septiembre-octubre 2017, AÑO XI, Nº 63

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¿Qué es un dandi?
Gentlemen. Los mejores escritos del dandismo inglés, de Virginia Woolf, Oscar Wilde y otros, Buenos Aires, Mardulce, 2015. Prólogo de Edgardo Cozarinsky.

Las antologías suelen depararnos un encanto particular porque nos disparan la ilusión de totalidad, menos por su representatividad que por su poder abarcativo en su paradójica afirmación fragmentaria. Alcanza con pensar en Borges y sus innumerables antologías, incluso como gesto poético, para advertir que en Argentina la literatura conoce muy bien esa lección.

Los textos seleccionados en Gentlemen componen una muestra que no escapa a dicho efecto abarcativo, ya que trazan un arco que atraviesa todo el siglo XIX (William Hazlitt, William M. Thackeray, Oscar Wilde) y llega hasta el siglo siguiente con un broche inmejorable: el retrato de Virginia Woolf sobre el Beau Brummell, esto es, una escritora del siglo XX (¿una dandi?) evocando al dandi emblemático. Y si a este volumen lo ubicamos en correlación con El gran libro del dandismo, publicado también por Mardulce en 2013, que compila los clásicos textos franceses sobre el tema, el mapa que se organiza muestra un panorama de lo más interesante.

Centrado, entonces, en la línea inglesa del dandismo, el tránsito por los textos que componen Gentlemen da cuenta de una actitud. No se trata de indagar, en estos escritos, sobre la pregunta “¿qué es un dandi?” puesto que no resultan programáticos en ese sentido; por el contrario, se trata de exhibirla, precisamente, mediante la actitud que ponen en escena y que puede detectarse ya desde los temas abordados: consideraciones sobre la falta de dinero, los libros nuevos y la gente desagradable (Hazlitt), los snobs (Thackeray), la decoración de ambientes cotidianos y una suerte de catálogo de modelos profesionales en Londres (Wilde). 

En este sentido, la compilación registra aquel tiempo en el que el dandismo era un estilo, una desenvoltura social no exenta de polémicas, una actitud ante el mundo, una forma de vida. Y funciona como el prolongado acta de nacimiento de esto, a partir del surgimiento de la llamada “corporación de los dandis” hacia el siglo XVIII. Es destacable, por ende, la especificidad histórica que presenta (sobre todo los textos de Hazlitt y Thackeray) previa a las reinvenciones del dandismo o a la cristalización de su tipo, tornando visible aquella “voluntad de excepción que estuvo en el origen del dandismo histórico”, como dice Edgardo Cozarinsky en el “Prólogo”. Cabría preguntarse, con todo, de qué manera puede funcionar o hacerse un archivo dandi, o si éste cabe en un volumen: porque más acá de lo que pudieron haber escrito (o no), más acá de los testimonios recopilados (y tal vez con eso nos debamos conformar, o por ahí pase su gracia), lo cierto es que si hoy los tomamos como precursores performers, entonces nos invitan a considerar sus mismos problemas, y encima sin reproductibilidad técnica o digital: ¿cómo asirlos si se diluyen más allá de su propia presencia? De todas maneras, entre historia y presente, una extensa mutación de figuraciones van dando las inflexiones al dandismo junto a la pregunta por su actualidad y su futuro, señaladas por Cozarinsky:

 

La sociedad de masas vio surgir formas nuevas de dandismo, inevitablemente opuestas a la tradicional, aun inversión de su norma. Lejos de la vida social centrada en salones y actuada por y para un público selecto, la puesta en escena de la excentricidad en el vestir y la conducta adoptó formas rara vez individuales, más a menudos tribales, necesariamente urbanas, agresivas hasta que llegó el momento, nunca lejano, en que las recupera el omnívoro mercado. (…)

Es probable que cierto impulso al dandismo, en manifestaciones que serían irreconocibles para sus cultores originales, no haya claudicado y en un futuro (que ya asoma) conozca reencarnaciones imprevisibles mientras haya individuos, aun grupos que busquen distinguirse de la sociedad donde actúan.

