septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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"Cuando la mente aspira a conocer, el espacio del deseo se abre"
Eros el dulce-amargo, de Anne Carson, Buenos Aires, Fiordo, 2015. Traducción de Mirta Rosenberg y Silvina López Medin. Prólogo de Mirta Rosenberg.

“Un filósofo”, dice Anne Carson en su prefacio a Eros el dulce-amargo, es “alguien cuya profesión es deleitarse en el entendimiento”. Ir en pos del entendimiento, con el deleite como elemento esencial, es la marca del estilo de esta poeta canadiense en su faz de ensayista. Ya lo había notado el crítico Calvin Bedient, al afirmar que ella escribe en “un registro medio entre lo lírico y la filosofía”, combinando ambos de modo que cualquier lector, incluso uno no acostumbrado a estos dos discursos, puede seguir las líneas de argumentación sin perderse.

 

Carson nació en Toronto en 1950; estudió lenguas clásicas en Canadá y Escocia, y fue profesora en las universidades de Michigan, Nueva York, Princeton y McGill. Es autora de los libros de poesía Glass, Irony and God (1992), Plainwater (1995), Men in the Off Hours (2001) y Red Doc> (2013), entre otros. Recibió los premios T. S. Eliot, Lannan Literary Award, Pushcart Prize, Griffin Poetry Prize y PEN Award for Poetry in Translation.

 

El punto de partida de este libro es el famoso fragmento 130 de Safo:

 

Eros una vez más afloja mis miembros me lanza a un remolino

dulce-amargo, imposible de resistir, criatura sigilosa

 

La formulación tradicional, “agridulce amor”, aparece aquí como “dulce-amargo”, en una decisión feliz de las traductoras, invirtiendo el orden de los componentes (en inglés sucede lo mismo, con la palabra “bittersweet”) y poniendo de relieve la oposición de sentimientos que Eros despierta en el amante. Para Carson, no se trata de una cuestión cronológica (primero se goza del amor, luego se sufre), sino de la notación de una ambivalencia esencial: los versos describen “el instante del deseo”, un estado en que son simultáneos el placer y el dolor, una división de la mente en que se llega a un “punto ciego”. El cuerpo también siente el arrebato del amor, y la ensayista se detiene a comentar sus diversos efectos fisiológicos, comenzando por el adjetivo compuesto “lusimeles” (“afloja-miembros”).

 

Son numerosas las partes del ensayo en que Carson se detiene en el origen y la formación de las palabras. “La etimología es el lugar en que comienzo mi investigación”, declaró en una entrevista que le hizo Peter Constantine, también traductor del griego, para la revista World Literature Today (enero – febrero de 2014). “La historia de cómo una palabra empezó a significar lo que significa es la puerta de entrada a todo lo demás relacionado con ella.” Esta minuciosidad con las palabras, el modo en que la poeta acaricia metafóricamente cada vocal y cada consonante de los idiomas, se me hizo patente, por azar, cuando, estando yo de viaje

 en Dallas, Texas, al abrir las páginas de la revista The New Yorker (10 de agosto de 2015), me encontré con un poema de Carson que ilustra su técnica de exploración lingüística: “Each Day Unexpected Salvation (John Cage)”, un poema en prosa que consiste en la repetición con variaciones (cuarenta y cuatro veces) de la palabra “shade” (“sombra”, pero también “matiz”).

 

No es la primera vez que Carson trata de la poeta griega. Hace más de una década fueron publicadas sus traducciones de poesía sáfica: If Not, Winter: Fragments of Sappho (Knopf, 2002), basadas en la transcripción de los poemas de Safo efectuada por la erudita Eva-Maria Voigt en 1971. La crítica elogió unánimemente estas versiones. Safo está en el origen del interés de Carson por la poesía y el idioma griego. “El punto de partida para mí desde el principio fueron el dibujo y la pintura”, le confesó a su entrevistador, Constantine:

 

Cuando descubrí a Safo a los quince años, el carácter físico de la poesía antigua (transmitida a través de la mística del fragmento) se acomodó muy fácilmente en esta estética, y las mismas letras del alfabeto griego, la primera vez que las vi, me parecieron dibujos fantásticos.

 

Más recientemente, la artista Jenny Holzer grabó fragmentos de los poemas de Safo en las rocas de un parque en Oslo, Noruega, usando las versiones de Carson. En el proceso, Holzer le hizo preguntas a la traductora acerca de la selección y la ubicación de los textos en la superficie de las piedras y los barrancos. Esta recreación, a la vez, llevó a Carson a volver a pensar en esos textos y en la experiencia de quien los lee. Mientras escribía sobre Simónides de Keos, años atrás, se dio cuenta de que el poeta griego debía pensar de antemano en las limitaciones de la piedra sobre cuya superficie el poema iba a ser tallado. Tenía que pensar en el espacio, en la superficie y en la economía de un modo específico: “Los textos antiguos son una fuente constante de frescura para mí porque son una fuente constante de problemas”, reveló Carson en la conversación con Constantine:

 

Los problemas reavivan el compromiso. Es fácil anestesiarse frente a los problemas del lenguaje propio, que no son menos reales pero que se deslizan debajo de la superficie del hábito. El esfuerzo de la traducción puede hacer despertar todo eso. […] Me gustan las restricciones en general; no hay mejor libertad que ésa.

