noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Una oda para el odio
Oda al odio, de Ariel Magnus (compilación y prólogo), Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 2015.

 

Antes de comenzar esta reseña, una de mis amigas se reía con fervor de que alguien se hubiera dedicado a coleccionar textos, fragmentos y citas sobre una de las pasiones humanas menos benevolentes y más bajas: el odio. Yo tenía cierto entusiasmo. Hastiado de los candorosos párrafos que defienden el amor, lo amoroso y los buenos sentimientos asociados al ejercicio de leer y de escribir, me atraía, justamente, la aparición de la  moral contraria como propósito de un libro. No es que no existan libros odiosos en la literatura o en la filosofía contemporánea, sino que la empresa de hacer un recorrido por textos, autores y libros que dedicaron momentos a esa pasión, no es algo habitual –o se ha vuelto cada vez menos habitual en un presente plagado de buenas intenciones– y quizá allí radique la curiosidad que Oda al odio, de Ariel Magnus, despierte en principio.

Hay algo parco y llamativo desde el arranque. Prácticamente el libro carece de prólogo, porque Magnus, en un tono entre borgeano y sádico, declara: “detesto los prólogos. Así que seré breve”. En esa brevedad odiosa, nos enteramos de que no recorrerá  cualquier tipo de odio o el odio en general como pathos, sino una especie muy particular: la misantropía. Es decir, su objetivo es “preferir al misántropo puro, casi tautológico, ese que no tiene razones personales para su aversión” y que puede “gestar un odio sincero y bello”. Y de ese modo declara, y descarta de un plumazo a lectores psicóticos “del último proyecto genocida que salió a liquidar gente por ahí. Nadie es más ajeno al pensamiento misantrópico, es decir, a la sensatez, que quien se dedica a la absurda tarea de aniquilar a sus congéneres, máxime si lo hace alegando cuestiones de superioridad racial o moral, la más humana de las necedades”. Casi, diría Magnus, no es el odio el que provoca un genocidio, sino la instilación de un amor desmedido sobre ciertos símbolos que se decretan como representantes de una verdadera humanidad y, por ende, que se esgrimen superiores desde los buenos y amorosos sentimientos que despiertan en una masa de la población.

Por eso, los textos de algunos misántropos y de otros que, sin serlo, hablan de la misantropía, se van entrelazando en un recorrido desde la antigüedad egipcia, griega y cristiana hasta El entenado de Juan José Saer –una de las pocas referencias latinoamericanas de la constelación. Además del prologuito, unas escuetas anotaciones de Magnus presentan la mayoría de los textos, señalando el devenir en la cadena de los odiosos, relacionando subseries o, simplemente, disrupciones en una forma del odio como la de Montaigne, quien “al desprecio vehemente, timoniano, le opone la mofa apática, la indiferencia más negligente. Una postura tan moderna como el formato literario que inventó para expresarla”. El odio misantrópico se despliega, así, en una red de asociaciones, disrupciones y transformaciones.

Sin embargo, es justamente la escasa intervención de Magnus la que se queda un poco en el camino de desentrañar las relaciones entre esos textos y, a veces, de modo superficial y desacertado confunde algunos términos que requerirían, sino de un desarrollo mayor al que no está dispuesto el autor, sí de una mayor precisión. Uno de esos momentos es cuando confunde la depresión con la melancolía y señala que “Robert Burton publicó su célebre Anatomía de la melancolía, un infinito compilado de opiniones y glosas sobre el ser humano, y naturalmente también sobre su más fiel compañera, la depresión”. Pero también son notorias algunas faltas en un muestreo misantrópico tan amplio, como el propio Sade o los avatares psicoanalíticos en torno del problema.

De todos modos, hay, también, momentos de hallazgos y riesgos, como sumar a la constelación odiosa, una conversación delirante entre Erdosain y el Astrólgo de Los siete locos, de Roberto Arlt, o algunos poemas de Fray Luis de León en los cuales podemos leer: “Aquí la envidia y mentira/ me tuvieron encerrado./ Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira/ de aqueste mundo malvado.” Oda al odio, como informe repertorio sobre un tema, logra, así, iluminar y dejar un muestreo de una de las pasiones menos estudiadas, pero no sobre las cuales poco se ha escrito.

 

(Actualización marzo - abril 2016/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646