septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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"No sé si las cosas cambiarán/ pero este momento es único"
Volver a la escuela, de Diego Vdovichenko, La Plata, Club Hem editores, 2015. Prólogo de Claudia Masin. *

 

 

Volver a la escuela: el título de este libro de Diego Vdovichenko (Rosario del Tala, 1985) atrae una figura imposible, la del que regresa –¿con la frente marchita?– a una institución especializada en hacer retornable cualquier asunto que la contradiga o ponga en riesgo la tiza de plomo donde cuaja su tradición; por el contrario, que haya regreso en sus poemas tiene que ver con la plena distorsión del camuflado: el que vuelve es un profesor de Prácticas del lenguaje, un escolarizado cuádruple que se refugia, a la manera de un homeless, en la unidad habitacional a la que le decimos aula (“toqué la puerta y me hizo pasar./ no le gustó que no llamé para avisar/ que estaban cubiertas las horas./ no le gustó que tenga puesta la capucha,/ porque los profesores no usan capucha,/ tampoco que tenga las uñas pintadas,/ no agregó un por qué;/ saltó de su silla// vamos al aula”).

En ese rectángulo, el profesor trabaja los martes y los viernes. Los alumnos van y vienen, hacen y deshacen a su antojo: una línea de flotación anticipa el hundimiento y lo pospone, mientras  escribe en su libreta algo que podríamos llamar registro etnográfico de clase (bajo las condiciones de pertinencia que sugiere Elsie Rockwell: estancia, interacción y relaciones de confianza, documento descriptivo y, por sobre todas las cosas, transformación), cuarenta entradas distribuidas en dos series temporales a la manera de crónicas o antimemorias febriles del observador que pasa a ser el centro de una escena donde alumnos, directivos y subalternos insisten en pasarlo por las armas (“Nacho/ para hacerse el hombre,/ el piola,/ me mostró una punta,/ corta,/ onda 10 cmts,/ de acero,/ el mango tallado.// se reía/ a cada cosa que le decía/ respondía// ma que, ma que” y también “cuando estábamos en el pasillo/ vino la directora y me dijo, delante de todos, que vaya después de clase/ a firmar el acta”).

Mientras espera la materialización provincial del salario, el etnógrafo del aula describe con lenguaje prestado cómo la tribu de alumnos lo adora, se identifica con él y al mismo tiempo lo pone contra las cuerdas, en una relación recalentada por las cláusulas del desgaste y de la corrosión; el profesor no se rinde, les hace “escribir un texto donde se desarrolle/ una situación tensa con final feliz”. En paralelo, se reproducen las idas y vueltas de una directora que con saña y mala leche le marca la cancha y gestiona su cacicazgo a golpe de artificios administrativos, acompañada con menos voluntad que maña por la cháchara desvanecida de los profesores. 

A esa escuela, a la escuela que aparece en los poemas de Vdovichenko, quién quisiera volver: los cuerpos conurbanos presentan batalla y el profe, limado por la hostilidad, es el fusible a punto de saltar, la inminencia y la acreditación de un cortocircuito inevitable. Es así: la tribu lo abraza porque está a punto de comérselo. El cortafuego, sin embargo, sobreviene y también es colectivo: “hay algo del docente que parece interesarles mucho más/ que los contenidos de la materia./ el aula es un lugar que nos creamos entre todos/ para divertirnos bien lejos/ de lo que está afuera de la escuela”. Ese afuera –lo warrior del barrio– entra, contamina, raspa los bordes de lo curricular –y del poema– para manifestar la leyenda de una tribu brava, joven y hermosa que opone sus navajas a la carroza inmóvil que los guarda. No les pidamos sumisión: para asumirnos en la sumisión estamos nosotros.

Hay que decir también que Volver a la escuela es un libro necesario, como resultan necesarias ciertas fatalidades. Es el resultado de misturar hasta lo indiscernible el curso realista, confesional  e impresionista de sus versos. Que los lean los alumnos. Que los lean los profesores. Que los lean los que quieren volver a la escuela y quienes jamás regresarían. Porque hay en estos poemas una obstinación que socava un modelo condenado a la extinción. Porque es preciso, más que nunca, demoler la mala escuela. Porque cada página de este libro llega para decirnos que la única educación posible –entendida como un campo irresoluble de acuerdos y disidencias– es o tendría que ser, acaso para siempre, una educación sentimental. Y, de más está decirlo, ineluctablemente poética.

 

** Este libro forma parte de la colección Ojo de tormenta, cuya característica es la publicación de libros dobles de poesía. El libro de Diego Vdovichenko arma un tándem con Todo el tiempo de cero, de Paula Peyseré.

 

 

(Actualización noviembre 2015 - febrero 2016/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646