septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Alberto Szpunberg, el hechicero del asombro
Como sólo la muerte es pasajera, de Alberto Szpunberg, Buenos Aires, Entropía, 2013.

Nuestro pasado es imprevisible. 

                                                                                                     Radio Erevan, 1987

 

       El palestino Edward Said transcribió la transcripción que de un monje sajón ya había hecho el alemán Erich Auerbach. “El hombre que siente que su patria es dulce, todavía es un tierno principiante; el que piensa que toda tierra es como la suya, ya es fuerte; pero perfecto es quien siente que todo el mundo es una tierra extraña.” Hugo de San Víctor escribió esto en el siglo XII, quizá bajo la fuerte impresión de que esa virtud es impracticable, muy posiblemente con el convencimiento ideal de que la perfección tendrá finalmente un lugar, o mejor dicho, un tiempo.

            Atravesar las páginas de Como sólo la muerte es pasajera (Entropía, 2013), volumen que reúne la poesía completa de Alberto Szpunberg (Buenos Aires, 1940) implica un viaje que se da en muy raras ocasiones y que confirma aquella perfección que el monje sajón anunciaba.

            El texto que sirve de prólogo –y que con justicia poética pero a la vez con sutil clarividencia el poeta titula Seré el que seré arranca con unos versos en yiddish que su padre cantaba marcando el ritmo con la mano. Su madre, en cambio, preparaba en la cocina del viejo conventillo una ensalada que incluía a Chopin, Angelito Vargas, el jazán Pinchik y el coro del Ejército Soviético. El mismo texto se cierra con un verso exiliado de cualquier poema y que sirve de mercurio para comprender el derrotero de Szpunberg: “Como quien nace, la última trinchera es uno mismo”.

              La obra está organizada agrupando primero los trabajos inéditos (cinco títulos) y luego los publicados (diez libros, que van de Poemas de la mano mayor, 1962, hasta Traslados, 2012). Es decir, medio siglo de poesía de altísimo vuelo, décadas que fueron acompañando el poema vital que Szpunberg iba escribiendo con sus días. Donde no faltaron el dolor y la desolación. En principio, el compromiso con la lucha armada y la experiencia salteña del EGP, donde Szpunberg ve desfallecer de hambre a Marquitos Szlachter, un hermano. A él le estará dedicado El Che Amor (1965), obra que despertará la atención de muchos. Como el resto de su obra, concentra con fuego el ideario político sin –a la manera de mucha de la poesía testimonial de la época– descender a la validez de la denuncia directa o el panfleto. Si la última frontera es uno mismo, bien vale la pena también saltarla:

 

Me matarán se llevarán algunos de mis pedazos más enloquecidos

estudiarán mis ojos cómo ven así de abiertos en la noche

mis manos cómo pudieron mis manos morir saludando tanto

mis pies cómo huyeron con el tiempo de sobra que tenían

y volverán por mí más pedazos por más y más destrozos

mi corazón entraba en un puño mi cabeza entre todos los hombres

era un buen muchacho le dirán a un montoncito de todas mi partes

pero ellos qué cómo cuándo, nunca sabrán, creo que nunca.

 

(“Emperramiento”)            

 

      Hay amor, obstinación, tesón y amor en aquel “Emperramiento”. Szpunberg nos recuerda que el Che en una carta de ese 1965 aseguraba “que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor.” Y el poeta concluye: “Y yo estaba profundamente enamorado”. 

      De allí que cuando llegó la hora de las despedidas, cambiaron ciertos métodos, sin duda algunas estrategias, pero las convicciones se mantienen intactas, cada vez con mejor salud.  El exilio y el desarraigo, como una capa transparente e impalpable, van dando forma a la materia trágica desde donde crece gran parte de la obra de Szpunberg. Y su poesía se va llenando de voces, de presencias, que se niegan a desmentir la ausencia. Se va poblando de otras “últimas trincheras” hasta la multiplicación de espejos enfebrecidos, habitados por los nombres de todos y que son uno solo:

 

Fui pedro o germán o enrique o será pedro o es alberto o soy todavía  

es difícil establecer el paradero de mis riñones o el destino de su puño

será difícil separar mis ojos de su venda su herida de mi carne

me fui con mi brazo al fondo del río pero su zapatilla quedó junto a la cama

y mi nombre gritaba pedro o fue enrique quien llamó a los compañeros

o fue mamá que grita alberto alberto pero él era daniel o pedro o todavía

y algo sonaba en su oído como un nombre que no diré ni dijo ni conozco

acaso la calle acaso mi cita entre sus dientes quizá bajo la lengua

o acá entre estos pastos donde ahora estamos pero no estamos mirando el cielo

(…)

pedazos de mí o de su lado o de sus bordes o del amor de él de ella

que se asoma a este pozo y grito y gira y caigo y nombra

una multitud de nombres ahora a solas con todos y con nadie.

