noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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Curador de Galerías

Daniel García

Diseño

Jorge Posada

Enseres de sobrevivencia
De lo perdido, lo hallado, de Maricela Guerrero, México, Conaculta, 2015.

1. Detrás de la fotografía escribe: archivo, agujas, saliva (Beatus ille). 

Luego de los 35 años, ya con un archivo de enfermedades, pérdidas y separaciones, la pregunta es si nuestra juventud fue el paraíso que nos prometieron.

Al mirar las fotografías de ese periodo, encontramos las agujas que pinchan nuestra madurez. El día en que el médico nos da el diagnóstico y confundidos solo atinamos a agradecerle, las semanas que duermes en la sala porque tu pareja no tolera pasar la noche contigo, el rostro de los burócratas que redactan la última acta de tu padre, la que certifica que su cuerpo ya no está. En las imágenes existe también ese líquido de aroma y sabor magnífico que es la pasión, esa sustancia que enardeció nuestros músculos, que deshiló la espesura de nuestra saliva, que nos impulsó hacia nuestro cuerpo y el de los otros.

Existen otras preguntas: ¿Por qué creímos y basamos nuestros deseos en esa promesa? ¿Es fantástico o atroz el futuro de nuestras fotos de juventud? Cuando los adolescentes – nuestros propios hijos– nos reconocen como viejos, ¿qué es lo que notan? ¿La carencia de ese líquido que a los veinte nos hacía respirar de manera distinta las salidas de madrugada del trabajo, la dulce fatiga del sexo?

 

 

incendios de los ojos y los pechos verdes, primavera

que ardía oscura,

entonces también el desierto en verde y en verde las

aguas de un Leteo

que encontramos en una playa del mar de Veracruz y

olvidamos verdes de alegría

recién nacida

limpiamos en aguas mansas y verdes las penas

envidiables ah veranos:

naranjas dulces entonces, verdes esmeraldas,

asustadizas verdes, muy

jóvenes entonces.

                                                           [“Entonces”].

 

 

2. ¿Qué hace una mujer bailando en un libro de poesía?

Una joven que no permanece quieta, que habla, que muestra su cuerpo y que por ello desafía (lo que está vivo confronta a quienes se solazan en una patria inmóvil y sembrada de fosas: Muerte sin fin, Canto a un dios mineral, Nostalgia y décima muerte, Piedra de sol y un etcétera fúnebre en su lazo de siglo XXI), desequilibra y sumerge en felicidad lo que debería ser adusto en su poética de calcetines. Hacía dónde nos conduce una mujer que aprendió latín, se casa, no calla y es más ella debido a su redondez, a su apertura de ángulos. Lejos de esa figura ausente que obliga al hacedor-poeta a crear a través de sus dones el mundo. Lejos de esa misoginia que idealiza a la musa en su mesa de madre, en su ropa de empleada, en su falsa entrega de Eloísa.

Algunos están por la decrepitud en De lo perdido, lo hallado, Maricela Guerrero (México, 1977) está por la lozanía, por la voluptuosidad (de intenciones y de lenguaje), por la aceptación, por un corporal y sensual, por una rotación y translación del deseo.

 

 

redonda como la más o menos Juana de Arco,

señorita de Avignon redonda

aunque cubista de ángulos convergentes y divergentes

las aguas de cualquier hidrografía hagiografía.

Santa esquizofrénica, mártir confesa, abandonada

nomás

para que me creciera otra virginidad más dulce

una ternura inusitada y palabras

sujetas a la noche, corriendo

detrás de las espumas y el color calor de un cuerpo

compañías gramaticales

semánticas co  rriendo por la

vida, sangre carne rosas;

y mientras la Gracia me excita por elevarme a

la esfera,

redonda, donde el nombre converge y es sagrado,

digamos,

gramática, las bodas con la palabra

un adulterio de aguas mansas.

 

                               [“Retrato a los veintidós”]

 

 

3. “En un frasco de sal / guarda todo noviembre y algunos recuerdos de su padre.” 

Detrás de esas palabras y gestos que hacen regresemos a ciertos cuartos de hotel, detrás de esa debilidad por el color de los botones de algunas camisas, de perdonar y convertir ciertos descuidos (escuchar desde la calle y a dos kilómetros a tu banda favorita) se encuentra nuestra historia familiar. Los gustos y apatías de nuestra madre. Las predilecciones musicales, la forma de detenerse de tu padre para entonar una línea (imitaba a un actor de cine). Las manías, los pedazos de ternura que la abuela guardaba en sus zapatos. Los ritos como una radiografía familiar, como una marca de agua.

 

 

Yo le quería con toda el alma,

como se quiere sólo una vez

eso llorando cantaba con los ojos y nadie la veía, mi abuela:

 

la que jamás llamó a mis novios por su nombre y se reía.

 

La que a lomo de mula partió en busca de su hijo, el pródigo que vino a

morírsele en los brazos: San Marcos, Querétaro,

    Vallarta, a lomo de mula, el loco,

el artesano, su oveja descarriada.

 

Carmen, la que se iba al teatro sola: Broadway decía también las Vegas,

Avenida Juárez.

 

La de zapato fino y maquillaje, afeites de una Carmen

Bovary, y alguna vez

fue dulce:

recogió el cabello de mi madre y la besó y le dijo que

era buena.

 

Sicilianos por salesianos les decía a los padres de la Cosa

Nostra Don

Bosco, sonrojada ante sus hijas las maestras;

la aristócrata, descendiente de un poeta

     xochimilquense ya olvidado, y

malamente muy romántico, abuela.

 

La que cultivó canarios a la muerte del abuelo y dejó

de bailar.

