septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

logo.png

Editora

Ana Porrúa

Consejo editor

Osvaldo Aguirre  /  Irina Garbatzky
Matías Moscardi  /  Carlos Ríos
Alfonso Mallo

Columnistas

Paulo Ricci
/  Ezequiel Alemian

Nora Avaro
/  Juan José Becerra

Gustavo Bombini
/  Miguel Dalmaroni

Yanko González
/  Alfonso Mallo

Marcelo Díaz
/  Jorge Wolff

Aníbal Cristobo
/  Carlos Ríos

Rafael Arce
/  Ana Porrúa

Antonio Carlos Santos
/  Mario Ortiz

José Miccio
/  Adriana Astutti

Esteban López Brusa
/  Osvaldo Aguirre

Federico Leguizamón
/  David Wapner

Julio Schvartzman

Colaboran en este número

Matías Moscardi
/  Nora Avaro

Carlos Ríos
/  José Miccio

Marcela Zanin
/  Ulises Cremonte

Flavia Garione
/  Cristian J. Molina

Federico Leguizamón
/  Rodrigo Montenegro

Juan L. Delaygue
/  Juan Ariel Gómez

Luciana Sastre
/  Sebastián Bianchi

Sergio Raimondi
/  José Fraguas

Guadalupe Silva
/  Emilio Jurado Naón

Analía Capdevila

Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Luz Horne

Una crítica inespecífica
Mundos en común. Ensayos sobre la inespecificidad en el arte, de Florencia Garramuño, Buenos Aires, FCE, 2015.

Desde el famoso texto de Kant, "¿Qué es la ilustración?" y desde su mucho más cercana exégesis foucaultiana, sabemos que el pensamiento sobre el propio presente es una de las tareas más desafiantes para un intelectual y una de las cuales no puede eludir para continuar siéndolo. En su ensayo sobre lo contemporáneo, Giorgio Agamben cita el caso de Nietszche y sus Consideraciones Intempestivas para referirse a ese momento en el que el filósofo alemán decide "hacer cuentas con su propio tiempo" y reconoce que el único modo de comprenderlo es aceptar una falta de conexión, un cierto "desfasaje". Agamben continúa el argumento de Nietszche: aquellos que han intentado reflexionar sobre la contemporaneidad lo pudieron hacer sólo con la condición de dividirla en varios tiempos, de introducir en el tiempo una des-homogeneidad esencial. Únicamente a partir de esta cesura que implica considerar un tiempo dentro de otro –nos dice– es posible establecer una distancia que nos permita ver aquello que es muy cercano. 

            Mundos en común, de Florencia Garramuño, se enfrenta al desafío de comprender las transformaciones de la estética contemporánea y, a lo largo del libro, uno puede reconocer este esfuerzo –intelectual– por introducir diferentes capas temporales, históricas y de sentido, que permitan mirar con cierta distancia o "extrañeza" aquello tan cercano sobre lo que se está pensando. Acaso este movimiento pueda pensarse un eco de la ostranenie que osaba ofrecer una especificidad y autonomía para lo artístico y que aquí, en lugar de recuperarse como fundamento formal para definir lo estético, estalla y cambia de signo para brindar justamente esa distancia, esa extrañeza o falta de pertenencia necesarias para poder observar el propio presente.

            No es casual que "Frutos extraños," instalación del brasileño Nuno Ramos, sea el puntapié inicial y la metáfora que Garramuño utiliza para entender una tendencia de la estética contemporánea cada vez más pronunciada, en la que se insertan diversas prácticas textuales, visuales, fílmicas y performáticas, que ponen en cuestión su pertenencia a un medio específico, a un género particular o, incluso, a la misma categoría de arte –en muchos casos difícil de distinguir de la vida misma–; y que, por lo tanto, en este movimiento también jaquean la autonomía estética. Este arte que desborda sus propios límites no es, sin embargo, un arte híbrido en el cual se mezclan o fusionan los diferentes medios, soportes y materiales. No se trata de construir una identidad nueva, monolítica y estable sino justamente de hacer equilibro en esa grieta que las obras mismas forjan para proponer, desde allí, otro modelo de comunidad: inesencial, expandida y hospitalaria.

            Garramuño señala que si bien esta porosidad de fronteras y este cuestionamiento de las categorías críticas que sirvieron para entender el arte moderno vienen explorándose desde hace algún tiempo en las artes visuales, en la literatura aparecen como algo más novedoso. Así, Mundos en común toma ejemplos de escritores latinoamericanos muy diferentes entre sí (Clarice Lispector, Carlito Azevedo, Tamara Kamenszain, Luiz Ruffato, Mario Bellatin, María Sonia Cristoff, Diamela Eltit, Martín Gambarotta y Marcos Siscar, entre otros) y, pese a esto, afines en el gesto de proponer una literatura abierta en su propia definición de lo literario: una literatura "fuera de sí". De este modo, el libro se propone elaborar categorías críticas que se adecuen a estos objetos culturales novedosos que no son ni literatura, ni tampoco otras artes, sino que son todo eso a la vez: "para un arte inespecífico, pues, una crítica inespecífica", escribe Garramuño.

