septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Los guardabarros del suceso. Notas de una lectura de Sucesos orilleros
Sucesos orilleros. Poesía reunida, de Guillermo Neo, La Paz, Entre Ríos, Neutrinos, 2015.

En agosto de 2015, la creciente editorial Neutrinos, a cargo de dos grandes poetas: Daiana Henderson y C. Monti, sorprendió con la publicación de la obra reunida de Guillermo Neo (Buenos Aires 1971). Un trabajo oportunísimo, porque, según me consta ahora, Neo es medular para comprender la poesía porteña llamada “de los 90s” y su diáspora final hacia la búsqueda de nuevos lenguajes.

Apenas publicada en pequeños libros escasamente distribuidos por editoriales que, en ese momento crítico de la Argentina, se llamaron independientes -o simplemente apelando a las nuevas herramientas informáticas, armando cadenas de mails- el conocimiento de la poesía de Neo era muy acotado. El color de la mesa (1998), Sucesos orilleros (2000, Ediciones del Diego); La Siberia (2001), La fragmentación (2004, en la revista por correo electrónico Correo Extremaficción); Swinger  (2002, Casa de la Poesía);  Poemas de superficie  (2007, Gog y Magog)  y Ojalá vuelvas pronto  (2010, Spiral Jetty) son los libros que aparecen en la Primera parte de la edición.

Yo apenas conocía el Sucesos Orilleros, que me había regalado Durand en 2007, entre decenas de otros  minúsculos volúmenes de poetas prácticamente desconocidos para mí en aquél entonces. Sin embargo, entre ellos, se destacó el Sucesos…, de Neo, seguramente por su familiaridad con la poesía que yo en ese momento estaba descubriendo y experimentando, tratando de trasplantar los ritmos españoles clásicos que se me quedaron pegados de la facultad y mi estadía en España, a las voces y a los nuevos registros que en ese interín (2001-2004) habían sido captados por la joven poesía  porteña, que al cabo vino a ocupar una posición central, o al menos a marcar un hito insoslayable de transformación. El medio es el mensaje. Se impone el cartón, el scanner, la impresora, las recargas truchas de toner, y la duplicadora láser: sucedánea del mimeógrafo con que se imprimían los pasquines anarquistas.

El canon sufre un cimbronazo. El impacto de esta poesía “plebeya”  es un hecho. Su oportuno conjugar con maestría los restos del neobarroso con el brillante  naturalismo de bajo fondo que ofrecía el tratamiento objetivo frente a la precarización de la Industria nacional, el florecimiento de los emporios económicos internacionales,  y el surgimiento de una nueva cultura de la pobreza, en suburbios caracterizados como villa miseria, o simplemente villa, con su lengua idiosincrásica y mestiza, dada la inmigración masiva de países de Sudamérica en busca de acomodo en una Buenos Aires colapsada.

 

En la segunda parte del volumen de Neutrinos, aparecen La riña (1993), Sucesos orilleros 2 (2001), Tuti Fruti (2004), Ojalá vuelvas pronto 2 (2011), El arenero (2012), y el sugestivo título Ejercicios finales (2015). Todos inéditos hasta el momento.

Hacia el final del libro, una Nota de edición explicita que algunos de estos poemas han aparecido en dos revistas efímeras que Neo editó junto a compañeros de generación: Mientras se corta el césped, Tinta seca, y en una obra conjunta con Manuel Alemian (quien prologa esta edición de una manera súper cercana), Sebastián Bianchi, David Wapner, Ezequiel Alemian, Juan Desiderio, entre otros: Flora de selva negra: Almanaque (Dunken, 1996).

 

En los dos primeros libros, El color de la mesa y Sucesos orilleros, salvando algunas diferencias, se desarrolla un programa similar: poemas que alternan un posicionamiento objetivo, impersonal, que sobrevuela y describe momentos antropológicos, como la bipedestación y la formación de sociedades primigenias (que uno reconoce como la génesis y los rudimentos de  socialización del hombre del Plata) con un posicionamiento subjetivo que inviste un nosotros que relata la épica de esa gente, anónima en El color…, con nombres propios y detalles íntimos en Sucesos…

 

“Salto y aferramiento vertical / El color de la mesa”

 

1

El hombre al fin endurecido…

Salió del abrigo rocoso de su cueva

En la que se guarnecía

Por el miedo a la intemperie hambrienta

Y a la indiferencia de la naturaleza

 

Huérfano de natura

Y sin ningún dios a quien acudir

Se pone de pie,

Se verticaliza

Y grita fuertes alaridos

Al aire diáfano del gran valle.

 

Envuelto en arpillera la piel sobre la tierra

La que desde el comienzo le fue injusta.

Ladra como un perro de noche

Le molesta ser el mono tonto

De un dios soberbio.

 

 

Pero también irrumpe el vocativo campechano, en poemas donde el registro de lengua nos lleva a otro tipo de orilla. Un borde cultural que actualiza, por refracción, otras orillas o fronteras de la Literatura Argentina, no sólo de la gauchesca. Una orilla muy cercana al centro de la ciudad donde conviven “caserío”, “farolito”, “Lonhgchamps” y “tren japonés”:

 

“Girasol / El color de la mesa”

 

¡Mirá Barbosa!:

En el caserío apagado

El viento hamaca los farolitos

De los porches.