 

Precisamente, la distinción –en principio ligada a la vestimenta– es en gran medida el eje que hace al dandi. Como señala Virginia Woolf recuperando a Brummell, “una vida de dandi era la única ‘que podía hacerlo resaltar y permitirle distinguirse de la manada de los hombres ordinarios, por los que sentía un gran desprecio’”. Imperturbable e invulnerable, el dandi no asienta su encanto en la nobleza sino en la fama: el deseo de espectadores, ser contemplado, es lo decisivo; la mirada es lo que lo hace feliz. Incluso en circunstancias poco decorosas en sí mismas, tal como cuenta Woolf sobre Brummell, quien en la cárcel seguía representando el papel y “se ganó la admiración de asesinos y ladrones mostrándose tan tranquilo y cortés entre ellos como si estuviera a punto de ir a una visita matinal”.

A propósito de estos últimos tiempos de Brummell, en los que la cárcel es sólo el comienzo de un periplo en el que la elegancia se va difuminando y cae en una pendiente de degradación total, y si consideramos además el final semejante que tuvo Oscar Wilde, se deja leer en el dandi decimonónico una particular insistencia en la decadencia (y que experimentaron en el propio cuerpo), casi confirmando el modo en que esteticismo y decadentismo funcionan como las dos caras de una misma moneda. Una decadencia, además, que no sólo es moral sino económica: es decir, se trata de pobreza a secas; en este sentido, habría que advertir sobre la particular relación del dandi con el dinero, y entonces cobra renovado interés el texto de Hazlitt incluido en el libro, “Sobre la falta de dinero”.

Es que, como dice Woolf, “la destreza y la fineza no bastaban”. Y continúa: “Brummell debía su influencia a alguna extraña combinación de ingenio, gusto, insolencia, independencia, que sería exagerado llamar una filosofía de vida, pero que hacía las veces de tal”. Está claro, entonces, el modo en que los dandis acaso inventaron la vida como obra de arte, podría decirse entre el self made man y una estética de la subjetividad.

De allí también lo divertido que resulta leer estos textos, encabalgados entre una ironía exquisita, fatalmente aristocrática, y el culto a la frivolidad, a lo trivial. De la primera, los momentos son innumerables, pero acaso resulte elocuente El libro de los snobs de Thackeray, quien pese a su sanción moral de los snobs (debido al desprecio vanidoso, arrogante o mezquino que ostentan por el mundo), asegura al mismo tiempo que es muy difícil escapar: “Es imposible para cualquier inglés, tal vez, no ser un snob en cierto grado”. En cuanto a lo trivial, resulta impecable el epígrafe de Edward Bulwer-Lytton que Cozarinsky incluye en el “Prólogo”: “El que estima las trivialidades por sí mismas es alguien trivial, el que las estima por las conclusiones que de ellas deriva, o las ventajas que puede procurar, es un filósofo”.

Más allá de las recuperaciones y transfiguraciones, el dandismo parece tensionarse entre dos modos de entender su deseo de distinción: la sobriedad y la extravagancia. En este sentido, la teatralidad que conlleva esta última se hallaría en las antípodas del estilo cultivado por Brummell, para quien, como señala Cozarinsky en el “Prólogo”, se trataba de “la elegancia como invisibilidad de la apariencia”. Un refinamiento, entonces, opuesto a lo llamativo, lo excéntrico, la afectación, la exageración… La austeridad que busca el efecto de lo natural antes que el culto al artificio. Y recordemos que es precisamente este estilo opuesto al de Brummell (sin duda, el ejemplo es Oscar Wilde) el más difundido como característica del dandismo; de lo que se puede seguir que, en este sentido, Wilde sería, antes que el punto álgido del dandismo, su estereotipo. Por otra parte, habría que añadir otras formas del dandismo, como la elegancia “espontánea” que se basa en la afabilidad, y que Cozarinsky piensa en Lucio V. Mansilla (por si faltara alguna inflexión extranjera del gentleman: cómo no recordarlo, él que siempre viene “tan a cuento”, como dice María Moreno).

Y habiendo mencionado a Wilde, resulta imposible no detenerse en los dos textos suyos, los cuales –tal vez junto al de Virginia Woolf- son los que descollan en el volumen. Para Wilde, ‘que la vida se parezca al arte’ quiere decir aquí: que el arte (que significa belleza verdadera, sincera) se derrame en la vida, incluso –y sobre todo- en los objetos más triviales, como una vasija de agua o el decorado interior de una casa. Y entonces la belleza deviene de estética en ética porque se asocia a un cuidado. También, a partir de allí, se dan sus inquietudes sobre arte y educación: el arte en la escuela, con los niños.

