septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Como los tics de un reloj cósmico
El arponero del aire, de Maximiliano Costagliola, Buenos Aires, Seix Barral, 2016.

1. En relatividad, los observadores en el tren y en el andén discreparían sobre la distancia que ha recorrido la luz y, como la velocidad es la distancia dividida por el tiempo¸ la única manera para que pudiera coincidir en el valor de la velocidad de la luz sería que discreparan en el tiempo transcurrido.

2. Si la luz viajara con velocidad infinita, en la tierra veríamos los eclipses a intervalos regulares, exactamente en el mismo momento en que se producen, como los tics de un reloj cósmico. Como la luz recorrería instantáneamente cualquier distancia, esta situación no cambiaría si Júpiter se acercara o alejara de la tierra.

 

El arponero del aire, de Maximiliano Costagliola, podría pensarse como una obsesión literaria por explorar esas imágenes que describe Stephen Hawking en una hermosa traducción para ignorantes de la física, la matemática, astronomía, y demás ciencias de lo in-inimaginable ficticio (en nuestra propia traducción salvaje de ese mundo al terreno de lo artístico). El arponero del aire podría ser, entonces, un apéndice de Brevísima historia del tiempo, o bien continuar la línea abierta por autores como Borges, Saer, Ocampo, Aira, Vanasco, donde el tiempo es la materia obsesiva con y contra la que se trabaja para que la lengua se vuelva resistente a su carácter fatalmente sucesivo, y lo suspenda a intervalos fugaces.

            Ahora bien, el drama de comienzo es el abismo de una decisión como demora del acto: la puesta en marcha, nuevamente, luego de diez años, de un reloj. El narrador ya nos ha presentado a su alter ego Frac Tireur, y pronto sabremos que ese reloj fue detenido cuando nuestro personaje identificó que en su vida faltarían para siempre no solo cinco horas, sino una madrugada, la del 14 de julio 1999. Para entonces hemos advertido algunas cuestiones: Franc Tireur surgirá luego de esa alquimia del tiempo regida por la administración de los husos horarios; lo que hasta allí leímos fue la displicencia de un joven egresado de Ciencias Políticas que en 1999 decide viajar a Madrid por sugerencia de una amiga, Ivana, escapando de un futuro próximo más aplastante que la rutina, y que cree individualmente signado; pero antes de eso, a su vez, leemos una voz que ya no es ese joven del ’99, y que delinea el cuerpo del ventrílocuo: “Lamento defraudarlos pero la historia de mi álter ego no es un policial”. De modo que entre el bebé que nace en la cabina presurizada de un avión, en un vuelo a España en 1975, el licenciado en Ciencias Políticas y Franc Tireur, un nom de guerre para destruir aviones virtuales, e imaginar que se bajan aviones desde una terraza, se aloja este narrador que continúa: “Lo siento, mi imaginación no tiene tanto vuelo (¡cómo detesto utilizar esa palabra en sentido metafórico!). Quedan advertidos”. Luego de que pierda esas cinco horas o más bien, esa madrugada, el nacimiento a 30.000 pies de altura se resinifica y se gesta Franc Tireur.

Lo que sigue son tres momentos de una misma aventura, buscar “los tics de un reloj cósmico” donde el tiempo no nos juegue, nunca, la mala pasada de mostrársenos a nosotros mismos como forma de la pérdida. Vemos a Franc Tireur viviendo un año en el aire. Sin metáforas. El “becado del aire”, el pasajero de honor de Aerolíneas Argentinas, cuenta con pasajes gratis de por vida, de modo que decide moverse constantemente hacia los puntos ¿extremos? de las rutas de vuelo, adelantar el tiempo hacia el este, recuperarlo, adelantarlo nuevamente. El viajero conoce a la perfección la lógica de un espacio curvado, los círculos máximos, las distancias mínimas, los beneficios de la teoría de la relatividad a su vida aérea. Vemos a Franc Tireur de regreso en Argentina, viviendo en la secta “La hermandad de los Navegadores del Espacio Cósmico”, para la cual Jesús no es Cristo el que murió por todos nosotros, sino el gemelo de la fórmula einsteiniana que regresará del espacio intergaláctico. Vemos a Franc Tireur huir de la secta con una idea en mente: enamorar mujeres que abandona cuando justo creían que iban a formar una familia. Vemos a Franc Tireur como un autista pasando casi 8 horas frente a una pantalla que dispara contra los aviones.

            Entonces ya no estamos frente a una novela de problemas filosóficos en torno al tiempo, sino en la trama de un narrador obsesivo, insoportable, cínico por momentos, neurótico, algo tarado. El narrador se empeña en calcular el efecto de sus palabras, constantemente aclararnos el alcance de un chiste, los matices de un pensamiento; es un narrador que aunque quiera, no puede verse fuera de sí, que no nos puede dejar solos, como el psicótico que gira la cabeza en un sesión de diván para comprobar que su analista sigue allí. En la novela, el personaje casi nunca está solo: en vuelos, en aeropuertos, en una secta cristiano-futurista, en cibers, cazando mujeres para hacerles perder el tiempo, y a su vez, nunca es-con otros.

Esa es una de las paradojas que la novela nos propone: se circula por la comunidad pero nada sobrepasa el intercambio, no hay carnadura, intensidades. Lo dice como contraparte del famoso piloto Erich Hartmann, quien había derribado 352 aviones de combate: “Sin un grupo de pertenencia no hay, obviamente, lugar para la comunión ni para el sacrificio solidario”. Franc Tireur, el alter ego de nuestro narrador, no ha derribado ninguno, pero lo expone como su deseo más ardiente. Dinamitar todas las ballenas voladoras en ese mar invertido, no lamentarse de encontrar los restos de sus muertos, muñones, tripas. La posibilidad de imaginarse destructor no se anuda a pasiones políticas, religiosas, bélicas, en suma, en ninguna racionalidad colectiva. Es que Franc Tireur ha nacido cayendo:

 

Toda una metáfora de la vida. Uno en realidad no salta sino que cae al mundo; es más, a partir de ese momento no para de caer. Desde 30.000 pies de altura lo único que queda por hacer es caer.

