noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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La vida proliferante o de Mansilla a New Order
Vidas epifánicas, de Gustavo Álvarez Nuñez, Buenos Aires, Mansalva, 2015.

Cualquier destino, por largo y complicado que sea,

consta en realidad de un solo momento

Jorge Luis Borges

 

El poder busca poder, la potencia busca fluir

Daniel Melero

 

En 1980, luego del suicidio de Ian Curtis, sus compañeros de Joy Division decidieron continuar con la edición de Closer, cuyo lúgubre arte de tapa parecía presagiar un final inminente; sin embargo, la decisión fue refundarse, cambiar de nombre y continuar un proyecto proliferante que el mes pasado (septiembre, 2015) editó su décimo álbum, Music Complete.

Esta irrelevante introducción quiere conectar algo de ese impulso por la mutación (de identidades, de nombres, de sonidos) con el libro que reúne los textos de Gustavo Álvarez Núñez; una composición, tanto en un sentido estricto como en las figuraciones implicadas en ese modo de trabajo con el material que lo acerca hacia la música. Letra y música serían, entonces, dos códigos, dos lenguajes, dos experiencias (¿autobiográficas?) puestas en diálogo a fin de componer este objeto publicado por Mansalva: Vidas epifánicas. La paradoja, sin embargo, es advertir que las epifanías de Álvarez Núñez no se concentran en la revelación de un largo y complicado destino, sino en un detenimiento que habilita la dispersión.   

Estas vidas (reales) desfiguradas en la ficción son el soporte discursivo para enmascarar historias. De esta forma, hablar de sí a través de otros podría ser un modo de conectar el conjunto heterogéneo de vidas convocadas; o quizás, más precisamente, es la modulación multifacética lo que disfraza al yo que escribe (y nunca dice yo), para proyectarlo en una trama de nombres propios como signos de una cultura mutante: del pop a la gauchesca, de Dadá al dandismo, del punk rock de las islas británicas al dub de las islas de Caribe, de la noche de París a la noche de Buenos Aires. Con lo cual, no hay concentraciones, taxonomías, puntos fijos, sino un cúmulo de historias que pueden encarnarse momentáneamente antes de seguir su curso.

Por esto, Vidas epifánicas es, ante todo, una trama de textos que se activan en la gravitación de un nombre propio. Estas identidades figuradas son adoptadas como avatares para instalar el relato y, al mismo tiempo, establecer tres series de expresión: la música (Brian Eno, Marvin Gaye, Bernard Sumner, Lee “Scratch” Perry, Keith Richards, Pete Shelley, Miles Davis), las artes visuales (Piet Mondrian, Marcel Duchamp, Yves Klein), la literatura (Clarice Lispector, José Hernández, Lucio V. Mansilla, Paulo Leminski, Anthony Hopkins, Armando Enhiesta). Así, la materia larval del libro no es la vida revelada en su carácter singular o anómalo, sino la apropiación de unos signos-nombres de la memoria colectiva (y de la cultura masiva) para transitar una red de experiencias y expresiones vinculadas al arte, como instancias donde se filtran afinidades y afectos. Con lo cual, el verdadero problema que recorre y unifica los relatos es el deslizamiento de la ficción a través de esa cultura de las artes; trazando un itinerario que actúa como la potencia (diría Melero) textual de la composición.   

En lugar de postular el instante de inspiración borgeana, la curiosidad se traduce como un intervalo anclado en lo banal, en lo nimio, una excusa para poner en funcionamiento la escritura. Cada relato puede ser pensado como un corte trivial que contrasta la notoriedad de una vida celebre; una viñeta o una fracción en el mosaico de personajes evocados por Álvarez Núñez para desencadenar la fabulación, la deriva y cierta experimentación en la escritura.

