septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Diseño

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Una buena parte de los cuentos de hadas no incluyen hadas en absoluto
Blaia, de Marcelo Díaz, Bahía Blanca, 17 grises, 2015.

1. Usos cartográficos

 

Lem imagina un libro que registra cada una de las acciones de los seres humanos durante un minuto. Los millones de personas que en ese momento comen fideos, los que se amarran sus agujetas, los que resuelven un examen de educación física, los que duermen en posición fetal, etc. Un segmento de la ciencia médica está obsesionado por mostrar la manera en que el cerebro funciona mientras pensamos, en realizar una imagen de los impulsos eléctricos de las neuronas cuando se realiza una decisión. Los investigadores digitales mapean las interacciones en internet. Las naciones involucradas gastan billones de euros en la construcción de los aceleradores de hadrones para lograr la imagen de un electrón. Chejov unos minutos antes de morir pide el itinerario de los ferrocarriles de Europa. El astrónomo que desea demostrar que el plano más exacto del universo no debe coincidir necesariamente con su superficie, que bastaría dibujar una esfera (con la totalidad de galaxias y  agujeros negros) en las manos de un bufón.

 

 

2. Eskimo song

 

Hace décadas existían algunos teléfonos públicos truqueados para poder hablar por 50 centavos a Europa. Había quien llamaba a sus hijos que estudiaban alguna ingeniería y por las madrugadas trabajaban limpiando el metro. Otros a los que huyeron del gobierno. Otros a un amigo que solo conocieron durante unas horas en una estación de autobuses.  Durante largos periodos de la llamada la interferencia era lo único que se lograba oír, a veces alguno de los interlocutores hablaba durante minutos sin que el otro le entendiera.

 

Una mañana llamaste para cantar desde el teléfono una canción esquimal que acababas de componer.

 

La canción, me decías, quería ser la nieve que todo lo cubría:

 

calles y casas, árboles, canteros, estadios, terrazas, perros y pasos, parques y plazas, taxis, carteles, carteros, bomberos, canarios, médicos de guardia, loros barranqueros, industrias, barracas, todo, todo, todo, hasta alcanzar y cubrir también la melodía, y finalmente la voz, desdibujada en las últimas notas blancas…

 

Aunque muy bien no sabías:

 

- creo que es esquimal, pero no sé, no sé… ¿a vos qué te parece?

 

A mí, que en medio del verano escuchaba tu voz irse y volver con un zumbido de un continente a otro, y que además no entiendo ni conozco el esquimal, me pareció que sí.

 

                                               [Eskimo song]

 

 

3. Guante de cuero de foca

 

La escritura de Marcelo Díaz es un croquis para llegar a un callejón donde un grupo de jubilados escucha a The Clash, un mapa hecho con tinta roja que indica las madrigueras de los animales que han escapado del zoológico. Trazos para hallar una fiesta donde nadie nos conoce.

 

Yo, por mi parte, me acuerdo de una vez que con una bic me dibujaron en la mano el recorrido para llegar a una casa con pileta, y escribieron ahí un nombre mientras me preguntaban ¿a qué hora venís?

 

El recorrido, en trazo rojo, partía de la esquina de Maipú y Garibaldi, para arribar, tras cruzar la última línea de la palma de la mano, a una suerte de montecito entre el índice y el mayor, donde una pequeña flor roja de cuatro pétalos coronaba, bajo el nombre, el trayecto serpenteante. Recuerdo haber manifestado no entender del todo ese dibujo que cubría mi mano casi en su totalidad, con virajes, espirales y recodos, como una enredadera. Recuerdo la risa y la respuesta de la cartógrafa: vos nunca entendés nada.

 

                                   [Inutilidad de las representaciones fitomorfas]

 

En la obra de Díaz podemos encontrar las señas de los vigilantes nocturnos adictos a los crucigramas, de los estudiantes de economía aturdidos por el destino de los antiguos trovadores.

En Blaia hay un jugueteo que bordea el desengaño de las rutinas y de los oficios actuales, en su reverso una especie de consuelo.

 

Existiría la creencia de que los esquimales tienen más de veinte palabras distintas para decir veinte tipos distintos de hielo o de nieve.

 

Habría, por ejemplo, una palabra esquimal para decir el hielo que se quiebra ante el menor contacto con un pie pequeño.

 

Otra palabra para la nieve cayendo.

Otra para la nieve cayendo por la noche.

Otra para la nieve cayendo por la noche iluminada por una linterna.

 

Y otra palabra más aún para decir la consistencia esponjosa de la nieve, por la noche, cayendo en la palma de la mano derecha después de habernos quitado el guante de cuero de foca, no sin esfuerzo, con los dientes (porque la mano izquierda sostiene, todavía, una botella).

 

                                                                     [Iglú blanco sobre fondo blanco]

 

Luego de esto aparece la pregunta, en nuestros países cuántas palabras tenemos para describir el cansancio y aburrimiento de las 12 horas en las fábricas, para nombrar a las personas que duermen en los puentes o en las entradas de los almacenes, para los pueblos que crecen alrededor de los basurales.

 

 

4. ¿Qué diámetro debiera tener el túnel para garantizar una salida sin problemas?

 

La estructura de Blaia me recuerda la de aquellos libros que mis padres nunca quisieron comprarme, en ellos lecciones de dibujo, frases célebres, chistes, paradojas matemáticas. Almanaques infantiles por lo regular mal impresos en papel revolución. También me hace pensar en aquellas agendas juveniles que sí me compraron pero en las que solo escribía mi nombre y mis datos generales y cuyas páginas dejé en blanco por no saber qué anotar o por considerar que nada en mi vida merecía estar ahí. En algunos pasajes de Blaia percibo la densidad de cierta desesperación, de la ansiedad que aparece durante algunos aniversarios, al notar el desperdicio de nuestra juventud, al saber que jamás tendremos un empleo tan hermoso como el que ejercimos antes de graduarnos.