 

        Este poema, “Hablan los nombres de guerra”, perteneciente a Su fuego en la tibieza (1981) expone con crudeza el filo de lo ausente: allí, la herida sazonada por el devenir de los que no quedan, la sal de lo que no fue, posibilitará el poema. Nuevamente, al igual que en “Emperramiento”, se exponen los fragmentos de una individualidad que se adivina como un todo en la conciencia. Es allí, en la aridez de esas ausencias forzadas, en el desierto de los sueños truncos, donde se produce el milagro: un río imprevisto, desconocido, se derramará glorioso. Es el poema escrito antes de ser escrito, una serpiente marina de lengua sinuosa que sabe cómo abrirse paso por sí misma en el nombre de los que están y no están, conquistando nuevas fronteras, renovándose.   

       Con los años, la poesía de Szpunberg sin abandonar jamás el aliento rebelde y libertario (dicho esto en su acepción más amplia), se hará más reflexiva, honda, a partir de una búsqueda en las raíces propias que deriva en una mística auténtica de fuentes insondables: San Agustín, el Talmud, Fray Luis, el Baal Shemtov, Santa Teresa, el rabino de Kotzk, sin olvidar jamás a los creadores populares. Cada palabra, cada imagen, es un jab directo a la mandíbula, pero colocada sobre la sensibilidad del lector con una delicadeza exquisita.

       “Gustad y ved”, se extasía el salmo en medio de los Días Terribles”, declara Szpunberg en su prólogo. Precisamente, ese salmo (34.8), preludia como epígrafe Como labios al decir, con que abre La encendida calma (2002). En su primer poema, es posible apreciar el cambio de registro –incluso hasta en la distribución espacial de los versos– aunque insiste en definir el desdoblamiento del yo más allá de lo evidente.

 

Que el balanceo sólo sea el del mar,

sólo el del mar:

no afirmes ni niegues,

acaso es de noche

y mi cabeza descansa en el aire

como si el próximo viaje sólo pudiera ser

del uno al otro,

entre nosotros,

otros.

 

       Es posible descubrir –más allá de la voluntad del autor– una suerte de trilogía implícita entre La encendida calma y las dos obras que le sucedieron, El libro de Judith (2008) y La academia de Piatock (2008), acaso una de sus creaciones más deslumbrantes conceptualmente, aun aceptando la dificultad de cualificar algún libro de Szpunberg por separado de la totalidad de su producción. En el primer caso, El libro de Judith, se plantea el tema del amor desde ángulos infinitos, una vez más, con una elegancia, profundidad y refinamiento inusuales en la poesía actual:

 

XXVI

 

La mujer que amo

no es siempre la mujer que amo.

 

A veces,

se parece tanto a la mujer que amo

que vuelvo a amarla

como si no la conociera.

 

Cuando estoy perdido

irrumpe en mis sueños

y me encuentra:

creo que dice mi nombre

para que yo crea que soy yo

pero yo soy otro que la ama.

 

A veces,

suelo equivocarme

la llamo por su nombre,

pero ella sigue de largo.

 

Como la casualidad rige sus pasos,

yo sé que viene hacia mí.

 

Cierra los ojos

hasta que encuentro en sus caricias

las líneas de sus manos

que descifran a tientas mi futuro.

