septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Nueve cuentos y una coartada
Sueños a 90 centavos, de Violeta Gorodischer, Buenos Aires, Seix Barral, 2015.

Hay algo que está muy bien en este libro: Violeta Gorodischer no parece urgida por agregarle a su narrativa esa estudiada –y previsible–   discontinuidad del verosímil que suele tener los cuentos de Samanta Schweblin. El paralelismo entre estas autoras no es caprichoso. Ambas tienen edades contiguas, estudiaron en la UBA           –distintas carreras– y ganaron el premio de fomento a la producción del Fondo Nacional de las Artes.

Los giros oscuros y del orden de lo fantástico en Schweblin no aparecen en Gorodischer. Sus historias        –muchas veces protagonizadas por “niñas ricas que tienen tristeza”– navegan, o más bien naufragan en un océano templado, sin estridencias. Digo: los actantes naufragan, no la autora, que parece tener todo, quizás demasiado, controlado. No está mal, al fin de cuentas esa es una de las prerrogativas de un buen escritor. Violeta sabe manejar sus criaturas y también de qué quiere hablar; no se concentra solo en los episodios, sino que cada una de las situaciones narradas parece estar en función de un tema universal. Esto a veces se traduce –como bien puntualizó ella misma en una entrevista– en el ejercicio de mostrar la vulnerabilidad psíquica de sus personajes.

Así nos encontramos con “Exilio naturista”, cuya protagonista hace un esfuerzo físico y mental por mantener una historia sentimental en el que las cartas parecen echadas. Pese a todo ella insiste en poner el cuerpo:

 

Apenas cerramos la puerta Federico me sacó la bikini y me tiró sobre la cama. Me dio vuelta y las sábanas se pegaron a los cuerpos húmedos. Iba a pedirle el lubricante pero no me dio tiempo. Apenas si me ayudó a levantar la pelvis, sin flexionar del todo las rodillas. ¿Te gusta?, preguntó en voz baja. Me mordí los labios para aguantar el dolor y cerré los ojos mientras se me caían las lágrimas.(…) Aguanté porque se lo merecía. Cuando terminó, me di vuelta para abrazarlo. Me acerqué a su oído: ahora por adelante. Pero él dijo no tengo ganas. Y se recostó de espaldas a mí.

 

Así están las cosas en la economía de la relación: ella aguanta porque presupone que él merece diversos tipos de esfuerzos. Posición similar a la que presenciamos en “Pelopincho” anteúltimo relato del libro:

Metete conmigo, dije, pero vos no querías. Nunca querías. Cambiaste el hip hop francés, siempre había algo tuyo que yo no entendía del todo. Cerraste la revista con un suspiro. Te sacaste la remera y me llegó una ráfaga de tu transpiración ácida, fuerte. Pura testosterona para mí. Miraste la hora y yo insistí hasta tenerte adentro. (…) Al final decidiste entrar y te apoyaste contra el borde. La manguera seguí abierta y me apuntaste ahí para divertirte. Abrí las piernas y te dejé hasta que no aguanté más. (…) Sumergí la cabeza y te busqué hasta tenerte en mi boca, llenarme la boca, quería quedarme sin aire para darte lo que necesitaras, lo que te hiciera feliz.

 