 

¿Cuánto demora un topo en cavar un túnel que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes por la noche, si todos permanecen acostados, el topo avanza a razón de 90 centímetros por hora, cuando de pronto alguien enciende una luz y te pregunta: dormís?

 

                                                                                  [Problema nº 1]

 

En Blaia noto la voz que surge en nuestra cabeza cuando el elevador se atasca por más de diez minutos, el ruido al no entender la historia que te cuenta tu madre acerca de una chica de 26 años que no resistió la quimio, al atragantarnos con el dulce que nos regalaron en la marisquería.

 

Un topo cava un túnel que atraviesa una ciudad de trescientos mil habitantes en un tercio del tiempo que una pareja emplea en buscar razones para seguir juntos. Si tenemos en cuenta que el topo hace el trabajo solo y la pareja se reencuentra después de un par de semanas

 

a - ¿qué diámetro debiera tener el túnel para garantizar una salida sin problemas?

 

b - ¿en qué piensa cada uno, bajo la ducha, después de haber pasado la noche juntos?

                                                           [Problema nº 2]

 

Y después otra voz que nos alivia y nos hace cosquillas en la garganta:

 

Ser punk era tener un plan B. No había otro secreto, no hay otro secreto. Ser punk era tener a mano un plan B, incluso como alternativa al punk, o mejor, como punto de partida: como sabotaje y éxodo de la fotocopia punk. Ser punk significaba, contra todas las expectativas, elegir el plan B, vivir en la B, hacer de eso una causa. Comportarse como un virus, devenir imperceptible, habitar el punto ciego de la foto familiar, y que el estar fuera de foco fuera la tierra más lejana.

 

                                                                                              [Loing]

 

 

5. Abre el congelador

 

En la mesa de la cocina una nota: “Abre el congelador, toma el sobre que dejé ahí y su contenido colócalo en el suelo. PD: este mensaje se autodestruirá en 5, 4, 3…”

 

No sé por qué me regalaste el electrocardiograma.

No conozco a nadie más que pueda hacer un regalo semejante.

 

Tampoco sé por qué lo miro.

 

                                                  [Usos cartográficos del corazón]

 

 

 

6. Un trovador hace un poema acerca de la nada mientras duerme sobre un caballo.

 

Crucigrama imposible.

Verso escrito por Guillermo de Poitiers o Guilhem de Aquitania (1071-1126). Horizontal, 63 letras, 14 palabras.

 

 

7. ¿Se preguntará, en ese caso, desde una perspectiva estrictamente profesional, a cuánto asciende tu coeficiente de felicidad?

 

Uno de los sueños de los niños del tercer mundo es estar una tarde en Disneylandia. Entrar a los castillos y subirse a las atracciones (una escenografía desmontable según la vigencia de los contratos con los patrocinadores). Ser durante unas horas parte de las aventuras de Toy History, perderse en el paraíso de Nunca jamás.

 

¿Qué pensará el tipo que vive adentro del ratón Mickey, en los 40 grados de Orlando, cubierto de un peluche de 10 cm de espesor, cuando te ve pasar frente al castillo de los cuentos de hadas? […]¿Es posible saber, o tan siquiera sospechar, qué preguntas se hace el ratón Mickey, de sonrisa indeleble? ¿Tiene lo que se dice “vida interior”? ¿O todo lo que piensa, suda y siente es lo que piensa, suda y siente el tipo que lleva adentro? ¿Y qué cosas le preocupan de verdad al tipo que está siendo digerido por el ratón Mickey? ¿La cantidad de fotos/hora que produce? ¿La situación en Medio Oriente? ¿Un brote incontenible de ébola en Miami? ¿La íntima y secreta felicidad de las hadas? ¿La longitud del par de piernas que se cruzan? ¿Cobrará por foto? ¿Cobrará por hora? ¿Recibirá un plus si alcanza o supera cierto nivel en los índices de íntima felicidad de los turistas?

 

        [Una buena parte de los cuentos de hadas no incluyen hadas en absoluto]

 

 

8. El topo planifica con las uñas

 

Me detengo frente a las grandes construcciones, observo las grúas y el movimiento de los trabajadores. Me impresionan las excavaciones de los estacionamientos subterráneos, las maquinarias quedan a 80 o 90 metros debajo de mí. Existe en esto una especie de nostalgia por los jardines. A partir de los 6 años nunca he vivido en una casa con un espacio con pasto, solo departamentos donde eventualmente han existido algunas plantas. Recuerdo la felicidad de meter las manos en la tierra negra, de encontrar piedras, bichos bolitas y raíces, de imaginar qué encontraría si durante días seguía escarbando, de tener la posibilidad de llegar a otro lugar con una familia distinta, de ser otro al cruzar un túnel.

 

 

Hay quien postula que los topos trazan sus galerías al azar. Otros, sin embargo, consideran que sus diseños responden a un orden geométrico perfecto. Todo lo que es posible decir al respecto es que el topo planifica con las uñas. Mirar no va a andar mirando mucho, porque no ve. Un topo no es un búho, convengamos. Tampoco cava porque sí: negocia un equilibrio entre sus necesidades y los accidentes del terreno. El suyo es un orden permanentemente provisorio. 

 

                                   [El topo como caso de perfección precaria]

 

 

 

(Actualización marzo – abril 2916/ BazarAmericano)

 

 

 

 

 

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646