 

      En La Academia de Piatock se mantiene el espíritu de los libros precedentes, pero cambian tanto la forma como el estilo: una mezcla de prosa poética y narrativa, dotada con un ironía socarrona (basta con repasar algunos de los títulos: “Reb Margulis, el Mudo, rompe el silencio”; “Rabí Iójanan, el Zapatero, da en el clavo”; “Shostak, el Seis Dedos, desata huracanes cuando aplaude)”, que no por ello renuncia a la belleza. Szpunberg declaró que “Piatock es un personaje real. Mi padre siempre nos contaba que era el tonto del pueblo de Ucrania donde él nació, Berdichev, y un pariente mío confirmó que su nombre consta en las actas censales. Era el hombre que vivió siempre usado y abusado por los demás. Lo que yo hago es imaginar que un día Piatock convoca a una asamblea permanente en la que todos habitantes del pueblo tienen derecho a hablar y a expresarse en forma democrática, y en la que todo puede ser cuestionado.” En el primer poema, “Habla Piatock”, se declara lo siguiente:

 

Yo, Piatock, vi muchas cosas en mi vida:

 

en vísperas del día más terrible de los días, asistí al parto de un cordero de dos

      cabezas:

con la una asentía, con la otra negaba, pero en sus cuatros ojos brillaba

la misma única mirada de lo que de una u otra forma van a morir.

 

Yo sentí que los cuatro ojos me miraban

y aún humedece mis ojos la misma única mirada. 

 

      En la elaboración de la Academia…, Szpunberg reconoce una deuda inesperada: la lectura de las Tesis para una filosofía de la historia de Walter Benjamin. El poeta encuentra en esta obra la oposición de las versiones mecanicistas del marxismo al mandato judío de no escrutar el futuro y consultar oráculos o adivinos, lo que le permite recuperar la dimensión de lo imprevisible, de lo azaroso. Hay un regreso a lo primordial, a la memoria ancestral y renovada, que sorpresivamente restaura también lo inesperado.

       Pero no todo retorno es viable. “Gardel nos mintió: Volver es imposible y el parpadeo que se adivina es engañoso”, sostiene Szpunberg. De esa premisa surgió Luces que a lo lejos (sí, también del 2008), una suerte de ajuste de cuentas con la nostalgia. Aquello lejano que se avizora y se pierde, se asume en la paradoja del estar y el no estar al mismo tiempo, y el soplo poético atraviesa la melancolía, como lo confiesan la síntesis final de este poema:

 

VIII

 

Luego, poco, muy poco, fue quedando del naufragio:

estas ropas de todos los días, la misma navaja en el bolsillo, algunos papeles,

       el alma suspendida en la ciudad lejana, la ávida lectura del diario ala

       espera de noticias…

 

-No importa, ya estamos en octubre, y nada son las palabras sin nuestro

       asombro.

 

     En sus últimos trabajos, Szpunberg abre el diapasón y permite la inserción de nuevas voces dentro del poema, pero ya apuntaladas como un agente externo. En El síndrome de Yessenin (2010) de un verso surge un globo al estilo de las historietas con un comentario que complementa al significado a la manera de un metatexto:

 

XVIII

 

La hierba crece en silencio,

como ellos, los muertos, que hablan a su manera,

y ya nada nos separa de ellos, nada, nada.

 

Todas las mañanas baja el rocío a recoger los gritos

y los transforma en huellas que no amainan,

pero todo hábito es un ritual inconfesable.

 

Por eso, caminemos por el mundo con cuidado:

no siempre hay lápidas que avisan y nada nos lo advierte.

 

      De este último verso surge un globo que, en cursiva, comenta:

 

      …¿una manera de quedarse, digamos, al abrigo de la tierra, de estar ido…?

 

      Como es posible apreciar, los ejes temáticos se mantienen con cierta firmeza, pero cada vez más enriquecidos por nuevas variables que hacen de la poética de Szpunberg un universo polifónico y sorprendente. Como en Traslados (2012), donde ahora se superponen a los versos del poema central otros versos que llegan bajo la forma de notas al pie y crean la sensación –bastante real, por otro lado– de estar en presencia de una dialéctica poética entre dos cuerpos textuales independientes y complementarios a la vez.

      Esta vitalidad que excede por mucho lo formal, que hace del tiempo y el espacio muchas veces una ilusión palpable, reafirma y da sentido al título de toda la poética de Alberto Szpunberg: como sólo la muerte es pasajera. En su poesía, la vida es inmanente. El poeta reconstruye sus escombros y fragmentos dispersos para engarzarlos en un infinito collar de naturalezas vivas.    

       Nada son las palabras sin nuestro asombro, decía. Y este hechicero de las palabras convoca al asombro permanente. Cumple así, quizá sin saberlo, aquel mandato final que Hugo de San Víctor escribió en el siglo XII. Para Szpunberg, no hay virtud impracticable.

 

(Actualización septiembre – octubre 2015/ BazarAmericano)

 

 

     

 

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646