septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Literatura, terapia y contagio
Correspondencia, de Francisco Gandolfo y Mario Levrero, Rosario, Iván Rosado, 2015. Edición a cargo de Osvaldo Aguirre.

 

El extinto intercambio epistolar clásico ostentaba naturalmente una dinámica de lo diferido que facilitaba que se abriera un eco de ciertas palabras que resonaban durante la extensión silenciosa de la espera. Entre carta y carta, las palabras permanecían hasta la nueva llegada del cartero o, en este caso, hasta la vuelta de Elvio, quien fuese más de una vez el celoso custodio que se encargó de trasladar entre 1970 y 1987 la correspondencia entre su amigo Jorge Mario Varlotta Levrero y su padre Francisco; como refiere el detallado prólogo que escribe a la edición Osvaldo Aguirre, cuya precisión lectora hace incluso irrelevante el presente texto.

                  No es casual que el tiempo de silencio, el de la espera, sea maceración de ciertos desdoblamientos que se ponen en escena en el intercambio entre ambos: Jorge Varlotta y Mario Levrero le escriben a su amigo Francisco, alias el “Sicópata” (en honor al título de uno de sus primeros poemarios) o “vate”; Francisco a su vez le responde al “parapsicólogo” y “exégeta” que oficia de amigo, lector crítico, sacerdote y (para)psicólogo en sus momentos de aflicción. El desdoblamiento en múltiples aristas del yo es aquí, en esencia, un problema literario, porque toda literatura lejos de ser mero ejercicio lúdico es ante todo ensayo de búsqueda del yo; autoconocimiento como objetivo ulterior de la escritura que ambos autores reivindican como tal en sus poéticas y que, en el intercambio, se percibe lógicamente potenciado por esa especie de contagio que la instancia propicia. Por eso Levrero le aconseja a Francisco “dejar correr la pluma” para acercarse “a sí mismo” y “al lector”. Tratar de convertirse en “Francisco Gandolfo” a través de la literatura, esa es la meta: presentarse a sí mismo en la poesía, mostrarse. Francisco coincide. De ahí la llamativa referencia a Heidegger que hace en la correspondencia, atento a la idea de que la verdad (alétheia) se presenta en la (y como) poesía (techné) genuina; en este caso la verdad del yo como poesía “ingenua”, como dice el último verso de Poemas Joviales.

                  En el intercambio, Levrero no podría sino leer en la misma afinación este problema esencial de la literatura. En definitiva, escribir significa intentar un salto a la verdadera realidad del yo, le dice a Francisco, a riesgo de intercambiar vida por literatura. Porque la aproximación a uno mismo en la escritura supone una natural confusión entre el yo del autor y el personaje literario. La realidad del yo se realiza en la ficción y, por ende, la vida se vuelve irreal; al tiempo que el poema se transforma en algo vivo que, expulsado, traído-ahí-adelante, habita en el mundo: ha nacido junto con el yo. Por eso para Francisco la literatura es al mismo tiempo (como para su amigo) “terapia” y “desahogo”, ante todo, herramienta de autoformación interior y ascesis espiritual que palea la alienación del sujeto del trabajo asalariado. Escribir significa buscar al yo real sustrayéndose de la realidad cotidiana y, fundamentalmente, política.

                  En este proceso de autoconocimiento, el poema proclama su realidad propia y algo similar demanda el espacio íntimo del intercambio epistolar: los problemas económicos, familiares y políticos, a uno y otro lado del Río de la Plata, apenas se refieren, quedan en un impase que da lugar a las reflexiones sobre la literatura y la camaradería amistosa. La correspondencia es espacio que se circunscribe en torno a esa otra “realidad” que deja de lado el universo político, y que en sintonía se escribe muchas veces desde el mini oasis bucólico que se recorta trabajosamente en la city: desde el pastito del country del club Provincial, y también desde la costa uruguaya. “No me gusta el título de Marxismo erótico para su poemario, no por lo erótico (que siempre une a los hombres) sino por lo de marxismo”, más o menos eso le sugiere a Francisco su amigo uruguayo. En este sentido, no es difícil imaginar la coincidencia: Francisco por su parte declara por la misma fecha en una encuesta que le hace CEAL cómo su formación interior a través de la escritura siempre había rechazado, por contrapartida, cualquier encasillamiento político partidario. De alguna manera, dejar despejado el camino para la vocación lírica excluye la mundanal política; no así la celestial ascesis del yo.