 

Esa forma de la in-comunidad del personaje es el alojo de una tensión. 1999: un egresado de Ciencias Políticas vuela a Madrid porque, entre otras cosas, la vida de profesor en escuelas medias de conurbano no ofrece mejores posibilidades, y los “posgrados de luxe” son impagables, pero esa es apenas una razón que no interesa a nadie, o mejor dicho, la narración hace bien en volverla poco y nada interesante. Creo que en el momento de narrar ese acto se abre la distancia más interesante entre alter ego / narrador y quien escribe. En ese momento de la novela, quien escribe toma fuerte las riendas de su personaje para no ceder a la tentación de un sentimiento colectivo que excedería a un narrador casi tarado, capaz de pasar más de diez horas en un juego virtual sumando puntos por disparar a aviones con un solo movimiento. Quien lee, organiza los datos del narrador como una imagen metonímica del sentimiento colectivo frente a la desintegración de un Estado. Pero el efecto no se produce.

            El narrador, luego Fran Tireur, cree que el motor de sus acciones es el trauma de nacimiento. Claro que los vuelos no cesan de defraudarlo: 

 

Me quedé estupefacto al ver su dictamen: las 04:15hs. En un acto reflejo sacudí mi brazo izquierdo para liberar la pantalla del Citizen oculto bajo el suéter y poder corroborar la hora que marcaba: las 23.15hs. Ensimismado, contemplé alternativamente los dos relojes. No podía entender. Por supuesto que sabía que en España había otro uso horario, pero una cosa era saberlo y otra muy distinta vivirlo. Mi viejo Citizen jamás había atrasado ni adelantado un segundo. Así que indicaba las doce horas y cuarto que había demorado en el aeropuerto: doce horas y cuarenta y cinco minutos. Me habían escamoteado una madrugada. Peor aún: había sido trasplantado a otro día: el 14 de julio de 1999.

 

Lo irrecuperable no son las horas, una cantidad sopesable, calculable, sino la exacta madrugada del 14 de julio de 1999 cuya experiencia no ha tenido lugar. Esa madrugada que no existió aunque se haya transcurrido (¿es posible tal cosa, se pregunta el narrador?) es in-intercambiable con la madrugada-tarde-noche-mañana del día “x” en que regrese hacia el oeste y recupere las cinco horas perdidas. 

            Franc Tireur no estará jamás solo: en vuelos, en aeropuertos, durmiendo donde no habita, en clínicas o momentáneos hoteles VIP. Incluso trabajará por algún tiempo en un aeropuerto y conseguirá vivir allí con comodidades más dignas que la precaria higiene provista en otras instancias. La vida en los aires, y entre-horas es la radicalización extrema de esa madrugada perdida, porque no hay experiencias de ese tiempo, como antes no se había tenido experiencia del pasaje entre las 23.15hs y las 04.30hs. Por eso Franc Tireur no puede derribar aviones como Erich Hartmann.  

La segunda paradoja de la novela es una forma de perder el tiempo que no atraviesa las derivas de la lentitud, sino la aceleración. Uno de los procedimientos que más usaron las artes narrativas para trabajar con la imagen-tiempo fue la demora. El cine y la literatura encontraron en ello una resistencia a los paradigmas eficientistas del consumo cultural como mercancía. El arponero del aire va por otro lado; construye un relato vertiginoso, con una estructura que por momentos se acerca a la novela de aventura: peripecias y obstáculos, incluso identidades falsas, engaños, mientras nos ilusiona con convertirse en una novela de iniciación. El quiebre se produce cuando Franc Tireur sueña la conversación entre un científico y un inversor; el científico explica:

El invento ha fallado. No hemos conseguido que el hombre viaje a través del tiempo, solo hemos logrado que viaje en el tiempo. (…) La máquina no sustrae al hombre del tiempo, no lo desengancha. No le permite viajar al pasado ni al futuro, tampoco lo instala en un pliegue temporal, simplemente lo traslada de un lado a otro. Es cierto que dados los diferentes husos horarios podríamos pensar, falsamente desde luego, que si se viaja hacia el este se viaja hacia el futuro y si se lo hace en dirección al oeste se viaja hacia el pasado. Pero toda la farsa se derrumba cuando decidimos regresar y descubrimos que la máquina no nos deposita en el mismo momento en que vivíamos cuando nos subieron, que es lo que se supone debe hacer una máquina del tiempo. 

           

La certeza de que frases como “ahorrar el tiempo” son un oxímoron, implosiona la posibilidad de un pacto entre el narrador y su situación. Retrospectivamente se impondrá un mantra: “El tiempo es la inquietud del ser”, tomada de “un tal Neuhäusler”. Así que todo es constante menos el tiempo, se dice Franc Tireur, y lo acelera hasta volverlo un giro en falso, un vuelo non-stop, una nueva rutina insípida como cazador de mujeres: una venganza contra las teorías modernas. La aventura de encontrar una forma del tiempo como “los tics de un reloj cósmico” está cerca de devenir su contrario, radicalizar la relatividad. Pero hay que esperar al final para saber qué hace con su Citizen detenido a las 23.15hs del 13/07/1999, ¿o es que lo detuvo ya en la madrugada del 14 de julio? La peripecia, después de todo, siempre aloja alguna forma de redención.

 

(Actualización julio - agosto 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646