septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Colaboran en este número

Matías Moscardi
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Diseño

Carlos Ríos

La vigencia del método
Aisenberg, de Roberto Amigo, Santiago Villanueva y María Moreno, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2014 (edición bilingüe).

En Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones, una performance que pone en escena la naturaleza del lenguaje, como escribió Jorge Di Paola a modo de comentario introductorio de ese libro colectivo, de factura íntima y dominio público que reúne términos que «contribuyen a la construcción del discurso del arte actual», en palabras de Diana Aisenberg (Buenos Aires, 1958), la palabra libro refiere, entre otros acercamientos, a una forma y su permanencia. La inalterabilidad del artefacto. Agregaría algo más: lo que permanece inalterable en un libro es, justamente, su errancia: ese carácter. Así, los desplazamientos de significaciones y las concurrencias múltiples en el diccionario lo transforman en un libro inacabado, producto de alteraciones sucesivas desde que Aisenberg diseñó la primera versión en 1997, y esa característica esencial ahora se reconfigura para introducirse en la empresa visual, biográfica y ensayística de Aisenberg (un libro que a su modo busca contrastar los modos de alterarse o simular una cláusula de inalteración que tiene todo libro de artista).

Vayamos al campo extendido del libro, donde el condominio de su multiplicidad es posible desde diversas entradas: el texto ensayístico de Roberto Amigo, el reportaje de María Moreno y la relevancia educativa que Santiago Villanueva le adjudica a Aisenberg. Estas plataformas textuales son intervenidas, desde los bordes, por un centenar de reproducciones y fotografías que exhiben 35 años de trabajo de la artista, obra que no se había reunido en una publicación anterior.

Aisenberg es un imán cromático y discursivo que transita distintos núcleos, puntos de entrada, desplazamiento y salida que multidimensionan la figura de Diana Aisenberg. Es, a su modo, un archivo abierto de la artista. Traza líneas, indaga en la distorsión figurativa que pinta metódicamente lo azaroso (Amigo) de alguien que revisa la praxis del cielo (Moreno) y piensa la pintura como una escuela (Villanueva). Examina genealogías, asocia los modos de una pintura a contrapelo que vuelta del exilio (Jerusalén, 1976-1982) recupera sensibilidades desde sus estridencias, en plena coyuntura política; apunta los deslizamientos iconográficos, narra las lecturas que el pincel hace de los motivos religiosos, devocionales y de género, también los acercamiento y el diálogo con las obras de Arturo Carrera, Felisberto Hernández, Emmanuel Swedenborg y Martín Malharro, sus vacas sin patria y el carácter femenino que habita en cada nombre, aquel viejo sufí que fue su maestro en Jerusalén, el ingreso y significación de los animales en el habla popular, las variaciones de objetos, las madonas, los ángeles, las niñas y los pesebres, la exploración de los cielos de Cándido López y los cristales, las gallinas y los huevos, el emplazamiento y las intervenciones públicas y de cauces móviles que amplifican los alcances del diccionario de certezas e intuiciones.

Como ha dicho María Gainza por fuera de este libro, “Aisenberg es consciente de lo inevitable: habrá que aprender a ver de nuevo”. Bajo esta premisa, podríamos decir, se abre el Método-Aisenberg que planea en las distintas secciones del libro: el trabajo sobre el referente –«punto de partida, un disparador, es aquello que uno mira y donde se mira», también en relación con una trayectoria y las distintas tomas de posición determinantes–resulta decisivo en la formación de artista tanto como el reconocimiento de los antirreferentes, así como también echar nuevas miradas sobre una historia del arte que silencia la autocrítica. El trabajo sobre la línea, el color y la figura humana ingresa con estas singularidades en las clínicas y los talleres construidos desde los modos de sociabilidad, allí tienen lugar las miles de preguntas, la confección de listas y la sistematización de los formatos. Aisenberg, explica Villanueva, «entiende el movimiento de la mano como un gesto de la historia, un proceso en continuo cambio, detenido momentáneamente en el uso del pincel».

En su cuenta de Twitter, Diana Aisenberg escribió el mismo día en que esta reseña tentativa pone punto y aparte: «es en el lugar sin contornos donde aparecen las condiciones de la poeticidad». Este libro, el suyo, donde una ilusión biográfica la contiene, la fija en un momento y produce una instantánea que focaliza para después dejarla ir, en los destellos de una obra que no para de decir e interrogarnos, donde se ponen en juego —en un libro encantador y sin contornos— las condiciones de la poeticidad de una de las artistas centrales en las artes de nuestro país.




(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)


9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646