noviembre-diciembre 2017, AÑO XI, Nº 64

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El cielo lleno de lenguaje
Maelstrom, de Luis Sagasti, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2015.

El universo es infinito en el tiempo y en el espacio, eterno, sin límites e indivisible. Todos los cuerpos están vinculados unos con otros por las mismas cosas que los separan. Todo se enlaza.

 

Louis-Auguste Blanqui, La eternidad por los astros

 

 

 

Allá arriba, en el cielo, en la extensión enigmática de la noche, quizás se encuentre la posibilidad de leer la historia y las figuras que la componen. Eso parece sugerirnos Maelstrom (Eterna Cadencia, 2015), el nuevo libro de Luis Sagasti, y esta idea, tan potente como una imagen, ya podemos encontrarla en las páginas que recorre Bellas artes (2011). Siempre volvemos a la noche, y al calor del fuego de aquellos que narran historias.

En esta ocasión, la historia tiene como punto de partida la investigación que emprende Gustavo y el narrador que lo acompaña alrededor de una misteriosa placa con siete nombres cuya relación no alcanzamos a comprender. Así comienza la historia, casi como una excusa para dejar desencadenar una serie de imágenes ya propias de la escritura de Sagasti. A medida que avanza Maelstrom alcanzamos a ver su entramado: un universo de pequeños relatos se conectan como puntos luminosos en la noche.

¿Acaso los pasajes más atractivos no se hallan en esas grietas que se abren paso en la historia? Luis Sagasti despliega un relato, una serie infinita de imágenes que siempre vuelve su mirada al espacio del cielo nocturno. En esta deriva se ingresa a un mundo de leyes paralelas, cuya dirección no se constituye en línea recta, sino más bien recorre las curvas de una forma espiralada “porque la línea recta es ajena a toda creación”. En Maelstrom el trazado de hilos que une una estrella con otra, en la deriva de ese trazo se suceden una serie de imágenes. Quizás en este punto resida la potencia, la fuerza de contar una historia, la posibilidad de componer un relato desde las grietas: en la distancia que se pronuncia de una imagen a otra, en el espacio que las une y también separa. Porque mirar e intentar desentrañar los misterios que oculta la noche no es un camino que se realiza en línea recta; antes bien en la intermitencia de aquellas estrellas que se muestran y luego desaparecen, podamos escribir una historia:

 

En La noche estrellada todo lo que puede brillar en el cielo lo hace. Es la noche total: ninguna luz opaca a otras: la luna y las estrellas brillan por igual. De hecho la luna se encuentra llena a la vez que está menguando. Como el cielo de los griegos: toda la historia de la noche en una sola noche.

 

       En Maelstrom somos llevados por la fuerza de esa proliferación de imágenes e historias. Y esta potencia en forma de espiral, como su movimiento circular lo indica, a medida que avanza más se aleja de su punto de inicio, tal es el camino de la deriva. En la narración, este centro lo constituye la historia que toma la forma de una investigación a partir del misterio que guardan los nombres de esa placa casi inadvertida del Jardín de Andrómeda. Este relato se compone de diferentes partes, de fragmentos que se entrelazan y sobre todo de interrupciones que dan lugar a distintas reflexiones, así como lo que sucede cuando contemplamos el cielo, los primeros dibujos de los astrónomos, los relatos de la guerra que parecen guardar en sí una experiencia intraducible en la grafía, la muerte; así como las pinturas de Van Gogh y otros artistas, el cielo fusionado con el mar, lo ancestral cristalizado en la imagen del fuego, la infancia y también la escritura y el lenguaje. Así leemos en Maelstrom: “El lenguaje horada el cielo y nos acercamos a la noche por pedacitos”.

       Esta serie de fragmentos e imágenes componen un singular montaje donde no sólo perdura el componente formal de construir un relato a partir de lo disímil y heterogéneo, sino que logra convivir en él una serie ininterrumpida de tiempos y espacios, de distancias tan profundas como los años luz de una galaxia a otra. Un montaje que se pronuncia en el acto de producir imágenes, al tiempo que realiza una práctica experimental donde la escritura se compone en figuras. Una escritura que por momentos toma la forma de una constelación donde las conexiones más insospechadas encuentran lugar. Donde a partir de un singular movimiento entre el desvío y la detención logran conectarse ciertos puntos suspendidos en el cielo. Donde el enigma a explorar alterna con la poesía y donde también hay lugar para remitirse a la propia escritura, aquella que viene proclamándose desde tiempos inmemoriales y que una vez más, al calor del fuego que reúne a los hombres, se escribe cada vez como la primera.

 

Extranjeros en el presente, somos ciudadanos del lenguaje, después de todo. Pienso entonces que la literatura no consiste sino en frotar los palitos de la lengua hasta encender las palabras. Y aunque la hoguera lleve ardiendo miles de años siempre que se escribe se lo hace por primera vez (…) Nada de eso importa mucho: se escribe para alimentar el fuego, no para otra cosa; se escribe para regresar.

 

       Una escritura que se despliega como una espiral. Esta imagen que condensa el remolino parece sobrevivir de un tiempo arcaico y lejano y quizás vuelve para recomenzar eso que alguna vez tuvo lugar. Escritura que gira alrededor de un punto como un satélite y que a medida que avanza más se aleja de su centro, dando lugar a la sucesión progresiva de acontecimientos marcados principalmente por una experiencia fragmentaria del mundo. En la escritura, el montaje se manifiesta en el deseo de unir esos trozos, esas partes que aún no guardaban conexión. Sagasti lo enuncia: lo que interesa no son las historias, sino la mezcla que las amalgama. Un montaje de imágenes que en sus propias desemejanzas crean un cierto orden desapercibido. Eso que permanecía desplazado ahora expuesto en el detalle, en el reverso aparentemente insignificante de ciertas historias: “Van Gogh recordaba las estrellas que veía desde su cuarto en el hospicio de Saint-Rémy. ¿Sabría el nombre de alguna de ellas?”. Este gesto quizás logre conformar un imaginario propio en la escritura de Sagasti, donde la historia alcanza la forma de un archivo singular e inagotable, donde se persiguen ciertos sentidos sepultados y olvidados pero que puestos al servicio de la trama se exponen nuevamente y emergen en una nueva legibilidad, en un particular modo de desplegar una historia en imágenes.

Una forma espiralada en la que las ideas convergen a un centro. Como un vórtice en el que habitan multiplicidad de cosas a un mismo tiempo. Quizás la potencia de este maelstrom, que a veces da muestras de un ritmo apaciguado y otras avanza con la vorágine que todo a su paso lo arrastra, sea la justa convivencia de quienes logran fusionar universos. De aquellos que alcanzan a combinar diferentes mundos y en este camino consiguen iluminar  fisuras, grietas e intersticios. Es la manifestación y el deseo por realizar un camino sinuoso y zigzagueante. Tal vez este deseo asuma en la escritura la forma de una práctica discontinua sobre la que se forja una serie de imágenes, un entramado que se enuncia en cada salto, en cada reanudamiento, en cada viraje. Una exploración por las figuras que anudan los hilos. Luis Sagasti nos sugiere una vez más que en la puesta de esta red infinita de asociaciones podremos entablar un diálogo tendido a las formas y un ejercicio de reflexión marcado por los múltiples modos de la interrogación.

Historias e imágenes por momentos confusas como una nebulosa que se disipa en el escenario propio de las conspiraciones, como misterio sin resolver, pero que aun así guarda cierta calma: hay un punto al que siempre volvemos, solo basta con levantar la cabeza.

 

(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)

 

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646