septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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El tiempo de la crónica
Anfibia. Crónicas y ensayos 1, de Cristian Alarcón (director), Buenos Aires, UNSAM, 2015.

“Crónicas anfibias”, la primera sección de los 24 textos que conforman Anfibia, crónicas y ensayos 1 refuta la escritura como experiencia individual. En dúos intencionalmente dispares, cada crónica escrita a cuatro manos logra su propia identidad y se enlazan por un factor común: la memoria. En la segunda parte, “Perfiles”, las crónicas abordan figuras claves del presente. A veces parecen seres humanos demasiado buenos, a veces villanos sin escrúpulos ni enmiendas desde su óptica narcisista, a veces híbridos que no se definieron, pero siempre hablan de diamantes que hermosos, por invaluables o falsos, brillarán en la oscuridad.

En la tercera parte, “Crónicas”, y la cuarta, “Ensayos”, algunas crónicas exploran un tema conocido desde una nueva óptica, otras ingresan a lugares que de otra manera no conoceríamos. Como en la buena literatura, como en el manual del cuentista aplicado, cuando se habla de un tema cotidiano se visitan tantos mundos como lectores posibles. La crónica no se puede escindir de la ficción: si son buenas, elegimos creer en ellas.

La propuesta del libro, entonces, es desafiar nuestra memoria, que no sea un “depósito inalterable de experiencias” como dicen Betina González y Ramiro Freudenthal en “El olvido de los cangrejos”. Allí se abre un modo posible desde donde una crónica pueda instituirse: “Evocar (en latín llamar a ciertos espíritus o dioses) es más que recordar una cara. Traer al presente un recuerdo puede conducir a su modificación. Evocar es abrir la memoria. El olvido, la contracara de la memoria, no es amnesia: el olvido puede modificar un recuerdo hasta convertirlo en otra cosa”.

 

El hilo de Ariadna

Quiero ser futbolista, quiero ser único, amado, representativo, heroico e irrefutable desde mis logros. Quiero ser parte de algo que la sociedad no entiende: el equipo es el otro, ese el mensaje que los jugadores de la selección en el mundial de Brasil se trasmitían entre ellos pero que el público no logró comprender, ese es el mensaje del ensayo de Alejandro Grimson “El equipo es el otro”. Para los desencantados, en cambio, para los que aceptan que cuando se habla de fútbol se refuta el sentimiento de igualar la selección con el país se recomienda leer “El mundial es ficción” de Pablo Alabarces. “Apenas le damos dos vueltas, comprendemos que veintitrés tipos, jóvenes plenos de vigor, hormonas activísimas, rodillas en buenas condiciones y dinero, no pueden ser representativos de sociedades infinitamente más complejas, donde las mujeres son mayoría y donde gran porcentaje de los hombres no podemos dar dos pasos sin quejarnos de algún dolor”. En esta crónica sobre el mundial de Brasil 2014 escrita por Alabarces antes del resultado final, antes de los siete goles de Alemania al local, se resiste a la tendencia de perder la individualidad en manos de la primera persona del plural: “Siempre se trata de hombres: la patria, deportiva o políticamente hablando, es cosa de machos, que son los que la inventan y administran. Puede pasar con el rugby, donde esos quince gordos cantan el himno con el protector bucal puesto como si estuvieran a punto de entrar en batalla. No puede pasar con el hockey femenino: las minas no pueden ser la patria, sino apenas un complemento simpático y erótico”.

Todo lo almacenado en la mente es una representación de lo que alguna vez llegó a través de los sentidos. ¿Eso es lo que explica un monstruo que camina de costado y huye del miedo, pero no lo suficiente para no ser atrapado en un cangrejal? Si es eso, ese esfuerzo no implica reconocimiento social, dinero ni lujo. Aquel que quiera éxito rápido, dinero negro, vida fácil, aquel que, como en el imaginario de Walter White, idealiza la vida de un narco como Robin Hood con banda ancha, mejor detenerse un minuto, leer “La narco máquina ya no necesita chapos” por Rossana Reguillo Cruz y entender que esa vida asegura alcanzar un bienestar y cierto poder pero también una muerte rápida y dolorosa. Y no es la única advertencia para evitar el dinero fácil. En “Cueveros: los ganadores de la fiebre del dólar”, crónica de Alejandro Rebossio, se retrata la vida del mercado de dinero ilegal. La vida sin escrúpulos, la simplificación de un crimen, de guante blanco, sí, pero crimen al fin: “Abrió una cuenta en las Islas Vírgenes Británicas para comenzar a operar. Para eso contrató a un gestor que cobra entre 3.000 y 6.000 dólares. Una persona de su confianza aportó el capital para llenar esa cuenta de dólares desde otra que también tenía en el extranjero. Cuando uno de sus clientes quiere fugar una cierta cantidad de dólares, le lleva los billetes a su oficina. Entonces ordena el giro de esa cifra desde su cuenta caribeña a alguna que su cliente tenga en el exterior y se queda con los billetes”.

