noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Matías Moscardi

Las palabras y las manos: el sentido recobrado
El sentido ovidado. Ensayo sobre el tacto, de Pablo Maurette, Buenos Aires, Mardulce, 2015.

1.

El sentido olvidado. Ensayos sobre el tacto (Mardulce, 2015), de Pablo Maurette, es un libro absolutamente extraordinario, atípico, necesario, estimulante y genial. Ya sé, ya sé: lo anterior parece uno de esos slogans publicitarios para el afiche de una mala película de Hollywood. De hecho, confieso que me irrita leer, en cualquier reseña, frases como la que acabo de escribir. Pero si mi exasperación es real –y créanme que lo es–, entonces la frase no podría ser más verdadera. El libro de Maurette –creo que este año y, en adelante, no me voy a cansar de repetirlo una y otra vez, hasta el hartazgo– es un libro absolutamente extraordinario, atípico, necesario, estimulante y genial.

 

2.

Pasan dos cosas. La primera es que Maurette es un narrador –un escritor– notable. Los ensayos filosóficos eruditos suelen estar tan cargados de información que implican una experiencia de lectura a menudo tediosa, soporífera, densa. Por el contrario, El sentido olvidado –quizás justamente por tratarse de un ensayo sobre el tacto– despliega un tipo de prosa que tiene una textura literaria en la que, sin embargo, jamás se diluye el marcado rigor enciclopédico que parece sostener cada frase, así como tampoco se licúa la claridad conceptual de cada abordaje. De esto se desprende lo segundo: su lucidez. Cada página de El sentido olvidado equivale a ese porrazo de la mano en la frente al que se refería Alberto Girri para caracterizar la experiencia de sentido que produce la poesía: «La letra a manera de un dato que servirá para que algún lector se golpee la frente: “¿Cómo no me había dado cuenta antes que eso era así, tal cual lo estoy leyendo, literalmente?”». El libro de Maurette es uno de esos libros que subrayamos casi por completo: páginas repletas de comentarios, signos de admiración, de pregunta, énfasis al lado de las frases, hojas dobladas, recordatorios, etcétera. Esas marcas físicas son una forma de tocar y ser tocado por el texto. Esto no es azaroso, por supuesto, ya que la lectura de El sentido olvidado es una experiencia que nos afecta y nos interpela por completo porque hay algo de ese sentido olvidado que los ensayos logran restituir, efectivamente, como un sentido recobrado: nos recuerdan que, en definitiva, somos seres definidos por el tacto –el único sentido que no podemos perder– y que experimentamos el mundo –y a nosotros mismos– irreductiblemente a través de una dimensión háptica.  

 

3.

Maurette define lo háptico –del verbo griego háptomai que significa «entrar en contacto con», «tocar» o «agarrar»– como un concepto que cruza, a modo de sinestesia, lo táctil con lo visual. Luego, lo háptico es –en sentido amplio– la dimensión radicalmente afectiva del tacto, su grado cero, toda sensibilidad externa e interna, lo que adviene como registro a través del cuerpo, de la piel, en definitiva: «la piedra fundamental de la experiencia», nos dice Maurette. La figura de lo háptico le permite a Maurette trazar un recorrido en seis capítulos que no sólo es temático –los momentos de la historia del arte, la literatura y la filosofía en donde lo táctil aparece como escena– sino, ante todo, formal. Así, Maurette nos explica cómo la métrica de la Ilíada (los hexámetros dactílicos, de dáctilo, «dedo», en griego) constituye su aparato háptico; también nos hace pensar en lo que sucede cuando leemos esos libros o autores cuyas frases, literalmente, nos tocan, nos afectan, repercuten en nuestro interior; del mismo modo vemos, de pronto, la cámara del Arca Rusa, de  Alexander Sokurov, transformarse en mano para tocar una estatua; y todavía más: lo háptico nos convoca a pensar vínculos entre poesía y herrería, psicoanálisis y dermatología, nos hace relacionar la tortura china con De rerum natura, de Lucrecio, la viruela y la sífilis con la hermenéutica, la anatomía y la filosofía, la etimología con la biología, las palabras y las manos.

 

4.

