septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Un potlatch contenido
Un perro solo, de Melina Knoll, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2016

Antes de empezar la lectura, todo parece encontrarse en ruinas y la narración de ese colectivo de vidas no es sino la de la resaca del desastre. Sin embargo, sentimos o llegamos a intuir, la cadena del Mal aún no se ha cortado y la sucesión del tiempo de las pequeñas catástrofes todavía conserva su fuerza para destruir aquellas vidas ya hace mucho arrasadas. Melina Knoll demuestra en Un perro solo una gran capacidad y cintura para manejar el tiempo, su devenir, sus tonos, sus atmósferas y sus voces. “El primer deber del investigador”, afirmaba Tomashevski en “Sobre el verso”, “es observar la entonación del verso”. Osvaldo Lamborghini, recordaba su amigo Héctor Libertella en Zettel, escribió: "La Argentina no es ninguna raza ni nacionalidad, sino puro estilo y lengua". En aquel cuaderno póstumo, Libertella convertía el fulgor de Lamborghini en la primera pieza de un silogismo lógico de la identidad nacional: “¿Un país -dice- al que sólo hay que presentar con fraseo? Sería acaso como asumir un pathos (no querer ser Nación, no llegar a construirse como Sistema) y entonces tener el privilegio de permitirse todo lo demás, con la mayor autoridad y nobleza. Como decir en vez de nación entonación”. Melina Knoll descubrió para esta, su primera novela editada, una entonación del tiempo que recuerda la imposibilidad de quebrar la junción del espacio y el tiempo, siendo así, entonces, una nación derruida la que se manifiesta en esa entonación leve aunque determinantemente negativa. “No estoy viviendo / sólo estoy matando el tiempo”, cantaba Thom Yorke en “True love waits” y podría ser la consigna o estandarte que regía o aún rige a la mayoría de los personajes y protagonistas del llamado Nuevo Cine Argentino y sus zonas de influencia. Un perro solo podría ubicarse dentro de ese universo precisamente por el manejo del tiempo narrativo y la entonación que con él cubre a los acontecimientos.

En el espacio imaginario que inauguran los dos epígrafes de la novela (“El pasado es otro país, allí la gente / hace las cosas de otro modo” de The Go-Between, de L. P. Hartley y “Los molinos ya no están / pero el viento sigue todavía” de Vincent Van Gogh) se puede leer, tal vez, el destino de sus personajes. Un perro rottweiler une y al mismo tiempo destruye y disuelve esas vidas de las que vamos teniendo noticia a través del modo elíptico y entrecortado del relato. De lo que podemos llegar a reconstruir, sabemos lo siguiente: el matrimonio de Cecilia y Betancourt, un hombre de negocios de buen pasar económico, cae en un sordo abismo emocional después del asesinato de Gino, su hijo, a cargo del perro de la familia, Rhin. Para no sacrificarlo de inmediato y con un estilo por cierto torpe y vano, Cecilia lo erige en la pieza fundamental de su venganza: se lo otorga a Basquet, viejo amante del pueblo de donde ella vino a la Capital y del cual no quiso guardar el recuerdo ni de su nombre propio, para que lo entrene en el violento oficio de matar. Los universos de Cecilia y Betancourt y Basquet y Elizabeth, su mujer, son antagónicos pero confluyen en los ladridos de Rhin, premoniciones de un futuro despiadado: en el secuestro de María Gauss, pequeña hija de Ruth Starhand y Otto Gauss, dueños de un tradicional criadero de Rottweileres, y él, el Señor Gauss, viejo jefe de Betancourt y dueño de un intento de violación brutal de Cecilia, y en su asesinato en los tarascones de Rhin se sellan los días de estas vidas que no terminan de manifestar la desgracia en la que se han conducido.

Quizás símbolos de un estadio intermedio de la dialéctica vital, con certeza avisos de un desenlace inmediato nada amable, predominan en el texto las construcciones sintácticas negativas. En todo caso, el relato coloca el desarrollo de sus personajes en el umbral del tiempo decisivo y final dentro de una atmósfera enrarecida y densa que no contribuye sino, paradójicamente, a la fluidez de la lectura. Los méritos, así, de Melina Knoll son numerosos: no solo ha construido un mundo cerrado y perfecto sino que ha encontrado la paleta de colores precisa y preciosa para narrarlo y conducirlo. Sedientos y angustiados, nosotros, los lectores como los protagonistas de Un perro solo, vamos hacia el final del texto. Dentro de esa violenta fragilidad que se tiende entre la vida humana y la vida animal para unirlos y asemejarlos, el dolor gana terreno como un espectro que conjuga en el presente todos los tiempos pasados y todas las posibilidades futuras. La lectura, en ese sentido, siempre intentará reconstruir aquello no dicho o apenas esbozado, para intentar entender esa catástrofe que no cesa de no acontecer nunca y amenaza el aquí y ahora.

Toda venganza se basa en el ideal de una economía justa. Sin embargo, el devenir animal, el devenir Rottweiller de criadero de los personajes de la novela produce que, en el final, en la clausura de la operación matemática de la venganza, pequeñas astillas vuelen por los aires y dejen flotando en el aire el polvo de lo imperfecto. Como un potlatch contenido, el dolor nunca tendrá saldo. Y el pasado, tampoco.

 

(Actualización julio - agosto 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646