Ese papel impreso con números y valor nominal dividen clases sociales, otorgan poder y privilegios, niegan oportunidades y mantienen el orden desleal del mundo. La crónica “El costo de las relaciones domésticas” por Santiago Canevaro y Luciana Mantero habla de la memoria de clases sociales, del patrón y la doméstica, del amo y el sirviente, del recuerdo de la pertenencia social, de la realidad virtual en la que los dueños del dinero descargan su furia y encuentran un oasis de impunidad como anónimos comentaristas en diarios y blogs. Pero los espejismos cibernéticos no indican distancias sociales inamovibles, la movilidad, la sensación de elástico que se tensa y acorta, es, quizás, inherente, a la memoria del peronismo y la cultura igualitaria. Y la relación patrón-doméstica se tensa y continúa en la crónica “La China Invisible” escrita por Sebastián Hacher y Ariel Wilkis donde la mujer que podría ser una empleada doméstica busca otro destino y recorre 1300 kilómetros en un micro de asientos apenas reclinables, sólo para conseguir ropa a precio barato que intentará vender lo antes posible para recomenzar el ciclo y volver a la ruta, a Bolivia, a la vida en los micros donde los contrabandistas de ropa tienen las mismas esperanzas de sortear el ojo del Estado que los narcos. En su país escapará de la justicia comunitaria, categoría establecida por el Banco Mundial después de estudiar la justicia que se aplica en las zonas rurales de Bolivia como se explica en la crónica “Bolivia: los linchados del alto” por Jorge Derpic y Alex Ayala, donde se narra la historia de un ladrón que sobrevivió al fuego y que se recupera en el pabellón de quemados atemorizado ante sonidos paroxísticos: un cuchillo cuando cae sobre un plato, una puerta que se cierra de golpe. El hombre es un sobreviviente, dos o tres veces a la semana lo trasladan a un quirófano último modelo para hacerle injertos de piel en la regiones chamuscadas de su cuerpo. Y después lo devuelven dopado a su cuarto.

 

Perfiles

Los cuatro perfiles en “Crónicas anfibias” retratan el lado B de personas reconocidas. Más allá del padre”, es un perfil de Pablo Moyano escrito por Nicolás Damin y Diego Genoud que cuenta la historia de un hombre múltiple en lealtades, hijo de un sindicalista y jugador de fútbol que enfrenta agrupaciones políticas, como La Cámpora, en canchas de cinco con césped sintético. Pablo Moyano se presenta como un hombre que habló de dólares y se expuso, como un hombre que deja una enseñanza clara: un minuto de sinceridad te puede condenar, más aun si ese minuto te llega maquillado y brilloso por las luces y la furia a la que te guió un conductor del programa de televisión que quiere convertirse en el entrevistador estrella de las pampas más australes.

Tan estrella como el conductor del programa político que compite los domingos a la noche contra Fútbol para Todos, el segundo de los nombres que encontramos en los perfiles bajo el título “Lanata: la moral del tiburón” escrito por Pablo Perantuono y Lucas Rubinich. La crónica dice que alguna vez Lanata fue joven, innovador, fundó un diario y creció. Dice que camina con paso de pingüino: simpático, ladeado, pendular. El periodista dice que quiere que lo quieran, el perfil sugiere que hace todo lo posible para que no sea así. Lo consigue, podríamos agregar, al punto de que no lo invitan cuando festejan los 25 años del diario que fundó. El periodista se reconoce una contradicción perecedera: quiso derrotar a Clarín y también ser masivo, y ahora que es masivo, sabe que si mañana el Gobierno y Clarín se amigan se queda sin trabajo.

“Zaffaroni, el supremo anfibio” perfil a cargo de Federico Bianchini es el retrato del juez tardío, del juez que sabe que en los libros de papel está el saber universal, y que se siente inmortal en su biblioteca imposible de ordenar. Su biblioteca imposible ordena los estantes de su vida: tan inclasificable como el miedo a morir, tan absurda como demorar cincuenta años en aprender a nadar para después progresar de piletas de niños a ríos turbulentos, tan prohibida como la sexualidad para una sociedad que no se define y aún estigmatiza a los ciudadanos que no hacen una exhibición pública de sus amores y excesos.