Reseñar un libro como el de Maurette me lleva al impulso de querer citarlo por completo, de desarrollar sus argumentos, incluso de apropiarme de todo lo que dice. Porque El sentido olvidado tiene la fuerza de uno de esos libros totales, de los que no podemos hablar sin sentirnos ventrilocuados por lo que dicen. Prefiero ser sintético y no profundizar: quiero que mi reseña acerca de estos ensayos sobre el tacto sea no superficial, pero sí epidérmica. Para eso, digamos, con Maurette, que la cultura occidental presenta una suerte de adicción a la imagen, de ahí el enfático oculocentrismo de sus sistemas de pensamiento. Pues bien, si como ya dije El sentido olvidado funciona, ante todo, como sentido recobrado, es porque efectivamente logra deconstruir esa centralidad del ojo y de la imagen, pero no para cambiar de centro gravitatorio, sino para pensar variaciones, combinaciones, reformulaciones, alternativas en torno a él. Una reseña epidérmica como la que pretendo escribir no podría obviar los momentos erógenos de esa lectura, los de mayor placer e intensidad. Mis capítulos preferidos son el capítulo dos («Seis dedos»: una relectura háptica de la Ilíada y la Odisea a contrapelo de Mímesis, de Auberbach); el capítulo cuatro («Elementos de filematología»: un repaso por las literaturas y filosofías del beso) y el capítulo seis («Una cuestión de piel»: en donde las obras de Kafka y Joyce son repensadas desde los saberes de la fisionomía y la piel, frontera política y metafísica por antonomasia).    

 

(Coda I: toque para lectores hápticos)

Queda, por último, el gesto de pasar el libro, transmitir ese toque que personalmente me produjo. Sin embargo, toda reseña –toda escritura– tiene algo de impersonal, porque ignora los ojos eventuales del lector que pasará por ella. El libro de Maurette, en cambio, nos hace pensar en un lector háptico, es decir, cercano, próximo, que podemos llegar a tocar. Por eso, no puedo dejar de mencionar con nombre y apellido a esos lectores –reales, imaginarios– que quisiera exponer –también real o imaginariamente– al roce de este libro: Roland Barthes y Gilles Deleuze (sin duda hubieran citado a Maurette); Rosalía Baltar y Carlos Hudson (los imagino leyendo el capítulo sobre el beso, completamente fascinados); Fabián Casas (no pude dejar de pensar en sus «ensayo bonsái», en uno sobre El sentido olvidado); Omar Chauvié (en algunos libros-objeto, leer es primero tocar, manipular, clausurar la distancia entre el ojo y el texto); Andres Gallina (cuando vamos al teatro, siempre me dice: «Primera fila, gordo: así nos salpica el sudor del actor» ¿No buscamos lo táctil, ahí?); Irina Garbatzky (la perfomance poética podría pensarse como un dominio háptico); Fabián Iriarte (¿traducir no es tocar y ser tocado?); Daniel Nimes (este libro le habría encantado a María Adelia; no pude dejar de pensarlo mientras lo leía); Ana Porrúa (pensaba en la puesta en voz de la poesía, en cómo las voces nos tocan, literalmente, el oído: la voz como mano melódica); Carlos Ríos (lo imaginé escribiendo una novela en forma de delirio táctil); Mario Ortiz (para agregar a una Crítica de la imaginación pura) y Sergio Raimondi (la lectura de la materialidad del lenguaje como modalidad háptica de la creación poética que hace Maurette, a partir del escudo de Aquiles, me hizo volver a Poesia Civil). A todos ellos –y por supuesto, también, al lector ocasional– quisiera decirles: lean El sentido olvidado, de Pablo Maurette.

 

(Epílogo: devolución)

En el prefacio a su libro, Maurette se dirige, justamente, al lector. Dice que si sus palabras, en algún momento, logran tocarnos, entonces «habrán logrado algo que, a falta de un término más ingenioso, me atrevo a llamar verdadero». Después nos da la bienvenida con un apretón de manos. Bueno, si estás leyendo, estimado Maurette, quisiera devolverte, en este preciso momento, ese apretón de manos: a modo de epílogo.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646