 

Si de traducción se trata, hay que decir que Mirta Rosenberg y Silvina López Medin han logrado trasvasar la prosa de Carson a un texto en delicioso español. En su prólogo a esta edición, Rosenberg aclara que Eros the Bittersweet (Princeton University Press, 1986) fue inicialmente la tesis de doctorado de Anne Carson. Sabemos que los géneros académicos se rigen por convenciones que, aunque apropiadas para el discurso erudito, no resultan siempre accesibles ni deleitables para todo público lector. Este libro no se lee como una tesis de doctorado. Así como Carson lo ha vuelto absolutamente interesante (hasta imprescindible, diría yo) para cualquier lector, las traductoras han adoptado una posición semejante. Como ejemplo, he aquí un pasaje (acerca del rey Midas) que destaca por la frescura del vocabulario: “Sus problemas vitales empiezan con una codicia insaciable y termina con la muerte por angurria…” Por otra parte, en nuestro ámbito, Rosenberg ya había traducido ensayos y poemas de Carson para el periódico Diario de Poesía, de modo que su trato con la autora canadiense es de larga data.

 

La poesía de la palabra, el erotismo de la palabra, atraviesa este ensayo. El otro poema sáfico que es fundamental en la argumentación de Carson es el fragmento 31:

 

Me parece igual a los dioses

ese hombre que frente a ti

se sienta y escucha atento

tu dulce charla…

 

con la famosa descripción de los efectos que el impulso amoroso tiene en el cuerpo de la amante: “pone alas a mi corazón dentro del pecho”,

 

la lengua se rompe y fino

fuego corre bajo mi piel

y no hay vista en los ojos y un redoble

colma los oídos

 

y frío sudor me apresa y el temblor

me captura toda entera….

 

La experiencia erótica se complica, ya que la palabra griega “eros” denota deseo, falta: el deseo de aquello que está ausente. En cuanto se consigue aquello que se desea, eros desaparece. Carson desarrolla esta idea fundamental en treinta y cuatro capítulos muy breves, en los que avanza de a pasos cortos, resumiendo las ideas de cada capítulo anterior y deteniéndose en los detalles, repasando la poesía griega arcaica y comparándola con la filosofía y la literatura más reciente, sugiriendo las conexiones de manera muy sutil: por ejemplo, con los epígrafes que pone a cada capítulo.

 

Pero este libro no es solamente acerca de las concepciones antiguas sobre el amor. En un audaz movimiento, Carson establece una conexión entre Eros y el conocimiento, entre Eros y la lectura y la escritura: “Parecería haber cierta semejanza entre el modo en que Eros actúa en la mente de un amante y el modo en que actúa el conocimiento en la mente de un pensador”. En un párrafo extraordinario, al final del capítulo acerca del alfabeto griego y la toma de conciencia de lo que es el “borde” (literal y metafórico) de objetos, cuerpos, letras, sentimientos, Carson se detiene, vuelve su mirada hacia nosotros, sus lectores, y nos dice: “Escribo este libro porque ese acto me asombra. Es un acto en el que la mente se extiende desde lo que está presente y es real hasta intentar alcanzar otra cosa”.

 

A partir de esa idea, el ensayo entra en un vórtice cada vez más deslumbrante. De la poesía lírica griega pasamos a la épica, el teatro clásico, la tradición de la novela (“romance”) y la filosofía, cada género y cada autor aportando un detalle más acerca de la experiencia erótica. Carson finaliza leyendo el diálogo Fedro, de Platón, particularmente la teoría erótica de Licias y el contra-argumento de Sócrates, para concluir, bellamente, que el logos (la lectura, la escritura, el diálogo, la filosofía, el pensamiento) tiene algo en común con la relación amorosa real: que debe vivirse en el tiempo. Que aunque “el conocimiento de Eros que tenemos a nuestra disposición no es cosa clara ni cierta”, enamorarse es “el comienzo de lo que nos proponemos ser”.

 

Parece un análisis de la poesía griega arcaica y sus resonancias en la literatura y la cultura posterior; se trata en realidad de un tratado sobre el amor y la sabiduría. No puedo sino equipararlo con el libro de Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso (citado por Carson en su bibliografía), que de manera semejante constituye un “diccionario” exhaustivo de todos los términos relacionados con la experiencia erótica, del éxtasis al dolor, como un modo ineludible de conocimiento de sí mismo. Ninguno de estos dos libros puede faltar en la biblioteca de quien haya experimentado el amor alguna vez (ni de quien piense que pensar es un acto erótico): se asombrará de la fineza de las observaciones y de la justeza de cada apreciación.

 

 

 

(Actualización marzo – abril 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646