“Hebe Uhart, el estilo en mirada” de Mariana Enriquez es la historia feliz de una mujer sencilla. Y la felicidad está en saber encontrarla. Está en escaparse de una reunión para ir al zoológico, perder el tiempo (para otros) hablando de comidas y recetas, organizar asados en el quincho del edificio, tener un tierno pasado rebelde, algo significativo pero ya justificado, saber que alguna vez corrió un riesgo, por ejemplo escapar siguiendo a un hombre casado para volver a la casa materna un año después, y sola, algo que en estos tiempos se cura con una semana de tristeza sin alterar ninguna rutina. La escritora Hebe Uhart encuentra la felicidad en los amigos y en viajar, mucho, pero no a lugares exóticos: no pretende soñar con la China ni con India, esas probables experiencias serían un asalto a sus sentidos, ella misma confiesa que no entendería nada. ¿Cómo haría para absorber toda esa información? No lo soportaría.

 

Y donde haya hombres, habrá religión y consumo

Si Hebe Uhart no viaja muy lejos de su casa, en cambio Hinde Pomeraniec se traslada en su ensayo al territorio sagrado de Crimea, la antigua colonia griega de Quersonesos donde se bautizó al príncipe Vladimir de Kiev y se introdujo al mismo tiempo el cristianismo. Pomeraniec analiza el territorio clave para que el pulpo Ruso subsista gracias a los caños que transportan el gas que Rusia le vende a Europa. El impecable ensayo se llama “Crimea: allí donde haya rusos, hay Rusia” y es el primer paso hacia la religión y el consumo capitalista que tan bien se desarrolla en la crónica “La derecha respira” escrita a cuatro manos por Diego Geddes y Nicolás Viotti desde la visión de una sociedad disuadida de profesarse atea, fuertemente asediada por el catolicismo que ve como una amenaza la espiritualización del mercado y la política, y busca una rentabilidad económica en esa politización y mercantilización de la espiritualidad.

En la crónica de Geddes y Viotti se habla del Ravi Shankar, el líder espiritual de la ONG el arte de vivir, un hombre que se mueve en combis con custodia y tiene los rituales (caprichos) de una gran estrella global. Un hombre que duerme en el Sheraton, que cree en la respiración y en feria de espiritualidad, en la ayahuasca y los talleres holísticos, en la sabiduría sagrada y el neoshamanismo, en los cursos de milagros y Brian Weiss, en Herbalife y Marcelo Tinelli. Un hombre que debería vivir como vive la protagonista de “La vaca sagrada” crónica escrita por Josefina Licitra, donde Rosita (una vaca clonada con cinco madres que se iba a llamar Cristina pero la presidenta le negó el nombre en cadena nacional) vive en una casa con una cocina chica, dos habitaciones, un baño y una sala de estar con revestimiento de azulejos blancos en los que alguien escribe anualmente: ¡Feliz cumpleaños, Rosita! Y que no tiene ninguna aspiración ni ningún sueño: el resultado aséptico de la ciencia que la tiene aislada y controlado en un ambiente esteril. Un ambiente donde respirar es lo más importante, como si el Ravi Shankar vigilara la evolución de la vaca en un ambiente que no la enferme, opuesto al ambiente de los casinos, esas salas de juego y azar que destruyen sin culpa las vidas ordenadas de las personas propensas a la entropía. Gisele Sousa Dias escribe su crónica “Los arruinados del Paraná” desde la perspectiva que el juego es, también, una consecuencia de la soledad social. Estamos solos y viejos, el tiempo es una carga que se puede anular si se le impone otro orden: el orden de los tiros de la ruleta, las cartas que reparte el croupier o la velocidad de las máquinas en darnos otra esperanza. Cuando ese tiempo se anula y se ingresa en un estadio meditativo, inconsciente de la realidad, quizás se medita y se aprende a respirar, de la misma manera que enseña el Ravi Shankar. Porque todo deja ganancias. La espiritualidad, el Casino, la adolescencia. Todo es religión y consumo. En el ensayo de Carolina Duek “Violetta: ganancias sin apuestas” se habla de una niña (no clonada, pero sí condicionada) que representa la adolescencia y también la sustentabilidad que el capitalismo busca en ciertos productos de consumo. Al mercado de consumo no le alcanza con adiestrar a miles de niños para que compren un muñeco después de repetir incansablemente la propaganda, también debe educar a un modelo, formarlo y convertirlo en un robot capitalista: una máquina fértil capaz de engendrar vida y producir dinero, una máquina que cuando envejezca el mismo sistema deglutirá y abandonará en el lodo, porque nada vende tanto como un producto fallido. Pocos recuerdan la llegada del hombre a la luna sin pensar en la estafa pero todos recuerdan con tristeza cómo explotaba el transbordador Discovery en el aire.

