noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Una lengua a muchas voces
El parásito, de Michel Serres, Rosario, Co-lectora, 2015. Traducción de Nicolás Gómez.

La publicación de El parásito, el ya clásico ensayo de Michel Serres (Le parasite, 1980) es feliz y oportuna. Feliz, entre otras cosas, porque la edición es magnífica –la excelente traducción de Nicolás Gómez va acompañada de tres hermosos textos introductorios: dos breves ensayos de lectura de Juan Pablo Gonella y Andrés Palavecino y un trabajo más extenso de Juan Bautista Ritvo: “Michel Serres: el ruido de fondo”–. Y oportuna porque, ciertamente, no podía llegar en mejor momento. Si bien resulta curioso que este libro haya tenido que esperar más de dos décadas para ser reeditado en inglés[1] y más de tres para llegar al castellano, pese a haber sido leído y discutido entre especialistas de diversas disciplinas cuyo trabajo se inscribe en el campo de la hoy llamada “cuestión animal”, también es cierto que encuentra un escenario de recepción inmejorable. En primer lugar, porque constituye un antecedente de primer orden de la corriente crítica posthumanista, cuyos desarrollos tienen gran peso en los debates actuales en torno a los procesos de subjetivación, con todas sus derivaciones biopolíticas, sociohistóricas, epistemológicas. No solo por los núcleos teóricos que Serres espiraladamente despliega sino, y sobre todo, por su reivindicación del ejercicio de la crítica como actividad creadora, transgresora, desmitificadora; por su valoración de la errancia como método de investigación y como arma contracultural. En este sentido, el libro es una pieza clave para armar la historia de la deconstrucción de las perspectivas antropocéntricas, en tanto fue faro para muchos de los pensadores que en las décadas siguientes procuraron reflexionar sobre la presión que ejerce la animalidad sobre los procesos de construcción de saber y, claro está, de poder.  

En segundo lugar, y de modo prospectivo, El parásito ofrece un horizonte promisorio para aquellas vertientes críticas interesadas en ensayar la transdisciplinariedad, aventurándose en la invención y la apropiación conceptual sin renunciar al diálogo crítico y riguroso con la tradición. Un diálogo que Serres practica de modo intensivo, siempre con el objeto de hacer que lo instituido, lo autorizado, hable del presente –del suyo y, por suerte, también del nuestro– y del futuro del conocimiento. El discurso avanza simultáneamente, así, de modo sincrónico y diacrónico, poniendo en contacto producciones distantes o separadas por fronteras disciplinares resistentes. Y esos movimientos hacia afuera dan forma también a la escritura hacia adentro, haciéndola desplegarse en oleadas gracias a la energía de esos huéspedes generosos y, además, inesperados para el lector acostumbrado a la endogamia de las ciencias humanas. Por eso El parásito es un texto difícil de filiar y de clasificar: un ensayo narrativo, un texto crítico arraigado en el terreno de la ficción –sobre todo de la fábula, pero no solo de ella– que elabora una lengua crítica en la que resuenan muchas voces. La voz del discurso científico, con su léxico y sus analogías poderosas; la voz del discurso filosófico despojada de su condición jerárquica de saber de los saberes; la voz de la crítica literaria, asociada a un interés notable por la dimensión figurada y sensible del lenguaje, y también, de modo prominente, la voz de la poesía, con su exigencia formal y su afán de juego. Es deslumbrante la ductilidad del discurso de Serres, capaz de amalgamar todas esas voces –sus diferentes ritmos, formas de sonar y de vibrar, los modos que cada una tiene de evocar los nombres propios de autoridad– manteniéndose siempre, sin embargo, en el carril de la propia investigación.

Y es que la singular arquitectura compositiva del libro, su originalidad formal, no empaña en ningún momento la clara inquietud que lo anima, esto es, intentar dar respuesta a la pregunta por la función de la figura del parásito en la constitución del pensamiento teórico y, de modo simétrico, la pesquisa de las formas parasitarias en que se construye cualquier teoría. El parásito es un ejemplo perfecto de ese doble movimiento –pero entiéndase “ejemplo” en un sentido no ilustrativo: para Serres no se trata nunca de representación; las vinculaciones entre las imágenes y las nociones provenientes de la ciencia y aquellas originadas en la literatura no son directas ni producen equivalencias–. La complejización de esos puentes, que él define como “traducciones”, es la garantía de que, en la sinuosidad del camino, se produzca pensamiento, es decir, de que se organice un sistema allí donde solo había caos e indistinción. “Estamos en un laberinto de imágenes, nunca nos libraremos de esas ilusiones. Dejemos entonces el teatro de las representaciones, que solo cobra seriedad con lo trágico de las metamorfosis en el insostenible horror del devenir-rata” (56). No es casual que el animal aparezca aquí para señalar la interrupción de los procesos figurativos; para Serres la realidad es movimiento y su fijación una ficción fácil de desenmascarar. La figura es la coartada humanista de la mutación, la transfiguración, la desfiguración. La literatura lo pone en evidencia mejor que ningún otro discurso, por eso sus reflexiones suelen tomar como punto de partida un apólogo, despojándolo –como hacía Kafka– de su sustrato simbólico, conservando de la parábola solo aquello que es aparente, silenciando lo trascendente o sustancial para que se puedan oír las relaciones. “Bajo la apariencia del ataque, del robo, de la fuerza, bajo la máscara de los grandes animales, aparece la relación simple del comensal abusivo. Bajo el apólogo habla irreprimiblemente el parasitólogo”. Porque, en efecto, lo esencial no es nunca “ni la imagen ni su sentido pleno, ni la representación ni sus juegos de espejos, lo esencial sigue siendo el sistema de relaciones. Y este es de huésped a huésped” (56). El objeto de estudio, por tanto, no es en sentido estricto el parásito sino lo parasitario.

Para aproximarse, entonces, a ese objeto inestable, Serres apuesta al valor cognitivo de la escritura autopoiética, que muchas veces implica la digresión, la asociación metonímica, la repetición, la interrupción, la focalización de un detalle en apariencia irrelevante. Lo ensayístico cobra así una dimensión impersonal; nace del tránsito de una escritura individual por un camino trazado una y otra vez por el pensamiento colectivo. Y el parásito es la figura que permite comprender ese carácter transindividual de toda creación, su arraigo en las resistencias que compartimos y recreamos todos los seres humanos. Una teoría parasitaria, que es ejemplo del funcionamiento de toda teoría, en tanto no existe otro modo de hacer mundo nuevo –lenguaje nuevo– que a partir del mundo ya existente. El saber es, en este sentido, una fuerza transformadora de la realidad que se efectiviza cada vez que se atraviesan “de manera oblicua, por atajos, en diagonal, muchas de las distinciones tontas de la filosofía” (146). En esta senda alternativa transita, vital y desafiante, El parásito; tal vez por eso tenga tanta vigencia y tanto que decir a sus lectores contemporáneos.

 

 

(Actualización mayo - junio 2016/ BazarAmericano)

 

 



[1] The Parasite, University of Minnesota Press, 2007. La primera edición en inglés es de 1982 (John Hopkins University).




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646