 

No hay mejor forma de aprender a amar la naturaleza que entender el arte. Ello dignifica cada flor del campo. Y el niño que ve cómo un pájaro al vuelo se convierte en un objeto de belleza cuando se lo transfiere a la madera o a la tela, probablemente no lanzará la piedra de rigor. Lo que queremos es algo espiritual añadido a la vida.

 

Resulta interesante observar el modo en que Wilde retuerce la relación –y la llena de paradojas- entre naturaleza y arte, o lo que es lo mismo, entre lo natural y lo artificial. Porque si allí el arte permite amar la naturaleza, al mismo tiempo, al considerar los modelos profesionales que posan en el taller del pintor (¡justo él!: no podemos sino recordar a Dorian Gray), advierte sobre la naturalidad de la pose (entendida ésta como artificio) en tanto efecto indeseable en su naturalización (proceso que, en realidad, es un artificio). Señala, entonces, que la práctica de pintar modelos es un ejercicio cuyo “abuso produce en la obra un efecto de mera pose y lindura”, y añade:

 

Esta pose constante de gente linda es el secreto de buena parte de la artificialidad del arte moderno, y cuando el arte se hace artificial se torna monótono. Fuera del pequeño mundo del taller, con su pañería y su bric-à-brac, el mundo de la vida yace con su infinita, su shakespereana variedad.

 

Podría inferirse, así, ‘que lo artificial no se vuelva lo natural’, como otra vuelta a la paradoja. A Wilde no le interesa lo artificioso en sí, sino reconocer (en su derrame) que no hay nada más artificioso que lo natural. En la medida en que transfiere los términos en juego, finalmente, a vida y belleza, como aquello que define el arte, entonces lo “natural” (entendido como vida) es lo que importa. Pero el asunto es advertir, en el juego de simulaciones, máscaras y pareceres, el artificio que supone. Las verdades quedan en suspenso, y se favorece una perspectiva que atienda al placer (“El objetivo del arte no es revelar una personalidad, sino agradar”) y la distinción:

 

La vida sería más alegre si nos acostumbráramos a usar todos los hermosos colores que podamos al lucir nuestras prendas. El traje del futuro, pienso, utilizará en gran medida la pañería y abundará en colores alegres.

 

Deseo de distinción elegante: sea mediante un artificio que busca simular naturalidad (Brummell), sea mediante un artificio que busca afirmarse como tal, al borde de la extravagancia, y que si se pretende “natural” lo es porque entiende su constitutiva artificialidad (Wilde). Esta es la lección que el dandismo deja al futuro. 

 

***

 

Y una coda más allá del libro. Hace algunos años, presentando un libro de Gabby De Cicco (concretamente, su poemario Queerland), me referí a ella como “una torta dandi”: en ese caso, el dandismo se asociaba a cierta actitud hedonista, viajera y cosmopolita. Recupero, entonces, el episodio y la formulación porque creo que presenta dos cuestiones relevantes, o que me gustaría subrayar. Una es la posibilidad de asociar esos rasgos al dandismo y preguntarnos si acaso no sería esa una forma en la que puede estar sobreviviendo en nuestros días. La otra cuestión es la ambigüedad sexogenérica del dandi decimonónico, siempre demasiado cerca de los “raritos” que el dispositivo médico-legal comienza a clasificar ensañadamente (y en este sentido, Oscar Wilde –aunque su castigo haya querido ser ejemplarizante– tal vez sea solo la punta del iceberg); pero además, cabría preguntarse qué ocurre con las dandis mujeres (¿o acaso el dandismo es solo cosa de “varones”?), un poco alertado por algunas investigaciones recientes, como la de la española Gloria Durán, que llama la atención sobre el modo en que el dandismo intervino en estrategias y figuraciones contragenéricas en varias escritoras del siglo XX, como Djuna Barnes. Por eso encuentro magnífico, incluso como deliciosa ironía, que Gentlemen se cierre con un texto de Virginia Woolf.

 

(Actualización septiembre - octubre 2015/ BazarAmericano)

 




9 de julio 5769 - Mar del Plata - Buenos Aires
ISSN 2314-1646