Ráfaga de tren eléctrico

                 Tren japonés

Repleto de luces

Como un relámpago blanco

Entra en Longchamps.

 

Por instantes:

Perpendicularidad

Entre el acero que avanza

Y la calle de barro que allá en el fondo

Se vela con la noche

Y con los charcos plateados.

 

Ahúma aún la quema

Que embadurna más la bruma

                                              Ferroviaria.

 

Ya en las afueras

El tren se aleja del suburbio

                (todo perro ladra)

Ingresa en la zona de la pampa agraria

                (toda noche muda

                 Menos grillo y rana)

 

Después del pastizal

un pueblito sin sitio

a los costados de los rieles.

 

Pueblo de noche

Con vecinos durmiendo

O que vuelven en bicicleta

De quién sabe dónde…

 

En este poema, los procedimientos son mixtos (lo que en su momento se categorizó como alto y bajo aparece reunido): incoativo coloquial en forma de vocativo, que da entrada a un poema de versos libres que arman una estructura alternando el arte menor con el mayor, aunque entre ellos se pueden reconstruir estructuras clásicas que aparecen quebradas, como el doble 6 del remate lorquiano en la 4ta estrofa, que forma doce y coincide con otros doce que hacen pivot en y la calle…; que embadurna más

 

La potente aliteración de úes (recordemos que esta figura es propia de la poesía inglesa, trasplantada al argentino quizás por Pedroni) en

 

Ahúma aún la quema

Que embadurna más la bruma

                                            Ferroviaria”

 

Un poema urbano, o mejor dicho de suburbio, que recuerda la poética dura de Manal. Un suburbio distinto del de Borges, aunque en la orilla los sucesos repitan sus motivos: la resolución de una injusticia personal por mano propia, motivo que a su vez remite a la gauchesca, por donde Neo merodea con curiosidad etnográfica: el cuchillo.

 

“Tres / Sucesos orilleros”

 

Ah!... cómo se ponía el finado Evaristo

Cuando le escondían la armónica.

Un día amenazó a una muchacha con una cuchilla.

Todos reían.

 

En La Siberia, los temas referidos a la vida remota de pueblos eslavos, desconcierta y promueve un nuevo juego de narraciones apócrifas, que a su vez se construyen sobre procedimientos totalmente distintos. Dos estrofas, en algunos casos dos infamias paralelas, en otros una épica completa. El lenguaje cambia, cambia la realidad no sólo de los temas sino principalmente del poema, del objeto estético que adquiere la forma de reportes etnográficos, donde el paisaje aparece pespunteado con “vastos jardines de musgo” (epíteto), el “lodo”, ya no el barro, el “mamut”,  las “coníferas”, así, con nombre general, en contraposición a los “limoneros”, “camalotes”,  “la perdiz”, que habían iluminado de cercanía los dos libros anteriores. La Siberia es opaco, borgeano, falaz o, por lo menos improbable.

 

“Prohibición”

(once)

Tantas eran las cosas que estaban prohibidas

En los dominios del zar

Que muchas prohibiciones eran ignoradas

Porque estaba prohibido hablar.

 

Muy pocos siberianos se formaban ideas propias

Acerca del estado del mundo.

 

Desprendimiento

(cuatro)

Los Chukchies

Son tan hospitalarios

Que ofrecen a los extranjeros

No sólo casa y comida, sino también

Sus mujeres

Y sus hijas

 

Los samoyedos

Son muy buenos anfitriones

Pero al ser caníbales

Es su costumbre matar a sus hijas

Y dárselas de comer a los forasteros.

 

Y es a partir de ahora, comenzando por Swinger, donde Neo parecería querer borrar de un plumazo la estética de representar lo “lumpen” del principio, o al menos la enunciación de las formas orilleras  (y quizás este sea el mayor aporte de este volumen, mostrar la proyección de su escritura). El distanciamiento de las formas coloquiales, del naturalismo de bajo fondo, de la investigación de las voces y las formas de vida de la orilla                   -experiencias como La zanjita, de Desiderio, o el Segovia, de Durand, que orbitan de forma patente en los primeros trabajos-,  dan lugar a la experimentación, al sofreno de la música que auspicia la prosa, la segmentación, y  un objetivismo particular que prefiguran a un sujeto otro, soslayado en apuntes, comentarios, pensamientos, recortes de noticias y ensayos , una novela brevísima El arenero, y otros paródicos, como La fragmentación, en donde hace eco la forma de enunciación filosófica del aforismo.

Procedimientos más claros, o al menos proyectos  con mayor grado de cohesión estructural,  con que Neo parecería buscar otra lengua y otra poética,  propia, un poco extrañada  de la tradición en la que un poco estigmáticamente quedaría ligada de no haberse dado esta apropiada edición. ¡De lujo!

 

(Actualización marzo – abril 2016/ BazarAmericano)

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646