septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Carlos Ríos en el país de las alegorías
Un día en el extranjero, de Carlos Ríos, Mar del Plata, Puente Aéreo, 2015.

Con el propósito de recabar pruebas y cerrar una causa indescifrable, el fiscal Mendoza asiste a una reunión de fiscalías que toma lugar en la capital del extranjero. Allí todo adquiere una plasticidad inestable que vuelve imposible la noción de una identidad perenne. En Un día en el extranjero (Puente Aéreo, 2015), Carlos Ríos encuentra esa noción incómoda o aburrida y decide, sencillamente, destruirla.

 

Identidad

La primera imagen es la segunda: “la de un corral hecho con fósforos”. Así, desde la primera oración – en la que ya hay un deslizamiento –, se exhibe una libertad capaz de conjugar lo animal y lo precario dentro de la esfera de lo judicial en la que se desarrolla la trama. Ese corral, como una anticipación del espacio del extranjero – que “visto desde su interior [..] figura una cárcel modelo” llamada “La Celular o El Saladero” –, puede verse casi como una instalación en la que se evidencia la frontera entre lo macabro y lo ingenuo propia del territorio indefinido del juego infantil en el que siempre – o casi siempre – se mueven los personajes de Ríos. Y, como en los juegos infantiles, cada participante va variando su rol de manera espontánea y orgánica.

La misma reunión de fiscalías se transmuta: “desde afuera lo que se ve es un grupo de personas que asisten a un curso básico de orfebrería”. Los fiscales son arcángeles, y Mendoza pronto será un antílope que corre de – o hacia (su vínculo nunca es claro) – el “asegurador o perro y cordero” – quien, sobre el final, “vuelve al ruedo bajo el aspecto de una criatura marina”. El gremio de los cuidacoches y la turbamulta, como un coro griego, nunca aparecen representados en individuos, sino en un plural que borronea cualquier asomo de rostro o cualquier mano que pueda aparecer en calidad de ayuda o de “amenaza bajo la forma de atentado”. Sobre la proliferación de insectos hablaré más adelante.

El tiempo es otra de las variables plásticas que se estiran o recogen. De manera explícita en el título, ese día es percibido como una sumatoria de meses por el mismo fiscal Mendoza, en un ida y vuelta entre las voces de las exmujeres y la propia narración que distorsiona cualquier seguridad con respecto a la duración de los acontecimientos: “el fiscal Mendoza no atiende el teléfono del hotel desde hace cuatro meses [aunque para su tercera esposa hace un día que está en el extranjero escribiendo sus memorias]”. Incluso existe como germen de posibilidad la alucinación total: “son los efectos matinales de la medicación, poco propicia para hacer base en un espacio conocido como el extranjero”. La misma sucesión de eventos evidencia pronto ese trastrocamiento de la dimensión temporal. Así, la máscara de antílope que el fiscal Mendoza compra en el capítulo 38 ya le había servido de disfraz en ocasiones anteriores – textualmente anteriores.

Identidad, entonces: se vuelve imposible confiar en la certidumbre de las palabras que deben designar un personaje, un espacio o una porción de tiempo: ¿qué es un día? ¿qué es un insecto cuya compraventa se encuentra regulada por “el manual de orfebrería que los fiscales interpretan al modo de los libros religiosos”? ¿qué es un territorio que sólo se define como externo a toda clasificación?

Imagino el extranjero que se construye en la novela como un paisaje similar a la tapa del disco Hail to the thief, de Radiohead, o cercano a las composiciones de Liliana Porter que alguna vez el mismo Ríos compartiera en fotos: lo que despunta es una yuxtaposición de elementos, muchas veces pulverizados, reducidos a escombros, conformando un territorio que de ninguna forma es total o definitivo – los linchamientos, la turbamulta y el olor del gasoil de los cuidacoches junto al “minuto a minuto” televisivo como una fuerza natural que el fiscal Mendoza, una miniatura en la imagen, no puede anticipar. La superposición de partículas diluye los límites entre los ámbitos de pertenencia de esos guijarros, y la identidad puede ir y venir entre un archivo de evidencias y una montaña de escombros digitales.

 

Filiación

En un territorio donde nada es lo que aparenta – o no es sólo eso – se vuelve imprescindible rescatar una obviedad: la novela ancla en una fuerte filiación kafkiana que, en la nueva CEOcracia de los gerentes, hoy tiene aún algo más que decir. Puede identificarse el eje doble sobre el que se apoya: fiscales e insectos.

En primer lugar, los documentos, el papeleo administrativo de las fiscalías y “el archivo mayor” hablan de una burocracia que se mantiene igual de siniestra, en una línea que va de los altillos claustrofóbicos donde se sitúan las oficinas en El proceso a las montañas de basura digital donde el fiscal Mendoza debe recolectar sus evidencias en el extranjero. Sin embargo esto no agota las posibilidades del mundillo judicial. Algo hay, en el hermetismo del lenguaje que urde la novela, de la inaccesibilidad de esa puerta frente a la cual muere el campesino en el relato de Kafka: el lenguaje jurídico. Pero también está la farsa de esa complejidad: la simulación de profundidad que ensaya el “mandrilaje periodístico”. Entre los capítulos 41 y 46 – las seis versiones de la muerte – se confunden los sucesos tanto como lo hace el manoseo del debate periodístico-farandulero con los acontecimientos políticos.

Por otra parte, todo corre el riesgo de ser invadido por insectos. Parece que no deja de acechar la posibilidad de despertarse convertido en uno de ellos: “cada fiscal es un insecto que reconoce en su trayecto la imposibilidad de ser otro”, imposibilidad que pronto se descubre como falacia cuando los insectos se vuelven arcángeles y los arcángeles – tiernos antílopes – blancos de la turbamulta. Es decir: la proliferación de los insectos, con su polivalencia, tiene su reverso en la disolución o transformación de las identidades de lo invadido.

 

En el país de las alegorías

La identidad como un proceso: entre el original y la transformación se tiende un momento de indefinición proyectado como un punto ciego. Ese escollo dispara lo especular y también la incógnita. Las palabras del “veedor principal, ‹‹aquel que ve lo invisible es amo de lo visible››” resuenan a enseñanza de maestro zen y se replican en la máxima del final: “Voir, prévoir, pouvoir”. Así, si el poder se cifra en ver – y prever – el resultado de los cambios (porque nada, recordemos, puede mantenerse igual a sí mismo), podemos anticipar el movimiento de la novela como conjunto. En su registro absurdo o surrealista, Un día en el extranjero aparece en un momento capital para permitirnos mirar nuestra propia historia reciente desde la lejanía de un territorio que siempre es exterior, donde un fiscal muere y se convierte en pasto de los medios. Carlos Ríos lleva la realidad a su exasperación.

 

(Actualización marzo - abril 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646