                  Una “simpatía” en el sentido más romántico del término: una Stimmung se construye en el intercambio a partir de la presentación de un anecdotario en torno a un interés común que siempre ronda los múltiples desvíos de la experiencia mística. Un festival de teorías más bien alógenas al campo epistemológico consagrado desfilan libertinamente en la correspondencia: reflexiones sobre Jung y la grafología derivan en ensayos de interpretación sobre las distintas vertientes psico-tipológicas de los hombres de la familia Gandolfo y en el reconocimiento que el propio Francisco hace de la influencia de su padre naturalista en su concepción terapéutica de la poesía. “El Sicópata. Versos para despejar la mente” refleja para él en el título la función sanitaria del yo que supone el ejercicio de la escritura. “Versos para despejar la mente” significa sumergirse en una búsqueda mística del yo real en la que la escritura oficia de herramienta a través de la cual es posible un vaciamiento de toda la pesada carga que la realidad proletaria le ha impuesto. Se trata, sin más, de llevar a cabo una labor de limpieza; y parece que Francisco va por buen camino. Para Levrero la grafía de su amigo habla de un equilibrio que se refleja en la escritura e incluso le concede altos honores en este sentido: hasta tal punto ha logrado alcanzar este ideal (romántico por cierto) en su poesía que, asegura, ésta es al mismo tiempo “novela” y “tratado de lógica”. Habría que agregar: novela de formación del poeta, algo así como una Bildungsroman que se construye en la sucesión de los poemarios.

                  La elevación del yo gracias a la poesía tiene, no obstante, sus bemoles; porque acercarse al yo “real” es, en esencia, aproximarse al inconsciente. Levrero le aclara a Francisco que en muchas ocasiones la literatura funciona como “mancia”, es decir, como un apoyo material que induce al trance y por ende produce la afloración del inconsciente. El peligro: que el inconsciente demasiado empoderado pugne por su libertad total atacando al propio cuerpo; de ahí que la escritura venga acompañada por el festival de dolencias psicosomáticas que sufre Francisco, le advierte su amigo conocedor de los fenómenos parapsicológicos. Acercarse a lo “real” y hacerlo devenir en lo sensible como poema significa pagar un precio en salud para el poeta, fórmula que Levrero precisa por la misma fecha en su Manual de parapsicología.

                  El verdadero poeta debe, no obstante, atravesar esa difícil experiencia; porque en el sondeo del yo radica, ni más ni menos, una misión que, paradójicamente, lo excede. “El arte tiene un poder hipnótico que trasmite una comunicación entre el alma del autor y el alma del lector”, esa frase que Levrero deja flotando en la entrevista que le realizan Gustavo Escanlar y Carlos Muñoz presupone subrepticiamente una función social del escritor. Porque aunque, como decía, la política teórica y partidaria se excluye argumentando casi que chabacanería, sobre el ser dotado espiritualmente que es el poeta recae una ética que se orienta hacia el servicio: hacia el otro. Si la escritura es al mismo tiempo terapia de alguna manera el escritor en su comunicación con el lector es también sanador; y de ahí que Levrero afirme que, lejos de no interesarle la política, el cree en cambio en una teocracia que responda a otro realismo: el que impone la literatura y su proceso sanador del sujeto y de la comunidad. En sintonía, Francisco vuelve para el agrado de todos sobre un texto injustamente olvidado: “A Defense of Poetry” de Percy Shelley, ensayo que define al poeta como un ser dotado espiritualmente cuyo perfecto ajuste interior (en el sentido más musical del término) le permite cumplir con una función social y moral dentro de su comunidad; esto es, propagar, cual cuerda que emite el sonido, el conocimiento de sí mismo y generar un efecto de contagio en los demás. Motivada por esta misma misión parece moverse la poesía de Francisco, cuya función sanitaria del yo pretende redundar en su comunidad: “Versos para despejar la mente/de los que no entienden poesía” (poema 24, El Sicópata), “porque lo jovial se da/para favorecer la relación social/despejar los problemas de la mente/alegrar el corazón/y enderezar el espinazo” (“A mis lectores”), “Trabajaba entonces/en un laboratorio de poesía secreta (…) buscando elementos de análisis/ y melodías de repercusión social” (“La melodía”), y finalmente “Estos poemas eróticos/propician la unión de las naciones/y el acercamiento entre los pueblos (…) son una saludable válvula de escape/ de sincera ingenuidad” (“Con la frente bien alta”).       

                  De alguna manera, algo de lo político termina entrando por la ventana; aunque al igual que sucede con el concepto de “realidad” deba leerse una desviada (y siempre literaria) acepción del término: como ascensión del yo por medio de la literatura que además derrama generando una especie de despabilamiento del lector alienad0 en su matriz más íntima. En el horizonte levreriano, se trata en definitiva de un sistema político ideal como teocracia, una especie de comunidad de hombres que han alcanzado una realidad espiritual por medio del ejercicio de la literatura y el arte. Ese es el universo realista que se construye, por mutuo contagio y transferencia, en el diálogo entre Mario y Francisco. La correspondencia, de más está decir, un intercambio de afecto pero, también, un laboratorio de ideas.   

 

(Actualización marzo – abril 2016/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646