noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Gótico y poesía: una gramática del mal
La noche tiene mil ojos, de María Negroni, Buenos Aires, Caja Negra, 2015.

“No hay fortaleza más inexpugnable que la imaginación. ¿Qué ley, censura u opresión podría entrar allí para coartar, delimitar, reclamar obediencia?”

María Negroni
                                                         

La noche tiene mil ojos. El título del libro (compuesto, en realidad, por la unión de Museo negro, Galería fantástica y Film noir, los dos primeros publicados con anterioridad, en 1999 y 2009, y el tercero inédito hasta el momento) es, en sí mismo, inquietante. Nos ubica en el territorio de la oscuridad, una oscuridad que nos observa y sobre la que se construyen algunas de las más perturbadoras historias de la literatura y el cine: sembradas de crímenes, castillos tenebrosos, seres resucitados y dobles levemente fallidos. Estamos, con los breves ensayos de Negroni, frente a una punzante obsesión por lo gótico, muchas veces asociada a la idea de creación y de arte, como leemos en Museo negro, el primer libro de la trilogía: “La novela [Frankenstein] sugiere, por fin, que el único consuelo de una obra de arte es otra obra de arte, así como una palabra cicatriza otra palabra y un frío otro frío, en el eterno diferir de lo inasible. Su estructura de relatos en caja china (…) pareciera proponer al arte como una cadena infinita de bastiones inexpugnables, donde no hay más que reemplazos, pasajes de una insuficiencia a otra. Acaso la belleza, en esta emoción del frío, sea el resplandor que queda de tanta insistencia inútil”. En la cita percibimos, además, algo que será una constante en cada uno de los textos: la belleza del lenguaje. Los ensayos de Negroni están dotados de una suave cadencia poética que realza la intensidad del análisis. Es una mano de poeta la que construye puentes insólitos entre Vicente Huidobro y el estilo gótico y la que definirá a los seres que pueblan sus obras con sentencias que suenan definitivas y, valga la redundancia, poéticas a la vez: “Todo narcisista ha sido, antes, un ser abandonado” o “Un vampiro es un ser enamorado de su propio desamparo”.

Monstruos, aliens, seres errantes, exiliados. No es novedad: una larga lista de criaturas puebla la literatura gótica. Sin embargo, nueva es, creo, la equiparación planteada por Negroni entre los poetas y estos seres, monstruos que “se mueven sin excepción a la sombra de del caos, la sexualidad y la noche”, héroes de la soledad y el deseo, ejecutantes ocultos de fantasías prohibidas, que “registran hasta el más tenue movimiento de la muerte”. Una imaginería común los une, un “reino sentimental” poblado por la siempre compleja unión entre arte, pasión y miedo.

En “El castillo lírico”, Negroni se centra en una de los escritores claves, acaso el fundador del estilo: Horace Walpole, autor de lo que se ha identificado como la primera novela gótica quien, además de sentar las bases que luego serían retomadas y refundadas a través de innumerables textos y películas, fue una figura extravagante por su desmedido proyecto de construir un castillo al que adosaba habitaciones una y otra vez, sin llegar a encontrar nunca la satisfacción de lo concluido. Fue, sin embargo, en el territorio de la literatura donde pudo colmar sus expectativas, al fundar su “castillo lírico” con su novela titulada, justamente, El castillo de Otranto: “Construyó así, no una casa suya, sino una casa para su deseo, encontrando al fin la forma imaginaria, es decir real, de su castillo”, escribe Negroni. Esta pasión por la desmesura, que sólo pudo ser concretada en el terreno de lo imaginario (otro real, según la autora), es una de las marcas indelebles de lo gótico, en el que “la exigüidad de lo real desemboca en la búsqueda del desequilibrio”. La presencia del castillo es una marca corrosiva que ataca el lado excesivamente racional de su contemporáneo rival, el Iluminismo.

Frente al Iluminismo, señala la poeta y ensayista rosarina, el gótico rescata las zonas más oscuras de la experiencia humana, permitiendo el acceso a un saber alucinatorio: “prefiere una epopeya de lo intenso que tiende a rehabilitar la locura como vía negativa, a la vez que postula lo improbable como antídoto a toda trascendencia”. No se intenta aliviar o esquivar las tensiones sino avivarlas; es allí donde la locura emerge como marca fundante, como espacio metafísico pleno de matices oscuros, una “fuga a contrapelo de la realidad”. El castillo gótico se abre únicamente a la oscuridad interior y es allí donde se identifica con la poesía, con su “devenir lírico transformado en interrogación”. Experiencia, objetos y sensibilidad componen un territorio compartido por la poesía y esta lírica de lo oscuro: “contra lo noble o ejemplar del ser humano, la poesía –igual que el castillo gótico- opone la violencia de un movimiento que una y otra vez es fiel a sus tristezas”. La lucha, nos dice Negroni, es siempre contra todo discurso realista o totalitario.

En La noche tiene mil ojos la vindicación es, por lo tanto, doble: de la literatura gótica, de la poesía. Ambas ocupan un lugar de resistencia frente a las respuestas dogmáticas, silenciadoras, represivas: “la poesía dibuja una y otra vez un gran pájaro nocturno, al acecho de nuestro terror más elusivo, el más irreversible”, leemos. En el castillo gótico (y en el lírico), lo que está en juego es un discurso acerca de la libertad, la “aterradora libertad” por la que brega el alma humana.