            Como una condición de posibilidad de este desplazamiento de las fronteras de los campos de la estética, Garramuño señala un cambio epistemológico: este nuevo modo del arte ya no se sostiene en la figura de la representación sino en otras operaciones. En relación a esto es fundamental el análisis que realiza sobre las políticas de archivo en la cultura contemporánea, en donde se propone el reemplazo de una epistemología de la representación por una epistemología de la presencia. En el archivo, la presencia del vestigio material permite reemplazar una lógica de restitución de un pasado –una lógica melancólica basada en la noción de trauma– por una lógica de la supervivencia. La concomitancia de diferentes temporalidades en las obras analizadas (La novela de la revolución, de Martín Kohan; Historia del llanto, de Alan Pauls e Inmemorial, de Rosângela Rennó) permite pensar nuevos modos de lidiar con la memoria y el olvido.

            Es así que Mundos en común va mostrando los engranajes que vinculan una epistemología diferente a la representativa con una política también novedosa. Justamente, una de las grandes apuestas teóricas del libro está en la idea de que la redefinición de lo estético implica un cambio en el modo de pensar su relación con la ética y la política. Garramuño propone que si lo estético ya no se define de un modo formal, puede entonces pensarse "como fundamento de una relación ética: una relación con el otro y, por lo tanto, con el mundo". En este punto, el análisis que hace de la poesía y las artes contemporáneas (Carlito Azevedo, Marcos Siscar, Tamara Kamenszain, Martín Gambarotta, Sergio Raimondi y Ernesto Neto) resulta fundamental, pues esta poesía y este arte, –dice Garramuño– al mismo tiempo que coloca un gran peso en los sentidos, los afectos y los sentimientos, lo hace sin ningún tipo de "sentimentalidad" y sin postular un sujeto fuerte. Por lo contrario, en estas obras se afirma un sujeto destituido, vulnerable ante el mundo y ante los otros, a partir del cual se vislumbra la posibilidad de fundar una ética posfundacional (Butler) en la que la individualidad queda abolida para dar paso a una reflexión sobre lo común.

            Sin embargo, el borramiento de lo individual no se lleva consigo el núcleo singular, sino que simplemente lo despoja de sus marcas de identidad para dejar al desnudo aquello que es vida pura: la materia impersonal de lo viviente, la sensación –la aisthesis–, que señala una comunidad entre lo animal y lo humano. Esta suerte de sensación flotante o singularidad sin pertenencia que se va rastreando a lo largo de los análisis que se leen en el libro, permite abrir un espacio de contacto con el otro que agujerea el hermetismo o la especificidad de la obra. Entonces, es esta puesta en crisis de lo específico –que se va viendo cómo se produce a todos los niveles: formal, personal, subjetivo, público, privado– la que promueve una redefinición del potencial político del arte contemporáneo, pues abre un espacio en el que lo común no se define ya por esencias compartidas sino por abrirse hacia lo otro de sí. Son estas prácticas de la no pertenencia las que –nos dice Garramuño– hacen del arte contemporáneo un sitio para imaginar modelos novedosos de comunidad; modos inéditos del "vivir juntos" que tanto le preocupaba al último Roland Barthes.

            La gran apuesta de Garramuño, entonces, no solo es de análisis crítico sino que conlleva la redefinición de un concepto filosófico –la estética– y el impacto que esta transformación tiene en otras esferas, como la ética y la política. Pese a esto, tampoco es un libro que podamos definir como un libro de filosofía en su sentido estricto. Al ir mostrando a través de lecturas detenidas el impacto de este tipo de arte en la redefinición de lo propio a todos los niveles, la escritura de Garramuño también va adquiriendo cierta "impropiedad" y falta de especificidad y se contagia de su objeto de estudio, mostrando performativamente cierta porosidad entre los modos de escritura contemporánea y volviéndose, en este mismo gesto, contemporánea. Es decir, este movimiento interno del texto nos abre la posibilidad de entender lo contemporáneo sin que por ello se vuelva actual. Las capas temporales y conceptuales que se van sumando a la argumentación hacen que el presente que se estudia se vuelva inteligible sin perder su complejidad. Son procesos que están ocurriendo, modos de transformación de lo estético que Garramuño analiza dejándonos ver la oscuridad que se aloja dentro de aquello que parece ser puramente luminoso. Se trata, como dice Agamben, de esa capacidad de percibir las tinieblas del presente que caracteriza a quien puede ver lo contemporáneo.

 

 

(Actualización noviembre 2015 – febrero 2016/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646