 

Preguntas que mueven montañas

Como la fe, las preguntas movilizan al ser humano, cuestionan los cimientos de la sociedad y llevan a la escritura:

¿Qué hace una portadora de VIH cuando está desnuda frente a su amante? Piensa que es mejor no hablar antes o después del sexo que siempre va a ser así: con preservativo. “¿Por qué no me lo dijiste antes?” Son las preguntas que buscan respuesta en el ensayo que Mariana Iacono escribe sobre la dificultad de hablar de una enfermedad que sigue siendo tabú.

¿Cómo nombrar a los hijos de los militares argentinos que cometieron violaciones a los derechos humanos durante los años 70? ¿Cómo heredan esos hijos las atrocidades que cometieron sus padres? ¿Cómo vivir con el recuerdo de un padre que junto a otro gendarme arreglaban una bomba de agua en el patio de la infancia y que en un momento dice: “Apretala que vomita”? “Hijos de represores: 30.000 quilombos” por Máximo Baradó y Félix Bruzzone.

¿Qué se escribe, siente, festeja cuando muera alguien como Videla? Es la pregunta que motiva el ensayo de Raquel Robles “Nacer y Morir eso hacemos todos”.

¿Cómo aceptar el número oficial de muertos en las inundaciones del 2013 en la ciudad de La Plata?, se pregunta Juan Manuel Mannarino en “Los muertos negados” ¿Cómo creer en un Estado sin estadísticas? ¿Sin un censo que registre la inmigración de países limítrofes o que regule medidas de seguridad básica para que los pacientes de un hospital no se mueran porque los equipos de luz quedan bajo el agua? ¿Cómo volver a mirar la empalagosa Titánic o Lo imposible en la televisión sin recordar el desastre? ¿Cómo leer sobre la contracara del agua, el fuego que arrasó con Valparaíso en la crónica “Ardió la pobreza” escrita por Álvaro Bisama y no sentir que la naturaleza desnuda nuestras miserias e imprevisiones?

¿Cómo no sentirse injusto y no evitar el sufrimiento ajeno? ¿Cómo ser conductor de un reality show y no pedir donaciones para solventar viajes a China con el fin de la cura con células madres a todos los chicos que lo necesitan y necesitan de la solidaridad? Son algunas de las preguntas que cruzan la crónica “Colecta por células madre: comprar esperanzas chinas”, escrita por Andrés Grippo. El autor nos cuenta que existen más de 100 clínicas chinas que realizan el tratamiento con células madres y que todas funcionan con dos premisas: la medicina tradicional está agotada y las regulaciones en el resto del mundo son demasiado estrictas. Andrés Grippo también nos cuenta que el ministro de salud chino juró fusilar a los que hicieran tratamientos experimentales y cobrarles las balas a los familiares del fusilado, y que sin embargo el consulado permite que las clínicas ayuden a los pacientes extranjeros a resolver sus trámites de visa. A pesar de las mil y tantas contradicciones, la pregunta final es: ¿Cómo acompañar a esos padres que dicen “Mi hijo no camina, no se sienta, no habla, el tratamiento en China es una esperanza que nadie nos va a quitar”?

Y la pregunta final, la que nadie quiere hacerse es ¿cómo naturalizar la muerte? ¿Cómo aceptarla? En “Los fantasmas del Facebook” crónica escrita por Victoria Ennis y Marian Moya puede estar la respuesta. En la crónica se da una vuelta de tuerca al destino más viejo de los seres humanos. Para Facebook, morir no es necesariamente un problema, la imagen de los muertos permanece vital y fresca. Las cuentas no se cierran por inactividad como ocurre con los mails. Los perfiles de los muertos permanecen abiertos. La memoria virtual permite la creación de santuarios intangibles y comunicarse con el más allá como si del otro lado hubiera conexión wi-fi ilimitada. Cuando alguien elabora su “otro yo virtual”, completando su perfil, agregando fotos, detalles de hobbies, pensamientos íntimos o noticias sobre su vida, no imagina que esa parafernalia de información personal podría quedar a merced de cualquier “amigo” si llegara a morir. Facebook es la nueva definición de inmortalidad: la transferencia inconsciente de la memoria natural encriptada a una memoria (inteligencia) artificial.

Anfibia, crónicas y ensayos 1 respeta la lógica de Facebook ante la muerte. Es un libro que un día desaparecerá y que, como la red social, seguirá existiendo en el mundo virtual tanto tiempo como exista internet y la tecnología sustentable, pero también, al editarse en el formato tradicional, vivirá el tiempo de las librerías. El salto de la pantalla al papel favorece estas crónicas, las expande, incrementa y permite la comparación para demostrar cómo un género se perfecciona y reinventa a sí mismo.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646