septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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La dirección hacia la cual se aleja el presente
El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad, de Vilém Flusser, Buenos Aires, Caja Negra, 2015. Traducción de Julia Tomasini. Introducción y notas de Claudia Kozak.

Quien prevé no ve lo que se aproxima, sino que ve la dirección hacia la cual se aleja el presente

 

Vilém Flusser

 

 

1.

Así como tenemos una literatura de anticipación, habría que pensar una filosofía de anticipación, una filosofía del futuro. En ese caso, uno de los fundadores del género        –junto a Marshall McLuhan– podría ser el checo Vilém Flusser. La ficción teórica que desarrolla en El universo de las imágenes técnicas. Elogio de la superficialidad (Caja negra, 2015; publicado por primera vez en 1985) encuentra su obsesión en el futuro de la cultura a tal punto que el libro adquiere, de pronto, el rango de la mejor literatura de Science Fiction. Leerlo no sólo nos permite pensar algunos de los problemas más vigentes de nuestra época sino que, además, nos sumerge en una experiencia estética: por momentos más deleuziano que Deleuze, la imaginación crítica de Flusser tiene el doble poder de la originalidad sumado a un tono profético que deja de serlo cuando, de pronto, sentimos que efectivamente acierta.

 

2.

El título es un poco engañoso: no estamos ante un libro que analizará con calma un tipo de imagen determinada. Tampoco estamos ante un ensayo que elogiará, como un Cormillot de la teoría, la superficialidad light de cierto arte contemporáneo. Todo lo contrario: estamos ante un libro radicalmente afiebrado, urgente, que aún gestado en la década de los ochenta suena como esos libros del mañana, avanzados para su época. Sin embargo, las imágenes técnicas aparecen, por supuesto, conceptualizadas. Con la figura de la «tecno-imagen», en efecto, Flusser se refiere fundamentalmente a aquellas entidades visuales producidas por la fotografía, la televisión, el cine y la computación. En el pasado, argumenta Flusser, la lógica del pensamiento se regía bajo la figura del texto, del ábaco, del collar –incluso podríamos agregar: del rizoma como desborde y límite de aquellas figuras–. Todo se encontraba «hilado». Roto el collar, sus eslabones ruedan, se dispersan: ahora tenemos, por todos lados, quantums, bits, «puntos cerodimensionales». «Piedritas» que no podemos ver, ni tocar, pero sí calcular (calculus, en latín, significa literalmente: piedrita). Las tecno-imágenes, entonces, son formas de reagrupar, en una superficie, lo disperso, partículas sueltas, formas que difieren de la lógica lineal –(h)ilativa, podríamos decir, más allá de toda idea de direccionalidad y forma– que antes ocupaba el tejido textual. Estamos ante «virtualidades concretizadas y hechas visibles». Esto tiene, para Flusser, repercusiones ontológicas, éticas y estéticas: porque ya no tendría sentido preguntarse si estas imágenes son verdaderas o falsas, reales o aparentes, profundas o superficiales, bellas o feas, si son originales o copias, privadas o públicas.

 

3.

Para Flusser –recordemos que estamos en el año 1985– la sociedad avanza hacia una nueva situación: una situación poshistórica, sucesora de la historia y de la escritura. En este sentido, su conclusión resulta lapidaria: todo es espectacular, ya no sucede más nada. Los actos ya no se dirigen al mundo, para modificarlo, sino a la imagen, para redireccionar y programar a sus receptores. Flusser declara en distintos momentos estar preocupado. A veces, incluso, tenemos la sospecha de que su elogio de la superficialidad es una forma de resistencia contra los prejuicios de su época: como si una intuición, como ésa que tienen los dinosaurios en un conocido poema de Fabián Casas, le empezara dictar al oído que «algo andaba mal». Y esto es notable porque en ciertos pasajes resulta extraordinario el nivel de proyección que tiene la teoría de Flusser –esto lo apunta varias veces Claudia Kozac– en cuanto a los debates intelectuales que aparecerán muchos años después: los derechos de autor, la concepción del «yo» en el marco de las redes sociales, el lugar de los videojuegos en la sensibilidad actual, el destino de la política y la estética en el arte contemporáneo, etcétera.

 

4.

El efecto de lectura de El universo de las imágenes técnicas es parecido al que nos produce el clásico “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, de Walter Benjamin, sobre todo en cuanto a esa fluctuación entre la fascinación y el rechazo por la tecnología y los cambios hacia los cuales se aleja el presente. Así como están las cosas, el mundo –nos dice Flusser– amenaza con dispersarse. La teoría cuántica y la tecnología computacional construyen como real una materia inasible, que se escabulle ante el menor intento por captarla en su esencia: fotones, electrones, quantums, átomos, partículas girando a la velocidad de la luz. La ciencia y la técnica clausuran la aparente y antigua solidez de las cosas: estamos ante «la transformación de la sociedad en arena, una arena compuesta por granos aislados que forman dunas movedizas» (88). En este sentido, las imágenes técnicas serían una forma de reintegrar lo desintegrado: nos permiten concretizar, tocar, señalar y programar a partir de la dispersión misma. El nuevo compromiso político, explica Flusser, se da en el interior del universo cerodimensional: se trataría, entonces, de «integrar los infinitesimales», es decir, de reunir lo disperso, concentrar la distracción ante el espectáculo. Por eso, la lógica de las tecno-imágenes se dirime en otro terreno, el terreno de la «información», que es el de la probabilidad y la improbabilidad. En la sociedad informática, el arte deberá ser, irreductiblemente, lo imprevisto: «el artista es un jugador que se compromete a oponer al juego ciego de información y desinformación un juego antagónico: un juego que traiga información nueva» (121, 122).

 

5.

Escribe Flusser: «las puntas de nuestros dedos son hechiceros que barajan el universo» (50). Luego, imagina un mundo en donde las teclas pasan a ser dispositivos fundamentales:

Las teclas se mueven en el universo ínfimo de puntos, en el universo de lo infinitamente pequeño. Son dispositivos que traducen lo infinitamente pequeño a la región donde el hombre es la medida de todas las cosas. No obstante, las teclas traducen no solo lo ínfimo a lo humano, sino también de lo ínfimo a lo gigantesco. Al apretar una tecla, explotan montañas; al apretar un botón rojo, el presidente de los Estados Unidos puede acabar con la vida humana en la Tierra (50).

Las puntas de los dedos son, en el mundo que imagina Flusser, nuestra forma de mediar la realidad. La máquina de escribir todavía nos permitía ver el accionar de su mecanismo: el rodillo rotando, los moldes de letras subiendo y bajando, la tinta impresa sobre el papel. Pero la tecla, nos recuerda Flusser, no es transparente: implica un proceso que la «caja negra» del aparato vuelve invisible. No es necesario saber, comprender, ni siquiera ver el mecanismo para usar las teclas. Por eso, la sociedad del futuro que imagina Flusser es como un «hormiguero telemático», o una «tela de araña telemática» o un «supercerebro». Cuando Flusser se refiere a sus lectores habla de sus «nietos»: así los llama. Estamos, entonces, ante un libro decididamente teledirigido al futuro. En un momento, casi al final, Flusser se dirige a estos nietos, sus nietos, y, como en un golpe de teatro, nos interpela: esta fábula –nos dice como el susurro un poco atemorizante de un fantasma filosófico– trata sobre ti.

 

(Actualización noviembre - diciembre 2015 / enero - febrero 2016)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646