septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Strafacce narra alrededor del fogón
Ojo por diente, seguido de El chino que leía el diario en la fila del patíbulo, de Ricardo Strafacce, Buenos Aires, Blatt & Ríos, 2014.

Ojo por diente y El chino que leía el diario en la fila del patíbulo son dos novelitas entretenidas que poseen la cualidad única de ser leídas de un tirón. En la primera un policía debe resolver una aparente competencia entre serial killers que atemorizan a la ciudad; en la segunda una falsa intriga internacional crece de manera alocada a partir de una charla de café.

Josefina Ludmer ha asegurado que Juan José de Soiza Reilly, un “olvidado” de nuestra literatura, hubiera sido en Estados Unidos, un escritor canónico. El elemento disruptivo de la escritura de Soiza Reilly sería su estilo cómic: ágil, entretenido, gracioso. Seguramente a partir de la canonización de las novelas de César Aira esta aseveración debe ser revisada. Si bien, vale aclarar, Soiza Reilly y Aira no son parte de una misma tradición: los momentos de realismo duro (y sensiblero) de Soiza Reilly podrían aplicar para la mala literatura que Aira encuentra en Almafuerte tal como afirma en su Diccionario de autores latinoamericanos.

Ojo por diente y El chino que leía el diario en la fila del patíbulo remiten de manera más inmediata a La villa de Aira donde un chico de clase media termina viviendo en una villa miseria por una serie de confusiones o actos irracionales, o a la La guerra de los gimnasios en la que, como en una película de Ben Stiller, el conflicto social se diluye en el simulacro, la sátira, la impostura. No obstante, en Straffacce, si bien algo de esta noción perdura, la concatenación de los hechos no esconde una mirada desencantada del simulacro contemporáneo.

Strafacce juega con la hipérbole, el cruce de géneros, la parodia, el humor desenfrenado. En una saga más criolla, uno diría, recurre al bolazo que (como debe ser) nunca rompe la intriga del lector por querer saber qué sucede. Ahí Strafacce hace un movimiento inteligente de nunca caer en un registro completamente absurdo: le seguimos creyendo (algo) al narrador sobre lo que cuenta.

El humor en estas tierras ha tenido sus grandes escritores; sus tradiciones geográficas (el humor cordobés o santiagueño, por caso); el llamado “humor nacional” y los capo cómicos; el humor criollo que ejerció Juceca con Don Verídico y que conocemos mayormente por Landrisina, para nombrar sólo algunos. Sin embargo, el humor (acaso ya explicado en la condena aristotélica y por el lugar subalterno que lo hace tan efectivo tal como explicó Mijail Bajtin en su clásico La cultura en la Edad Media y el Renacimiento) no ha ocupado su lugar merecido en la historia de la literatura nacional.

En las últimas décadas, Roberto Fontanarrosa ha sido el mejor escritor que cruzó humor y literatura (de los pocos  que logran que uno se ría en voz alta estando solo). Rescribió -al ritmo del bar, la cancha y la esquina- el canon nacional.

Y si bien es más ajustado leer las dos novelas de Strafacce en una saga que incluya a Bizzio y Aira, prefiero leerlas en el tono del bolazo criollo de los maestros Juceca y Fontanarrosa. No es un invento literario sino un recurso popular que ya podemos encontrar en el Fausto de Estalisnao del Campo. En el caso de El chino que leía el diario en la fila del patíbulo este bolazo es una charla entre un hombre y una mujer en un bar donde se teje una historia estrafalaria de revolucionarios chinos que buscan cambiar el nombre de China por el de Paraguay. El personaje engañado corre detrás de esta mentira y comienza un derrotero militante que es una farsa que acaba como tragedia.

Uno podría trazar una larga historia de narradores de bolazos que cruce pulperías y bares, esquinas y fogones. El Cairo de Fontanarrosa y el bar Varela de Strafacce serían parte de esta historia.

Ojo por diente y El chino que leía el diario en la fila del patíbulo logran un tono propio.  Strafacce sabe contar historias y atrapar al lector, que no es poco decir en un género que como toda narración nació para eso: escuchar a alguien hablar por un largo rato sobre hechos más o menos extraordinarios. Y si uno se arrima al fogón Strafacce se quedará, sin duda, hasta el final del cuento. 

 

(Actualización septiembre – octubre 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646