septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Volver al río: insectos y plantas mágicas, hermosas y profundas
Mágico hermoso profundo, de Manuela Suárez, Rosario, emr, 2014.

En la orilla, con los pies en el agua -pedazos de madera hinchada contra los tobillos, arañas que llevan en sus cabezas flores de camalote- desarrolla, para nadie, los argumentos de una vida vertiginosa.

 

Martín Prieto, “Con los pies en el agua”

 

 

 

Mágico hermoso profundo de Manuela Suárez (San Pedro, Bs. As., 1982) fue uno de los libros que obtuvo la mención especial en el Concurso Municipal de Poesía Felipe Aldana –junto a Ambulancia improvisada de Julia Enriquez– en el 2013; fue editado en el 2014 por la Municipalidad de Rosario, uniéndose al cuantioso y rico catálogo que tiene su ojo puesto en la literatura contemporánea y que hace visibles novedades en poesía, narrativa, literatura infantil, ensayo, historieta, teatro y hasta fotografía. A partir de estos aportes, el proyecto editorial –que no deja de resultar ambicioso– intenta construir una nueva biblioteca de la literatura reciente. Cada vez que llegamos a uno de estos libros, somos partícipes, en general, de un descubrimiento, emparentado directamente con la emoción que provocaba –en un pasado reciente– asistir a un videoclub y elegir una película entre cientas, movidos solamente por la curiosidad que nos despertaban algunos títulos. En un momento, en donde la brecha entre lector y autor pareciera achicarse –bajo una práctica endogámica de lector, editor y poeta–, la curiosidad puede convertirse en un valor para nada desechable, que el catálogo de esta editorial incentiva, a partir de la exposición de autores jóvenes nacidos entre los 80 y 90.

Mágico hermoso profundo pareciera constituirse a partir de fragmentos discontinuos que se concentran, por momentos, en distintos estados climáticos relacionados con el verano; lluvias tropicales, la tierra que se levanta, el río Paraná y los animales pequeños. Los textos configuran una experiencia sensorial que se vuelve, de repente, cinematográfica: “LLUVIAS TROPICALES REPENTINAS/ CAEN EN GOTAS REDONDAS/ HAY UN VIENTO QUE SEDUCE/ PERO NO SE DEJA PERSUADIR/ EN MOSTRAR TODO SU ESPLENDOR/ Y TODA SU FUERZA”. De este modo, la experiencia se inmiscuye en ciertos estados de la naturaleza desplazando el registro urbano, cotidiano y trivial: “la tierra que levanta/ adentro de un camino excavado por roedores/ adentro de un insecto que vuela/ por la costanera limpia y soleada”. De esta manera, los poemas construyen una serie de imágenes fragmentadas que se mezclan entre sí con rapidez; como el zoom de una cámara fotográfica, la mirada fija su atención en lo minúsculo, en ese insecto que pasa volando sin ser advertido.

Las imágenes, en las que puede verse la reconstrucción de ciertos climas rivereños, de plantas desmesuradas y agua en movimiento, hallan su tradición en ciertos motivos del litoral, que aparecen frecuentemente en poemas de Martín Prieto, Daniel García Helder, y más claramente en Juan L. Ortiz –entre otros–, en los que es imposible dejar de advertir el sonido del cauce del río, como si se tratara de un murmullo incesante: “Fui al río, y lo sentía/ cerca de mí/ las ramas tenían voces”. Incluso aparecen referencias que vinculan el texto de manera explícita a otros poetas, como Daniel Durand, a partir de su conocido poema “Vieja del agua” que aparece mencionado en uno de los textos. El tono autobiográfico, en este sentido, pareciera quedar desplazado, aunque de repente, como si se tratara de una confesión, declara: “qué alterada que estoy salto por cualquier cosa”. La mirada no construye paisajes, por el contrario se instala en la naturaleza del litoral desmarañada como si se tratara de un hábitat –entre lo urbano y lo semi rural–: “Yo me paseo por una casa/ me cambio el peinado/ coso botones/ todos necesitamos un movimiento”.

Nuevamente lo sensorial se instala fuertemente, creando espacios geográficos ficticios que inventan y transforman referencias ¿La presencia de lo mágico que se anuncia desde el título?: “las amapolas y los grillos/ me hacen pensar que estoy en Londres (…) mientras que repite que las plantas/ son buenas y poderosas/ que debemos permanecer en la cabaña/ agarrados entre nosotros”. En este sentido, la naturaleza genera poder y extrañamiento como si se estuviera bajo un efecto psicodélico y los acontecimientos se suceden unos a otros con rapidez, trasmitiendo el efecto de ciertos cuentos de Horacio Quiroga, donde lo natural inaugura un contacto novedoso con lo primigenio y lo virginal, es decir, como si esos territorios fueran explorados por primera vez y fuera necesario hacer del discurso un catálogo: “islas/ árboles/ camas/ perros”.

Los textos se constituyen a partir de esa observación profunda, pero también a partir del ocio que se manifiesta como un letargo producido por los largos días de verano. El lenguaje, entonces, es el instrumento que posibilita la invención –una invención mágica- sobre eso que aparece sin explicación. De este modo, animales y plantas conforman ese universo sobrenatural que produce distintas manifestaciones: “ANIMALES CAPACES DE VOLAR/ LARGANDO RAYOS DE LUZ”. El poema, entonces, se constituye como el ámbito de la exploración y el conocimiento. Ese aprendizaje es entendido como una novedad que crea un efecto de lo hermoso –en el insecto, en el río, pero también en la limpieza de una casa–: “Mi casa cambió/ yo no quería/ pero me vi trapeando/ que hermosa sensación/ olor a pino que perfuma”. De este modo, la fragmentariedad de los textos alterna distintas dimensiones de la experiencia; por un lado, la intimidad de la casa, ese espacio propio que funciona como una coraza; y por otro, ese afuera circundado por el río, las plantas y los insectos que encuentra su filiación en las poéticas del litoral, como geografía ineludible y prolífica que no deja de decir. Mágico hermoso profundo de Manuela Suárez ofrece esas dos posibilidades, que juntas se instalan como una zona de la experiencia en la poesía joven. Quizás la clave de lectura –la de experimentar con el entorno casi de una manera física pero también mágica– se encuentre en los últimos versos de uno de los poemas: “cueva luz agua viento tierra sol/ salir de la cueva/ luchar contra el viento/ llegar a la orilla/ pisar las piedras/ comprobar la resistencia/ meterme en la ola/ sobrevivir”.

 

 

 

(Actualización noviembre 2015 - febrero 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646