Un detalle (compositivo). Antes de entrar en el territorio imaginario se despliegan fragmentos que, desde la posición del epígrafe, hacen escuchar otras voces (biógrafos, críticos, memorias, trozos de cartas, artículos en revistas, etc.); discursos que bordean e introducen la ficción especulativa presentada sobre un ícono. Ese valor icónico funciona tránsito entre líneas que conectan territorios aparentemente inarticulables. El texto “Lucio V. Mansilla. La libertad como un viento que todo lo puede” concreta esa asociación polifacética entre discursos y régimen de signos:

 

“-Mi amigo, cuando uno es sobrino de don Juan Manuel de Rozas, no lee El contrato social, si se ha de quedar en este país; o se va de él si quiere leerlo con provecho” “Causeries del jueves / Libro V”. Lucio V. Mansilla

 

El hombre ha nacido libre, y en todas partes está encadenado. Hay quien se cree señor de los demás y es más esclavo que ellos. ¿Cómo se ha producido este cambio? Lo ignoro. ¿Qué es lo que puede hacerlo legítimo?” Supongamos que cuando mi padre me sorprendió leyendo El contrato social, éstas eran las líneas sobre las que estaba reflexionando. El concepto de libertad, de eso que no tiene precio, me estaba generando todo tipo de inquietudes. ¿Qué había detrás de mi libertad? ¿Todos éramos libres? ¿O la libertad era un estado en la mente?” (2015: 59)  

El texto reúne temporalidades asincrónicas, parte del siglo XIX, Rosas, la voz de Mansilla, padre, estilizada en la escena de lectura de El contra social elaborada por Masilla, hijo, en la causerie, para terminar con una línea de la canción de Babasónicos “Coralcaraza” incluida en Trance Zomba (1994); objetos disímiles articulados en la simultaneidad del texto que se disponen equitativamente sin preocupación por lo diverso, sino subrayando el signo múltiple de esas referencias. La escritura de Álvarez Núñez construye esas anécdotas mínimas sin rehusar la digresión y la imaginación asociativa. Y es a través de una sintaxis consciente de repeticiones que se hace ingresar la deriva; evitando encadenar secuencias argumentales, para expandir tonos y ritmos. El relato “Paulo Leminski. Varios frentes” presenta el extremo de esa escritura que se propone abiertamente experimental, repitiendo y variando la misma frase (“Hace un año”) como reiteración que constata la diferencia, el paso del tiempo y la despersonalización: “Hace un año, yo no era yo”.       

A través de esas máscaras diseñadas en los nombres de la cultura pop y una eclética tradición literaria ingresan los temas de los relatos; la memoria, las amistades, el amor, la infancia, la vida de la noche, elementos  para construir un plano de sentidos siempre apoyados en una escritura que suena, o mejor, actúa como reverberación de un clima cultural, de una escena. Así, los textos que dialogan con el universo del arte plástico a través de Duchamp, Klein y Mondrian se disgregan –abandonan el territorio del museo- para producir un registro del amor, de la sexualidad y la poesía (insertada directamente en el cuerpo del relato en “Yves Klein. Bajo el cielo de París”), haciendo de la historia del arte un gran relato donde insertar pequeñas historias. Del mismo modo, los textos que parten de referencias hacia la música hacen sonar un clima de época, se esfuerzan por tomar la anécdota como un punto de partida donde percibir registros sensibles; el sonido del mar y el movimiento de las olas en “Lee Scratch Perry. El llamado”, los olores de una panadería en la madrugada en “Anthony Hopkins. Lo que callamos no tiene porqué mancharnos”, el tacto de una camisa de seda en “Bernard Sumner (New Order). Como la vida misma”, la dispersión de un yo en el mundo contrarrestando la familia, la educación y la infancia en “Brian Eno. Disolución”. Esa dispersión es la marca que se repite como un gesto constante en cada relato; un modo de explorar la despersonalización ya iniciada en la adopción de un ícono pop como perspectiva narrativa; y a partir ahí, avanzar hacia una indistinción, es decir, anulando la celebridad del nombre para procurar un registro de experiencias, percepciones y afectos.

Vidas epifánicas puede ser pensada como una escritura de lo inminente, de aquello que puede emerger y conectar puntos distantes del pasado y el presente, modos de escribir sobre aquello que irrumpe en cualquier momento para desestabilizar la molaridad y hacer ingresar en la escritura la vibración de las cosas; la guitarra de un Rolling Stone, el piano de Brian Eno, la lengua de Leminski, la conversación de Mansilla, la distorsión del punk rock, la pulsación rítmica de Perry, las pistas de baile de Buenos Aires, el sonido del mundo.

 

 

(Actualización noviembre - diciembre 2015 / enero - febrero 2016)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646