociales en el armado de la narración literaria. ¿Y si las historias que se cuentan son las que suceden por fuera del chat? Eso convertiría a este libro en el ejemplo más perfecto de la tan transitada teoría del iceberg. Si desentrañamos el modo en que personajes e historia se construyen, vemos que Hernaiz pone en juego (como el escultor que trabaja con hierros retorcidos) muchos modos conocidos del hacer literatura, aunque en este caso, bajo otra apariencia. El resultado es un libro divertido, raro, ágil, crítico. Debemos leer a través, y dejar que nos interpele.

 

 

(Actualización julio – agosto 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646