En la trilogía se traza una mirada en la que los poetas son seres del desamparo. Luchan contra la falta de identidad, contra los abismos del lenguaje, contra la melancolía y las poses sombrías del mundo que los rodea. Son “criaturas absortas, aferradas al castillo en ruinas de sus proyecciones, exasperadas por ver vivir eternamente lo que no cesa de morir”. Como los héroes románticos (cuyos antecesores encuentra Negroni en el gótico), los poetas mantienen activo “el ataque camuflado contra el otro instalado en el yo (o viceversa)”. Así, la literatura gótica y la poesía serán “el teatro ejemplar de la tristeza”, una estetización de la melancolía. Baudelaire aparece, en estos ensayos, como una figura destacada, fundador del culto a la belleza asociada a la desdicha.

Luego de emparentar poesía y gótico (por su corrosividad lírica), Negroni elabora una hipótesis acerca del lugar de la poesía en nuestros tiempos: “Si, vista desde la tecnología y la democracia voraz de nuestro mundo de imágenes,[…] es un género anacrónico, no lo es desde una teoría de la tristeza, en la medida en que su gesto instaura y garantiza una distancia infranqueable con una fuente que representa el origen y/o la verdad”. La poesía como catástrofe y epifanía (o como una epifanía de la catástrofe) será un arte imprescindible de nuestra época. Es, podríamos decir, un espacio de poder: desde su lugar desgarrado en el que deseo y escritura luchan sin descanso, a partir de su combate paradójico entre el afuera y el adentro, abre “las compuertas a una protesta negativa que coincide con la posibilidad de crear”.

Los vínculos que señala entre poesía y gótico son múltiples. Otra de las relaciones inesperadas que propone es la asimilación de uno de los personajes góticos por antonomasia, Drácula, con la figura del flâneur: “También él se deja seducir por el rostro desolado de los laberintos de Londres, aferrándose a su melancolía diletante como a un calvario elegido […] Huérfano por definición, como el flâneur, no tiene nada que perder”. La búsqueda de sentido del poeta coincidirá, así, con la búsqueda de saciedad en el vampiro. La sed de ambos, sin embargo, será imposible de saciar; el sentido se muestra siempre inalcanzable.

En el eclecticismo que se percibe en la selección de los objetos de análisis conviven, además, vanguardia, literatura clásica, narrativa popular y cine, un entramado que nos permite apreciar los elementos comunes, la complejidad de los desplazamientos, las influencias y los sutiles lazos que el arte utiliza para fundarse y refundarse a sí mismo a través del tiempo. Porque el gótico, además de ser “una emoción del espacio” es una poética completa y compleja que, descubrimos en la sucesión de Museo Negro, Galería fantástica y Film noir, atraviesa diversas épocas y géneros. Ciertas recurrencias de su simbología y su atmósfera serán encontradas por la autora no sólo en El castillo de Otranto, Frankenstein, Drácula o los cuentos de Poe, sino también en la película Alien, en la obra de Georges Bataille, en toda una vertiente de la literatura latinoamericana (Carlos Fuentes, Silvina Ocampo, Julio Cortázar, Felisberto Hernández y otros) y en los ásperos policiales del hard boiled y el film noir. La noche tiene mil ojos nos enseña una amplitud tal de obras que pueden enmarcarse dentro de los rasgos propios de la estética gótica, que nos hace suponer, hipotetizar un universo literario y fílmico aún vivo y en constante expansión; digamos, pone al lector en estado de alerta no sólo para revisitar los textos que acaso antes no había leído bajo esta mirada (“Las babas del diablo”, de Cortázar, por ejemplo) sino también para discernir en sus futuras lecturas qué de gótico hay en ellas. Porque esta trilogía en un volumen causa un efecto de contagio: invita a la relectura, a la revisión a partir del establecimiento de las figuraciones propias del estilo nacido (en literatura) en el siglo XVIII y que se dilucidan con cautivadora claridad a través de sus más de trescientas páginas. Las relecturas de la propia Negroni estructuran permanentes vasos comunicantes entre épocas, autores y textos: una genealogía compleja en la que se diseña y se analiza una gramática del mal, una composición de lo oscuro, de la melancolía y la decadencia siempre presente en sus historias.

Si Museo negro se centra en el gótico europeo de los siglos XVIII y XIX, no por ello dejará de hacer mención a autores de otras tradiciones, de otras épocas, como Alejandra Pizarnik o Rosario Ferré. Lo mismo ocurre en Galería fantástica, cuyo centro lo compone la literatura latinoamericana pero su punto de partida será también la resonancia en ella del “impulso negro” (como lo denomina la autora) y, finalmente, en Film noir, que hallará una cierta coincidencia entre la estética de las películas de los años cincuenta y las del expresionismo alemán. Es así que este libro tripartito compone una síntesis no sólo de algunas obsesiones particulares de María Negroni sino, más bien y por sobre todo, de las derivas e influencias de ese poderoso imaginario en el que lo extraño, lo censurado que se cuela entre los resquicios de la prohibición y la razón regresa una y otra vez, como emergente, en el arte occidental desde el siglo XVIII hasta nuestros días.

 

 

(Actualización marzo – abril 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646