 

                                                                                              [“Carmen”]

 

 

Detrás de los versos de Guerrero una cauda de referencias que nos dibujan un rostro de cómplices y obligan a buscarle el costado a Gilberto Owen. Guerrero dirige sus estrofas por el aire del español recién pulido del barroco, ese vehículo que hospeda en sus hamacas a Sor Juana, que resguarda el tokonoma de Lezama o que permite la gimnasia y riqueza de los brasileños. Guerrero muy moderna y cosmopolita coloca de nuevo (¡y qué gozo!) el yelmo de Mambrino a ese que durante un tiempo fue Alonso Quijano.

 

 

4. Atravesaron el paraíso tomados de la mano, llegaron a un departamento sin jardín.

Difícil asumir la expulsión, más si te arroja a la dependencia de una regularidad laboral, a la sensatez amatoria, al enfrentamiento diario con los hijos y sus consecuentes responsabilidades. En el destierro nos convertimos en oscuros personajes de una novela que nadie publicará.

 

 

Sabíamos que se nos iba a subir el azúcar a las barbas,

habrá que sintetizar proteínas, carbohidratos, semen

    sintético;

azúcar fermentado: alcohol —oh;

con todo, ni la química la biología entiendo,

nadie sacó oro de las piedras, tampoco vida eterna

     ¡benditos!

Pierdo los dientes, el cabello:

las uñas crecen (se entierran) con los años...

a los señores del believe or not:

un hombre de India o Pakistán o de Almería (exóticos

lugares modernistas)

no gustaba de cortarse las uñas y de todo le hacían

hasta subirle

los calzones:

cuarenta y dos centímetros de calcio y años y años y

   años de

sacrificio para que las uñas crecieran

   tangencialmente;

si así los pechos crecieran, Dolly Parton, seríamos qué cosa;

pechos como melones (melus-melitus) de nuevo la

    dulzura, baladas

Dafnis y Cloe cosechando melones del verano,

pese a que los pechos no crecen después de los

    dieciocho,

a menos que la gestación y no amamantes, pero se

cuelgan como

el cordón del teléfono (yo te llamo) o la piola del

ahorcado.

                                                               [“Poema en que se retoma el Beatus Ille”]

 

 

5. Sismos e inundaciones (Discurso del pez).

En los manuales de protección civil se aconseja tener una valija con los enseres y documentos necesarios para sobrevivir a una catástrofe. Los objetos cambian respecto al  desastre, un sismo y una inundación requieren pequeñas variaciones. En la puerta de casa junto a los equipajes de emergencia tengo una bolsa de pérdidas, en ella guardo las astillas de mis separaciones. Los gestos de concentración de ella al pintarse los ojos, su intolerancia a permanecer vestida al llegar a casa, su fanatismo por la Pantera Rosa. Datos que no me harán ganar ningún concurso televisivo, que no aliviarán mi angustia de sillas cuando no logro dormir. Utensilios que luego del cataclismo más que un alivio suman un dolor de intemperie.

 

 

 sé del nivel y la plomada de cada letra de tu nombre

cuántas cucharadas de café (en polvo) gustas sin azúcar

no hay misterio

sólo no puedo llamarte en el delirio

o escribir tu nombre sobre la arena

 

                                               [“Discurso del pez”]

 

 

6. Facturas psiquiátricas (Tarde dominical con fotografías).

Ningún manual te previene de los fines de semana en los que ignoras quién eres. Desconoces el sabor de tu saliva luego de tu comida de soltero, el tamaño de tus piernas en tu cama de citas que se disolvió en una servilleta de pretextos. Este periodo de ajuste podría  llamarse “Tiempo Whitman”, en él adquieres un deseo democrático de ser y estar en los otros, de abandonar tu individuo que tantas facturas de psiquiatra ha gastado, de dispersarte en ciudades que podrían ser continentes.

 

 

—anda, llena la plana con las letras de tu nombre:

anda, que no se te olvide que hoy 4 de agosto te llamas

maricela guerrero

todavía

             y no árbol, ni chatarra, ni letrero.

aprende que hay pordioseros en las calles de cualquier

ciudad del mundo;

que en todas partes el drenaje apesta;

y que los policías que vigilan los museos son

      intolerantes y precarios en todas

partes;

que los que visitan los museos son eruditos en todas

     partes y se conduelen

aprende que en todas partes del mundo los amigos y las

amigas y los quienes se

acuestan juntos o juntas y quienes conversan y se

     aman y quienes se aman y

bailan juntísimamente y quienes discuten de política

     y no acuerdan y quienes

permanecen en silencio y no acuerdan y quienes no

    bailan y piensan mucho van a

los museos los domingos

y la asociación de padres de familia

y los zapatos blancos

a ver chatarras universales

 

                    [“Tarde dominical con fotografías”]

 

 

7. Manchas en la pared

Un deseo de recorrer la voz-laberinto de los poetas, esa familia que logra su mejor retrato en una tipografía sonora. Guerrero explora en esta sección la textura visual de su dicción.


[Polvo enamorado]


8. Cabina de mudanza (Cocotte elemental).

Un archivo de calamidades, una bolsa de pérdidas, no para cimentar una torre del desdichado, si no para gozar esta cabina de mudanza que es la madurez, para reír en esta mascarada de identidades.

 

 

Me permito informarle,

si ud. no tiene inconveniente,

que:

convenimos la desaparición de su Centro

—es la historia de un amor—

y una diseminación de huecos a su digno cargo;

nos ha sido de gran utilidad su cartílago —como no hay

otro igual—

su sangre

                 [“Gramática del archivo muerto & Los Panchos”] 

 

Los poemas De lo perdido, lo hallado enseres de sobrevivencia, muestrarios de baile, objetos para reconstruir a esos desconocidos que son el cuerpo y el lenguaje.

 

 

(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646