“Aguanté porque se lo merecía.” O “(…) quería quedarme sin aire para darte lo que necesitaras, lo que te hiciera feliz.” parecen frases extraídas de una misma narración.  Ambas mujeres se completan en el deseo del otro y ese otro adquiere los contornos de una figura masculina un tanto insípida, desganada o autómata. Hay muchas parejas así y Gorodischer las retrata sin buscar –ni encontrar– ningún tipo de exoneración. Esto no deja de ser una virtud, porque escapa a cierto lugar común dominante donde está mal visto que un personaje femenino muestre su docilidad sin buscar con eso algún mensaje redentor. Siguiendo con esta línea nos encontramos con “Mamushkas”. Aquí Helena asiste a un hipotético desfile de maternidades, con sus treinta y seis años a cuesta y un amante –más furtivo que presente–  con el cual presupone que quizás pueda forzar las cosas para cumplir el mandato social femenino por excelencia. Y sin embargo nada ocurre, porque el relato pareciera iniciarse y concluir en una temporalidad sin momentos bisagras. En cambio en “Un novio para Rita” cada dos o tres párrafos nos topamos con giros, motorizados por el ánimo ciclotímico de la narradora. Sin embargo el tono pareciera similar al de los otros cuentos porque siempre se privilegia la mesura recursiva. Como si todos los cuentos tuvieran una especie de condenser que ecualizara en un mismo tono a todas las voces narrativas. Este trabajo de edición –con la ambigüedad musical del término– muestra que la pluma de la autora deja poco espacio para la desmesura. Una decisión estética inobjetable, pero… “O sea no escribís mal, pero creo que le falta…” dice una periodista rubia en “Hombres bomba”, cuento con el que cierra el libro. Este relato, donde Violeta Gorodischer arremete contra los “ególatras” de Puan, que no soportan ni una crítica, funciona como coartada perfecta. Perfecta porque lo que dice está muy bien, perfecta porque la cita está en la anteúltima página. Juego un poco, si Violeta estuviera delante de mí le diría: no escribís mal, pero creo que le falta un relato –o al menos una escena– que haga estallar ese bloque uniforme, alguna pincelada que se salga de la rectitud narrativa. Hay momentos, frases donde la Literatura aparece como un artefacto que aplasta la voz narrativa. “Ella le devuelve una mirada glacial”  o “Una pesadilla kafkiana en versión latina Sueños a 90 centavos, de Violeta Gorodischer, Buenos Aires, seix Barral, 2016. son dos muestras de que el precio de mantener un  tono adusto implica perder autenticidad. Como si la escritora –en espejo con la docilidad femenina de sus personajes– también se “la aguantara”, utilizando formulas cargadas de Literatura, para que el lector no se enoje. Quizás exagero, porque hay una secuencia donde Gorodischer se saca esa especie de corsé que a veces limita sus desplazamientos. Hablo del cuento “Sudán divino tesoro”. Ana es una estudiante varada en Tijuana. Se sube a un taxi, hay un episodio confuso con unos cartoneros que le quieren robar, ella le ruega a taxista que arranque, este –quizás sorpresivamente– le hace caso y se alejan. Finalmente el taxista le dice que llegaron que la deja a media cuadra del hotel para no tomar en contramano. Ella saluda al hombre con la mano y se culpa “por haber sido tan prejuiciosa con él.” Juego interesante porque el lector también creía que la historia iba a caer en la complicidad taxista-ladrones al estilo “Pizza, birra y faso”. Pero no. Sin embargo la cosa no queda ahí:

 

Escuchó el acelerador a sus espaldas y caminó arrastrando la valija. Los pantalones pegados al cuerpo. Un leve mareo y seguir avanzando. Pero entonces, casi llegando a la otra esquina, un local de hamburguesas y puros edificios alrededor. En la vereda de enfrente, casas y casas y más casas. Su hotel no asomaba por ningún lado. Sacó el papel con la dirección exacta. Cuando vio la altura de la calle, Ana descubrió que el taxista la había dejado a más de treinta cuadras.

 

Y allí quedamos, junto a Ana, perdidos en una calle de Tijuana, porque la resolución son unos hipotéticos puntos suspensivos que podrían seguir a la palabra “cuadras”. Este creo es el mejor momento de un libro parejo, como dije, demasiado parejo y hasta estudiadamente parejo. Sin embargo y para que la coartada instalada en el cuento “Hombres bombas” cumpla su razón de ser, pueden borrar las líneas donde aparecen algunas objeciones.   

 

        (Actualización julio - agosto 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646