septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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Colaboran en este número

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/  Nora Avaro

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Curador de Galerías

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Diseño

José Miccio

Yolleo
Selfie, de Ulises Cremonte, La Plata, Club Hem, 2015.

El último libro de Ulises Cremonte (Muñeca y yo, Los eventuales, El durmiente) tiene como título una palabrita de moda. Omnipresente en la vida cotidiana (todo el mundo se la hace, como es bien sabido), la selfie también alimenta los diarios: que una pareja se cayó por un barranco sacándose la bendita foto, que unos pibes se subieron a la antena del edificio más alto de Nueva York o la ciudad que sea para inmortalizarse con el asfalto cinco cuadras abajo, que una enfermera posó al lado de una moribunda, que Toti hizo un gol y lo festejó retratándose con el Olímpico de fondo. Entre la noticia friki y los lugares comunes de la crítica, que la acusa de expresar y fomentar el narcisismo posmoderno o alguna otra miseria, la selfie es puro hábito y desprestigio. Cremonte toma la palabra y amplía su significado para alcanzar los dos géneros con los que trabaja –el retrato y la autobiografía– y situarlos en el presente ultratecnológico y ultramediatizado en el que vivimos, con su Facebook, su chat y su WhatsApp, medios bastardos de escritura muy presentes en Selfie.

El libro –al que podemos llamar novela, lo que no es un gran riesgo– está dividido en tres partes.

La primera se llama “Autofoto”, está fechada en marzo de 2014 y consta de once capítulos, diez de los cuales (el décimo es una excepción) están dedicados a un personaje que el narrador conoce solo por Facebook o también personalmente pero que expone en la red social los materiales –fotos, textos, links– a partir de los cuales es posible construir su retrato. Como se trata de vidas no destacadas –es decir, que no responden a los dos criterios que hasta no hace tanto dotaron de legitimidad a la primera persona: el genio individual o el haber sido parte como protagonista o testigo de hechos trascendentales– su interés depende completamente de la prosa de Cremonte. Ana viajó a Córdoba, Inés visitó museos en Florencia, Leo se compró un almanaque con la foto del Papa Francisco. Eso es lo que pasa. Cremonte no infla el estilo para compensar el (digamos presunto) poco interés de sus personajes. Por el contrario (y afortunadamente) todo es muy llano en Selfie. La protagonista es la frase, no la retórica. Solo la atención por el detalle y una sintaxis muy justa pueden mantener en pie estos retratos de nadie. Tomo un ejemplo del capítulo 4 (hay más):

 

Cuando el aire del mar trae un poco de frío su novio se pone una camiseta de Rosario Central y ella una remera rosa”.

 

Lo mejor de Selfie está en esta primera parte. La segunda se llama “Autorretrato”, está fechada en mayo de 2014 y cuenta episodios de la vida de Cremonte, con especial énfasis en dos clásicos de la novela familiar: los padres y las parejas. Una mala relación con mamá, varias mujeres, una hija: esas cosas. El registro llano es más notable que en “Autofoto” porque algunas cosas son bastante pesadas y todo comentario está suspendido. La razón por la cual Soda Stereo habría sido una banda más masiva que Virus se desprende del recuerdo de la música que escuchaba Cremonte en la adolescencia; de un aborto a los dieciocho años y del debut sexual con la empleada doméstica, acontecimientos mucho más cargados, no se desprende nada salvo una sinceridad atroz. “En literatura me gustan las cosas directas”, escribe Cremonte. He aquí la puesta en práctica de esta preferencia:

 

Mi debut sexual fue a los 16: no recuerdo su nombre, creo que era Cecilia. Tenía 30 o 38 años, dos hijos, un marido, tetas grandes y limpiaba en casa. Desde entonces el olor a lavandina me resulta afrodisíaco”.

 

La última parte –“Apetito desviado”, sin fecha– extiende la anterior, concentrándose en las mujeres y en la actualidad (la primera marca de tiempo es la final perdida en el mundial de Brasil).

La mayor virtud de Selfie –una virtud necesaria, hay que decir, porque no hay cinismo en sus cien páginas: en los capítulos autobiográficos Cremonte no pretende mostrarse distinto de los personajes que retrata en la primera parte –es el respeto literario que muestra por una práctica social poco respetable, más bien frívola, como es la tendencia a hablar de nuestras vidas (tan poco novelescas, tan poco interesantes para cualquiera que no nos conozca) y a ocupar el tiempo colgando fotos de lo que estamos comiendo o respondiendo con pavadas a la maldita pregunta que nos recibe cada vez que abrimos el face. Por suerte no llovió en Santa Teresita. Los que dejan el borde de la pizza merecen tolerancia cero. Y así.  

En nada, obviamente. No estoy pensando en nada. 

Buscar literatura en un páramo de la lengua y entre vidas infames es el reto de Selfie. No es tarea sencilla, y puede que incluso un triunfo (el capítulo 1, por ejemplo) suene a poco, o que solo unos detalles puedan declarar el valor del libro. Por eso lo mejor es terminar con estas palabras de “Autorretrato”, que dan forma al mejor momento de Cremonte y muestran con claridad esa mezcla de distancia no canchera y orgulloso patetismo que se puede encontrar en Selfie.

 

El primer perro que tuve se llamaba Cumpa. Era un bretón español y como una tarde rompió todas las bolsas de algodón de la farmacia de mi papá, él decidió venderlo. Con esa plata me compró una campera inflable de Alpine Skate”.

 

 

 

(Actualización septiembre – octubre 2015/ BazarAmericano)




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646